Los viajes de Alicia

Al principio, cuando empecé a crecer, nadie le dio importancia. Mi madre decía que era normal después de unas fiebres dar el estirón, así que me bajó el vuelto de las faldas pero en poco tiempo tuvo que comprarme ropa nueva; pronto volvió a quedarme todo pequeño. El doctor dijo que era una muchacha demasiado alta para mi edad, por supuesto no creyó que hubiera crecido tanto en tan pocas semanas, creía que mi madre exageraba. En posteriores visitas y después de innumerables pruebas dictaminó gigantismo.
Mamá seguía pensando que era una chica esbelta sin el muy. Pasaba las hojas de las revistas de moda mojando el dedo índice, un gesto que nunca he soportado, daba pequeños golpecitos sobre las modelos:
—¿Ves?¿Las ves?. ¡Son todas taaan elegantes!—suspiraba. 
—Imagínate recorriendo las pasarelas del mundo entero . 
—No me gusta nada viajar. 
—¡Bah! Tonterías, sólo tienes que ponerte derecha y aprender a dar un paso detrás de otro sin mover las caderas.
Se negó a que me hicieran más exámenes, como si inclinarme para no tropezar con los vanos de las puertas fuera normal. Cuando mi cabeza casi rozó el techo empezó a pensar en apuntarme en algún equipo de baloncesto.
—Yo no sé jugar. 
—Ya aprenderás cielo. 
Mis amigas me visitaban a menudo, después se espaciaron sus visitas hasta que dejaron de venir.
Me sentía sola. 
Mi madre colocó espejos en mi cuarto, seguro que con la misma generosa intención que para con su amado periquito solitario. El pobre se cortejaba a si mismo, regurgitaba la comida en un intento vano de agasajar a su reflejo, un día amaneció muerto en su jaula, el veterinario diagnosticó irritación del buche.
Yo seguía creciendo a velocidad vertiginosa, me dolían las articulaciones como si estuvieran tironeando de mí todo el rato. Pronto se vio que era imposible que la casa me contuviera, nos mudamos a la finca del campo donde se hicieron obras para que me sintiera más a mis anchas, ampliaron los techos con claraboyas descapotables por si me apetecía estirarme y echar un vistazo fuera, desde mi almena oteaba los pueblos vecinos, la ciudad donde vivíamos antes y un poquito del país de al lado cuando las nubes me dejaban verlo. Empezaba a disfrutar.
—Podrías hacerte meteoróloga y predecir el tiempo. 
Ya no le contesto nunca, ahora sueño y viajo, viajo y sueño. 
Se expande la bóveda del cielo, las galaxias, los infinitos caminos celestes. A mi lado los halcones vuelan con el gesto correcto y justo, rara vez aterrizo, ni siquiera cuando mi madre me grita desde abajo con las manos ahuecadas sobre su boca:
—¡Eh nena, baja a merendar!


Isabel (c) 2012

10 comentarios:

Isabel dijo...

Me gusta el dibujo que habeis puesto para Alicia. Gracias.
Os perdono que hayais tardado tanto en publicarlo.
Gracias.
Isabel

Desde algún lugar de la Mancha dijo...

Supongo que este relato tiene algo de autobiográfico. Es curioso y entretenido :)

Isabekl dijo...

Desde algún lugar de Canarias digo:
No es autobiográfico, soy más bien tirando a bajita, pero dispongo de un buen arsenal de imaginación.
Muchas gracias por tu lectura manchego/a
Isabel

manchego dijo...

Manchecho, preciosa y bajita canaria.

Yago dijo...

Guau, me ha molado tu relato un huevo. Eso de ser tan alta debe ser divertido siempre y cuando no se obstaculice el paso de los aviones ja ja. Chachi que si.

Isabel Caballero dijo...

Así me gusta Yago, que se sientan los cuentos con lo que más apreciamos.
Espero que ningún controlador de aviones se enfade con Alicia.
Gracias Yago.
Isabel.

Isabel Caballero dijo...

Bueno manchego...no tan bajita, solamente si me comparo con la giganta Alicia.

¿Por donde os puedo leer a tí y a Yago si es que escribís?

manchego dijo...

yo solo leo los relatos, no escribo.

Sioul12 dijo...

Me encanto!!! XD

Isabel Caballero dijo...

Muchas graciqas Sioul ¡Qué bien que te gustara!