La vieja



En nuestras reuniones familiares, siempre sale a relucir lo pesados e impacientes que éramos mi hermana y yo de niños; cuando queríamos algo, no teníamos espera. Pero hay una anécdota en especial, que (aunque ahora reconocemos que nos estaba bien empleado) todavía nos revuelve el estomago recordarla.
Por aquel entonces, acabábamos de trasladarnos a un pueblo muy pequeño y todavía no conocíamos bien la zona. Había poco pueblo para ver, pero estábamos rodeados de campo, por lo que teníamos mucho espacio para entretenernos y numerosos lugares para descubrir.
Una tarde, mi hermana Sara y yo, salimos a jugar por los alrededores, como siempre solíamos hacer. Cuando no nos estábamos peleando, jugábamos a un juego que nos gustaba a los dos; ella era una bellísima princesa que había sido raptada, y yo, un superhéroe con poderes que lucharía valientemente contra el malvado monstruo (cada cual a lo suyo). Sara tenia seis años, yo ocho.

Sin darnos cuenta, nos alejamos demasiado y, aunque no nos preocupaba perdernos, (siempre encontrábamos el camino de vuelta) nos fastidió bastante porque teníamos sed; y eso de tener que ir hasta casa sólo para beber, nos parecía una pérdida de tiempo inaceptable. Desde donde estábamos, se podía distinguir una pequeña casita que nunca habíamos visto. No podíamos creer la suerte que teníamos; no sólo no haría falta ir hasta nuestra casa, sino que encima habíamos descubierto un lugar desconocido. Así pues, decidimos acercarnos a preguntar.
Al llegar a la puerta, percibimos un olor asqueroso que despertó nuestra curiosidad. ¿Qué olía tan mal?, por el aspecto del exterior no parecía abandonada. No había timbre, por lo que llamamos con los nudillos.

“¿Si?”- contestó desde el otro lado una voz soñolienta de anciana -.
“Disculpe señora”- dije yo – “es que mi hermana y yo estábamos jugando cerca de aquí y tenemos mucha sed. Nuestra casa queda lejos y venimos a preguntarle si nos daría un vaso de agua”.

Entonces se abrió la puerta, y con ella nuestros ojos, que quedaron redondos como platos. Jamás en mi vida había visto una vieja tan horripilante. Su piel, de un tono verdoso, no era más que pellejo que colgaba a cada lado de su cara, confundiéndose con los extraños pliegues que se formaban en su cuello. Su pelo, escaso y de un gris bilioso, se pegaba grasiento a su cráneo, peinado con una raya al medio. Destacaban las orejas, enormes y colgantes, junto con una nariz afilada de perfil aguileño. Los ojos, que en otros tiempos habrían sido sin duda muy oscuros, estaban empañados por la edad y se veían grisáceos; era como si estuvieran cubiertos por una película gelatinosa.
“¡Pero que niños más guapos!” - dijo la vieja - “Pasad, pasad, por supuesto que os daré agua ricuras”.
No nos movimos de la puerta, estábamos allí parados mirándola como dos tontos. Su acento era irreconocible, hablaba como si tuviera la boca llena de saliva.
“Pasad”- repitió - “por aquí está la cocina”.
No queríamos ser maleducados y salir corriendo no habría estado bien, al fin y al cabo, la pobre mujer estaba siendo amable. Mi hermana y yo nos miramos con resignación.

