Dos lunas en el cielo nocturno





Solo el aire nocturno, que entraba por una rendija, atravesaba la habitación cuando todos entraron. Los médicos estupefactos y nerviosos no daban credibilidad a sus ojos. En cierto momento trataron de hablar en vano, para solo balbucear; pero yo sabía que en el fondo se preocupaban más por los problemas legales que aquella desaparición causaría, que en el mismo paciente. Así eran todos los médicos, preocupándose de erradicar a los enfermos en lugar de erradicar las enfermedades.

Las sabanas parecían tan blancas que hubiese pensado que allí había dormido un ángel en lugar de mi abuelo, era casi tan blanco que las arrugas de la colcha no se notaban, pues allí aun estaba la silueta de mi abuelo, dibujada como burla, o esas bromas que tantas veces hacía. “Aquí estuve yo” siempre trataba de que sus bromas terminaran con esa melancolía.
Después de tanto tiempo agonizando en ese hospital, toda la familia parecía aliviada, algunos por los gastos que ya no tendrían que pagar para mantenerlo vivo, algunos otros, incluida mi madre, aliviada por que al fin podría que descansar. Cuatro meses a su custodia y al final desaparecer así, casi parecía milagroso. Al parecer yo era el único que seguía extrañándolo como lo que era, mi abuelo...

Después de unos largos minutos de que todos estuvieran en silencio en una habitación sin paciente, un doctor pidió que todos saliéramos de la habitación y nos dijo que ordenaría revisar todo el hospital, al fin y al cabo ¿cuanto puede caminar un muerto?
Me rehusé a salir, algo que molestó a mi familia y los médicos, pero que cuando miraron mis lágrimas, no tuvieron otra alternativa que dejarme sólo con aquellas sabanas blancas como jazmines.

Si, jazmines, eso era... mi abuelo olía a jazmines, mi cerebro lo recordaba tan fuertemente que me llegaba a doler su perfume aun impregnado en el aire. Esa era su esencia, no meramente la colonia que usaba.

Comencé a recordar entonces los momentos que pasé junto a él, me recosté sobre la cama y traté de imaginar que era sentirse tan enfermo como él y saber que se va a morir pronto. Los rostros míseros que contemplan a un cadáver, las manos sucias que tocan con hipocresía, los ojos que escrutan sobre la piel para impedir que el aire siga en los pulmones.
Recordé cómo mi abuelo solía relatarme la ironía de que nuestro sudor podía atravesar los corazones, que ese perfume característico de nuestro cuerpo convive directamente con nuestro corazón, pues así es como sentimos tanto amor cuando los demás ya se han ido.
Tantos recuerdos se amontonaban que era difícil escoger cual reviviría una vez más, como un altar al último adiós que mi abuelo nunca me dio. Un altar de sangre en el oscuro océano infinito, eso decía siempre cuando intentaba definir un recuerdo. Ahora comprendo que es bastante exacto, una gota de sangre lleva tantos momentos, tanta vida, tantos anhelos que se vacían en la profundidad de nuestra mente, siempre en sombras.
Afuera, los médicos discutían con las enfermeras, amonestándoles sobre el cuidado de los enfermos, mientras éstas alegaban que era imposible que haya huido un cuerpo. Los familiares se decidían a irse mientras se ponían de acuerdo para ver quien esperaría en el hospital para que den cuenta del abuelo.

Todos me parecían seres patéticos, ¿qué acaso nadie se sentía con esa necesidad? Con la necesidad de poder adorar la paz que ahora reinaba en el alma del abuelo, ya no estaba vivo, eso era seguro, pero eso no especifica que ya haya muerto.
De nuevo recuerdos, un bosque, iluminado solo por el crepúsculo de sol que amenazaba con morir una vez más en el horizonte. Ahora lo recordaba nítidamente, las facciones de la bruja aquella, pero eso es adelantarme, así no comenzó.

