La isla de Ramree



Allí estaba Nakato, en aquella isla de Ramree, al sur de Birmania, en enero de 1945.
Sabía que la situación del imperio era muy delicada pero él, como el resto de sus camaradas, estaba decidido a resistir hasta la muerte. Eran soldados del emperador.

Nakato fue asignado junto con sus compañeros al sur de la isla, para resistir el ataque de los británicos. Pero estos eran muy superiores. Tenían acorazados,  un portaviones y cruceros que no paraban de bombardearlos constantemente desde el mar. Cuando desembarcaron las brigadas de la India y tomaron su punto fuerte de resistencia la suerte estaba echada. Asi pues, los mandos japoneses decidieron retirarse para unirse con otro batallón de japoneses al norte de la isla. Ante ellos, una difícil ruta de dieciséis kilómetros de manglares les aguardaba.

Así fue que Nakato junto con, más o menos, unos novecientos camaradas, comenzó a travesar la isla.
Los exploradores avanzaban a duras penas por ese terreno, abriendo el paso al resto de la columna en un entorno extremadamente hostil. Mientras tanto, las fuerzas británicas iban rodeándolos poco a poco. Transcurridas las primeras horas de marcha, el avance había sido muy dificil. La vegetación era infernal e impenetrable. El agua siempre les llegaba, en los tramos menos profundos, por la cintura y los mosquitos no paraban de picarles. Y aun así debían de permanecer siempre en estado de alerta ante un posible ataque de las fuerzas enemigas.
Pero aquella noche fue peor todavía. Todo empezó con el sonido de disparos lejanos. Nakato distinguió perfectamente que se trataba de armas japonesas, pero lo que le extrañó era que nadie respondiera a los disparos, como era habitual en una escaramuza. Sonaron explosiones de granadas pero no parecía de ser un enfrentamiento. Fue entonces cuando se fijó en que, a lo lejos, en sus flancos, podía ver unos ojos pequeños y que brillaban en la oscuridad. Entonces, detrás de él, un camarada soltó un grito. Nakato giró la cabeza y solo vio como su compañero era arrastrado al fondo del agua.Tan pronto como pudieron reaccionar, alguien gritó: ¡Cocodrilos!.

El pánico se extendió como una mancha de aceite. Todo el mundo empezó a dispersarse sin sentido, disparar al agua, lanzar granadas y a subirse a los árboles. Nakato, junto con unos cuantos camaradas más, se subío a un árbol. Allí, bloqueado  por el pánico y temblando de miedo, como si estuviera desnudo en el polo norte, pasó la noche. Al día siguiente nadie se atrevía a bajarse, pero tras una discusión con sus camaradas llegaron a la única conclusión de que quedarse allí era una muerte segura: no tenían alimentos ni agua.
Nakato fue el primero que bajó. Le siguieron el resto de camaradas y juntos proseguían el avance cuando el soldado que estaba en la retaguardia fue atacado.

Pudieron distinguir bien al cocodrilo. Fue una visión horrible. Era un animal enorme. Una masa de unos siete metros de músculo y colmillos, que cogió entre sus fauces a aquel desamparado matándolo de un bocado. El sonido de las dentaduras del animal rompiendo huesos los conmociono a todos. Aun así tuvieron que continuar avanzando, conscientes de que la muerte podía surgir a cada paso. Los días siguientes fueron el infierno en la tierra. Al avanzar se encontraban a algún superviviente con suerte que se les unía. Cadáveres se iban descubriendo por el camino: algunos devorados, cuerpos de algún cocodrilo muerto y otros de soldados muertos por deshidratación o agotamiento. Y los que no lo soportaron más, que terminaban suicidándose. A  la vista de aquella carnicería pensaron en rendirse a los británicos, pero un superviviente le contó entonces al grupo de Nakato que ellos habían tratado de rendirse a los soldados británicos y fueron asesinados sin contemplacion. Parecia que no había salida.

Pasaron los dias y cada vez se encontraban más débiles. Nakato ya no podía más y notaba como se le iba la cabeza. Era demasiado lo que había visto en tan pocos días. Su grupo fue diezmado por los cocodrilos y ya solo quedaban unos pocos que deambulaban sin dirección como zombies. El último que le acompañaba cayó al suelo desplomado por cansancio. Ya no le importaba. Semi-inconsciente, Nakato caminaba y caminaba...
Un soldado británico vió a un japonés que avanzaba hacia él. Su aspecto era peor que el de un cadáver. Avisó al resto de sus compañeros, que fueron a ayudarle. Tras socorrerlo con los primeros auxilios lo llevaron junto al resto de prisioneros.

En total solo veinte soldados japoneses fueron encontrados con vida. De entre algo más de un millar de soldados japoneses que se adentraron en la isla, se calculó que entre seiscientos cincuenta a mil perecieron. Muchos de ellos devorados por los cocodrilos de agua salada que moraban en la isla. Otros pocos soldados japoneses lograron huír.

La isla de Ramree quedaría para la historia como un sin sentido humano y como la mayor matanza perpetrada por animales contra humanos.

Jose María Hernández (c) 2011

4 comentarios:

Jorge dijo...

Excelente relato para los lectores en general y para los aficionados a la historia de la Segunda Guerra Mundial particularmente.

DHache dijo...

La mayor matanza perpetrada por animales contra humanos fue posiblemente en Libia, este año.
Gran relato.

Cristina(Santo Domingo) dijo...

Un buen aporte, estoy enganchadisima a esta web.

Isabel Caballero dijo...

Casi siempre paso de largo ante los relatos de conflictos bélicos porque directametne me aburren. Menos mal que leí algunas líneas y continué haciéndolo.
Original, documentado, con ritmo y tempo. Muy bueno.