Un lugar para el saber



Y un día creí saber, porque alguien me halagó.


El misionero se sentía satisfecho. Diez años con los nativos había requerido gran esfuerzo. Pero muchos ya sabían sumar, leer e incluso escribir.

Deseaba volver a su tierra y sentir la civilización. Cada día se levantaba de la cama dispuesto a que fuera el último. A mitad de clase tomaba fuerzas preparándose para dar la noticia. Entonces veía sus negras caritas y los grandes ojos esperando aquello que tenia que decir; sus intenciones mermaban y se rendía un día más.
Consciente de que nadie iría a aquel inhóspito lugar, si marchaba todo se detendría y la ignorancia invadiría las pequeñas mentes. Para que el rebaño existiera era imprescindible el pastor.

Aquel día, caminó absorto en sus asuntos. Demasiado se alejó del poblado. Durante horas intentó volver, mientras el hambre y la sed lo entorpecían haciéndolo caer y herirse.
Un nativo de seis años se cruzó en su camino. El niño partió el tallo de una planta con una piedra para ofrecérselo al misionero. Éste sació su sed con el dulce néctar de su interior. Luego aceptó unas raíces que masticó matando el hambre. Y sus heridas fueron cubiertas por un cieno que le alivió de inmediato. Entonces su salvador le cogió con su manita acompañándolo al poblado.

Nada más se sabe de este señor, pues al día siguiente marchó. Y su rostro mostraba preocupación. Unos dicen que por haber abandonado a los nativos... Otros creen que por haber perdido el tiempo.

Y yo... Hoy no lo sé.

Jesús Cano (c) 2012

2 comentarios:

Ricardo Alonso dijo...

No entiendo que quiere transmitir el autor de este relato pues no me transmite nada, es como leer un folio en blanco.

Henrik dijo...

Una historia con un mensaje claro.
Un hombre que después de dedicar parte de su vida en ayudar a los más "débiles" descubre que tal vez ni ellos son tan débiles, ni él tan fuerte. Y todo va en función del contexto. Muy grata la lectura.