El bosque era grande, misterioso, magnificente, con sus árboles y abetos; abedules, castañas secas que tapizaban la tierra, ésta era dura al pisarla. Aquel bosque lo recorrimos muchas veces mi abuelo y yo juntos, más aun entre nosotros, había reglas; una de esas era no adentrarnos demasiado a las partes prohibidas, esas en donde la luna recorría por encima, pues su paso marcaba el territorio encantado y maligno. De lejos, sobre un acantilado rocoso, contemplé la luna en ese trayecto, era tan blanca y enorme que fácilmente se podía enamorar de ella, y debajo, a espaldas de aquella luna se encontraba el gran territorio condenado a vivir con espíritus. El lado oscuro de la luna contemplaba la tumba de la bruja.
Por supuesto, como cualquiera puede pensar en su momento, creí que eran patrañas, cuentos locos de algún demente que trata de asustar niños. Por el pueblo se corría el rumor de esa bruja al igual que en navidad se esperaba que Santa Claus bajara por las chimeneas que ninguna casa tenía.

Una noche en donde el sopor de la humedad bañaba mis sueños, mis ojos modorros sentían la serenidad en casa, ya que no había ruido ni pensamientos en aquel cascaron que solía ser mi casa. Nunca consideré mi residencia un territorio, más bien creía mi casa un lugar santo en donde solo yo puedo entrar, mi mundo y mi mente en un palacio de ideas etéreas.
Cuando pude cobrar conciencia de lo que pasaba, noté que mi abuelo marchó para recoger leña seca en el bosque para tener fuego, ya que se nos acabó una noche antes, el día de fiesta en el pueblo. Sentí una inmensa necesidad de correr y gritar, cantar mientras danzaba entre las hojas otoñales del páramo boscoso, y más aun, sentir los brazos de mi abuelo en mi costado, sentir su barbilla en mi cabeza y su respiración directamente en mis oídos. Era algo que me encantaba, poder sentir cada latido suyo de experiencia en mi cuerpo. Es tal vez así como se comunican nuestros cuerpos, casi romántico, tan estético, casi sensual.
No me importaron las reglas, sentí por un momento ese sentimiento que confunde tantos nuestros instintos... ¿como lo llaman?... deja vu. Como si el destino ya hubiera tomado las riendas de llevarme al bosque, buscar a mi abuelo en la oscuridad incesante de un mundo que colapsa.

Hacía frió y comenzaba a caer un poco de nieve, haciendo pequeños copos en los techos de las casas y en los hombros de todos. Comencé a correr rápidamente por los paramos, deteniéndome poco o casi nada para saludar a las personas que ya cerraban sus negocios a esas horas, aunque todos me alcanzaban a mirar y decían, allí va Rupin, “tan veloz como el rió”.
Cuando llegué cruzar los primeros árboles, sentí un frió más profundo, aun más que mis huesos, como si perforaran mi alma eterna con una estaca tan helada como la maldad. Si, creo que eso era precisamente, la maldad pura que reinaba sobre los corazones de los espíritus embrujados.

-Abuelo- gritaba, aunque mi voz parecía extraña, como si se dividiera en dos, o tuviera un fantasma gritando de igual forma a mis espaldas con un tono mas grave. Volteé y no vi más que nieve amontonada y árboles petrificados, sin animales, sin viento, sin armonía. Era extraño ahora que lo pensaba, el que no hubiera un solo ruido en todo el bosque, ya que regularmente producía ecos, más estos habían desaparecido como ahuyentados.
Me adentré en el bosque conforme la luz se escapaba frenéticamente del laberinto de mar herboso. Aunque grité por todo el bosque no escuché ni una palabra ni señal de vida de mi abuelo. Entendí entonces que no era la imagen de él la que me había hecho levantarme y correr a ese lugar, sino algo siniestro, se podía oler en el aire.
Sentí cual aguja entrara en mi cerebro por mis ojos y se incrustara dentro de mi mente, con una sola idea: la de entrar en la zona prohibida; la zona de la bruja condenada. Ese zumbido en mi cabeza hacia caminar automáticamente mi cuerpo, mientras por mis oídos pasaban sonidos dulces cuales sirenas en el mar, cantos dulces pero condenados, cantos hermosamente profanos.