“Gracias”-dijimos, y aunque vacilantes, seguimos a la vieja al interior de la casa -.
Ya desde afuera, se veía que la casita era pequeña, pero por dentro, apenas había espacio para moverse. Estaba todo atiborrado de cosas, como si toda su vida estuviera metida en esa casa. Incluso el suelo, estaba quedaba invadido por montones de cosas apiladas: revistas pasadas, periódicos ya ilegibles, juguetes rotos, ropa… Todo era inservible, la clase de cosas que pasan por nuestras manos a lo largo de los años y acaban en el contenedor de basura porque ya no se usan. Era como entrar en el vertedero municipal. De ahí el olor. Empezaba a preguntarme si había ratas cuando escuché unos maullidos.
“Sí, sí, ya sé”- dijo la vieja – “es raro ver extraños por aquí ¿eh?”.
Instintivamente, Sara y yo nos cogimos de las manos mientras entrábamos en la cocina. Para nuestra sorpresa, no había platos sucios. A pesar de que aquello también estaba lleno de cosas, no había restos de comida.
“¿Sabéis?, no viene mucha visita por aquí”- nos dijo la anciana –“mis niños y yo vivimos solos”.- ¿sus niños? – “¿queréis conocerlos?”.
Intenté poner mi mejor sonrisa (cosa que no conseguí) y tirando de mi hermana hacia la puerta dije:
“Eh, gracias señora, pero creo que es mejor que nos vayamos, ya deberíamos estar de camino”- pura mentira- “y si nuestros padres se impacientan saldrán a buscarnos”- gran verdad, si supieran que estábamos haciendo-.
“¡Oh, que tonta, claro, no debéis preocupar a vuestros padres, esperad un segundo que os doy agua y os podréis poner en marcha”.
“No señora, no se moleste, si en realidad ya__”.
“Sí, sí, claro que sí, si veníais sedientos chiquillos”- me interrumpió- “además, tengo agua fresca”- dijo guiñándole el ojo a Sara- “¿y tú cómo te llamas linda?”- y al hacer esto, cogió la cara de mi hermana entre sus sarmentosas manos-.
“Sara”- contestó apretando mi mano con lo que estoy seguro que eran todas sus fuerzas-.
Sus uñas eran amarillas y desiguales.

“Que nombre tan bonito” –dijo dedicándonos una siniestra sonrisa, que seguramente pretendía ser amable-.
Su boca nos horrorizó, había algo raro en su cara, en pero hasta que no sonrió, no nos dimos cuenta de que no tenía más que dos dientes; dos dientes casi negros cuyas raíces sobresalían de la encía más de lo normal. Tenía uno delante en la parte superior, y otro en la parte inferior, a un lado. La saliva, se acumulaba blanquecina en las comisuras de los labios.
“No quiero beber”- me dijo Sara en voz baja cuando la vieja se acercó al armario a por unos tazones-.
“Yo tampoco”- le dije sin apartar los ojos de la anciana-.
En ese momento, empezaron a llegar gatos de todas partes, probablemente esperando que el ruido en la cocina significara “hora de comer”.
“¡Uy, mis niños!”- dijo la vieja mientras llenaba un tazón con agua de un botijo de arcilla-.
Entonces se me ocurrió algo.
“Sara ya se que podemos hacer”-le dije -“mira, nos va a dar esos tazones”.
“¿Y que? A mi me da asco, ¿y si no están bien limpios? Mira como está la casa, ¿has visto su boca?, le huele el aliento”.
“Que sí, ya lo sé, pero calla y déjame hablar tonta que no tenemos tiempo”- dije cada vez más nervioso- “lo que debemos hacer es girar la taza y beber por la parte del asa, por ahí nunca habrá bebido. Es la única parte que estará limpia”.
“¡Es verdad!” - dijo Sara- “nadie bebe por el agarradero, eres un genio hermanito. Pero a partir de ahora ya no iré pidiendo nada por ahí, prefiero esperar a casa…”.
“Sí, yo también”- contesté.

Y así lo hicimos. Para cuando la anciana nos tendió los tazones, en la cocina habría más de veinte gatos. Cogimos las tazas, dimos las gracias, y las giramos hasta tener las asas frente a nuestras bocas; y de esta manera pudimos beber. La vieja observó el proceso con curiosidad, como si no entendiera porqué girábamos las tazas. Pero cuando estábamos bebiendo comenzó a reírse, y ofreciéndonos una vista panorámica de su repugnante boca, nos dijo:
“¡Anda, si tenéis la misma costumbre que yo; bebéis por el asa!”.
Por un momento, se nos olvidó respirar. Nos habíamos quedado petrificados.

Rebecca Ruíz (c) 2011

5 comentarios:

Andres dijo...

Bravo Rebecca!

Anónimo dijo...

Gracias Rebecca por este estupendo relato.

Maria dijo...

Estupendo, me ha encantado.

Alejandro dijo...

Me ha gustado. El único "pero" que le pongo es que los dos hermanos me parecen demasiado maduros para la edad que tienen. Creo que podrían tener 8 y 12 años, por ejemplo. Por lo demás me parece muy original y divertido. Un fuerte abrazo a todos. ¡Le doy un cuatro!

Rafa dijo...

Muy bueno rebeca, aunque la vieja algo repugnante, jajaja, al menos los niños, no iban a ser devorados como en Hansel y Gretel, aunque alo mejor pillaban alguna enfermedad, jajaja.

Un saludo