El camino agonizaba mientras caminaba con un rumbo desconocido, las plantas dejaban de crecer y se marchitaban cada vez más, algunas destacaban espinas y salivaban sangre, como si estas bebieran de los animales... o humanos.
Me adentré aun mas, hasta que consideré que había llegado a un punto sin retorno, en donde mi propia orientación no podría ayudarme a escapar de mi prisión sin barrotes.
Parecía como si una neblina espesa se condensara en el centro de un campo amplio, sin árboles, donde la tierra parecía carbonizada, tan negra como las plumas de los cuervos. Pero esa neblina era antinatural, no pareciera el sereno, ni mucho menos el frió, ya que de pronto, sin viento, comenzó a surgir un torbellino, formando un cuerpo rígido, una silueta gris y hueca. Cabellos caían como eructados de un volcán por encima del torbellino, se formaban venas oscuras y después verdosas, sobre ella crecía una tela harapienta y maloliente que se transformaban en brazos, piernas, torso y unos pechos largos, flácidos y sin pezones. La bruja no poseía uñas, ni cejas, su piel estaba carcomida como por gusanos, no llevaba ropa alguna y carecía de sexo.
Todo eso era irrelevante, incluso podría pasar por normal al momento de compararse con su rostro. Pude contemplar el rostro del diablo en aquella masa de carne y venas. Sus ojos sobresalían cual si fueran fauces de lobo, eran negros, sin contornos, parecían huecos de no ser por el resplandor de la poca luz que aun penetraba en el bosque y que me permitían ver esa espantosa escena. Sus venas atravesaban completamente sus mejillas como si fueran arrugas, pero no era tal, sus mejillas eran muy tersas pero espantosamente transparentes, como sacos llenos de pus. Y lo peor era esa sonrisa llena de sarro, de donde sobresalían unos enormes colmillos que bajaban hasta la mitad de su mentón.
Comprendí entonces que ese ser, esa bruja, se alimentaba de la sangre humana. Sacrificaba hombres por las noches para poder vivir unos meses, y lo sería así hasta el fin de los tiempos... era una vampira
.
-¿Asustado?, pronto no lo estarás, simplemente te será imposible- su voz era idéntica a aquella que salió de mi pecho antes cuando buscaba por mi abuelo.
No pude responder, no por carecer de palabras, sino por lo inmovilizado e impotente que sentía mi cuerpo, como si pesara toneladas y a la vez estuviera encadenado con pesados grilletes sujetos a una pared.
Me sentí flotar de pronto en dirección a ella, a su piel blanca y hedionda. Por un momento pude ver gusanos dentro de su carne, alimentándose vorazmente de carne inmortal y maldita. Sentía ganas de vomitar, de gritar y de...
-¿Danzar?- interrumpió mi pensamiento –antes querías eso, ¿ahora por que no me deleitas con tus saltos y vueltas?, baila para mí. Tengo mucho sin esos goces que la vida me quitó.
Movió sus dedos en forma circular y mi cuerpo comenzó a rebotar suavemente en el suelo, dando vueltas como si se moviera sobre agua. Daba saltos enormes, mis piernas se doblaban para caer haciendo malabares. Ella cantaba al ritmo de mi baile, con la misma astucia que antes, la voz que tenía era tal vez lo único hermoso que poseía aquella criatura nocturna.
Caí de nuevo al suelo, contemplé que ella había desaparecido y volvía a tomar control de mi cuerpo. Rápidamente me levanté y observé mi alrededor... nada. Hasta su olor desapareció del aire, éste comenzaba a tener un olor menos desagradable, pues aun así los pantanos creaban un escandaloso aroma de putrefacción.

Pensé en mi abuelo, en el susto que había tenido. Comencé a llorar silenciosamente, con mis pies temblorosos y un sudor que bañaba mi piel creando una leve capa de hielo en unos segundos.
Comencé a preguntarme cómo es que había pasado todo, el por qué desapareció en un segundo. Entonces llegó la respuesta en forma de una sombra que se acercaba. El error de no correr lo antes posible ahora se presentaba en mi cara con horrorizarte desesperación.

-Soy un estúpido- dije mientras lloraba aun mas fuerte, si la bruja no había acabado conmigo, entonces ahora lo haría aquella sombra que se aproximaba como fantasma por el aire denso. Sus botas no se escuchaban y en cierta forma, pareciera que nunca llegaría, lo cual para mi era bueno, pues tendría la oportunidad de correr a cualquier lugar, así sea uno abandonado por la civilización. Más no tuve la oportunidad por que inmediatamente una voz conocida salió de aquel ser oscuro.

-En realidad lo eres, la estupidez se huele en el aire, el frío viento hoy está dispuesto a enterrar a los muertos por pendejos...- era mi abuelo que se acercaba con una enorme hacha leñadora, probablemente era por eso que había escapado la bruja vampiro. Volver a verlo me daba esperanzas muy gratas, sobre todo en este momento que ya pasó, recordar a mi abuelo tan joven llegaba a ser doloroso, pues ese día cambio radicalmente su vida y la mía.

-A... abuelo- balbuceé un poco, pues seguía llorando y mis narices llenos de mocos me dificultaban expresarle el entusiasmos que sentía al verlo.
-¿Estas bien hijo?- preguntó mientras Coria para alcanzarme mientras miraba a su alrededor. Comprendí que buscaba a la bruja, pues sentía aun el peligro.
Una sombra voló encima de los árboles haciendo un ruido chillante, mi abuelo se tapó sus oídos al igual que yo. La bruja me tomó con un brazo, mientras el otro ya había descubrid mi cuello, mostrándolo directamente a mi abuelo, el cual no se atrevía a moverse ni un centímetro, pero había preparado el hacha por encima de su hombro.
-Celenius- nombró a mi abuelo como si lo conociera de hace muchísimo tiempo- cuantos milenios sin verte, sin oler tu sangre de nuevo, aun hueles bien- saco su lengua llena de granos a unos centímetros de mi mejilla, parecía saborear una comida etérea.
-Déjalo ir, no te sirve de nada Mirta- su acento al mencionar su nombre daba un sentido místico a su nombre, como si este fuera tan ancestral que se necesitaba una lengua muerta para pronunciarlo a la perfección.
-Pero claro que me sirve. En primera puedo alimentarme de él y tenerlo como esclavo, y en segunda me trajo a mi hombre de vuelta. ¿Como te han tratado los humanos en estas centurias?
-Eso no te incumbe, tú, rata inmunda- comenzó a sonrojarse, pues su cólera aumentaba conforme a su impotencia.
-Sabes, he comenzado a planear otra cosa con este chico- los ojos no dejaban de pelear entre si, pero mi abuelo comenzó a ponerse bastante nervioso –podría hacerlo uno de mi raza, nunca he sabido que es un descendiente de shaman y vampiro a la vez. Los dos tipos de magia en una sola bestia nocturna y voraz. Imagínalo Celenius, una parca con el poder de robar el alma y la carne al mismo tiempo que es hermoso y fuerte. Digno de verse.
Su lengua saboreó mi cien, llenándola de una saliva bastante espesa que repugnó mi ser de una forma que nunca creí posible.

Dejó caer el hacha a la nieve, dándose por vencido. Estaba decidido, él me regaló a la bruja, prefirió perderme a luchar... o por lo menos eso pensé en ese momento. La sangre se me terminó por congelar, mis ojos cerrados solo esperaban sus colmillos en mi cuello, hasta dejarme desangrado. En una nieve blanca y suave mi cuerpo caería inerte, con unos pocos latidos sobrantes de vida, en donde podría disfrutar de los últimos dolores mortales.
-Hablemos- dijo mi abuelo, en un tono resignado.
La bruja dejo de ejercer fuerza en mí, dejó de sonreír y se irguió, ignorándome, como si yo ya hubiese muerto.
La neblina se dispersó, dejando claro el paisaje. Surgió una pequeña cueva en donde los dos entraron lentamente, como su fueran compañeros, o una pareja.
En cuanto a mí, caí al suelo frío, sin fuerzas, con una confusión enorme. Pensamientos comenzaron a rondar en mi ser, ¿estaba ya muerto y veía alucinaciones post mortem? ¿O acaso era realidad lo que pasaba? Mi cuerpo yacía sin poder moverse, cansado y oscuro, como si no quedara una chispa de vida. Más sin embargo mis ojos y oídos aun estaban vivos, captando cada escombro y pisada que ellos hacían, como si mis sentidos en lugar de desaparecer se hubieran amplificado.
En la oscuridad de la cavernosa mazmorra, vislumbré una pequeña mesa improvisada con rocas y maderos, encima, dos cáliz hermosos y plateados con incrustaciones de distintos materiales, al lado, una daga oxidada y manchada de costras sangrientas. Comenzaron a hablar de tiempos remotos, en donde los dos habían convivido en ellos, un vampiro y un mago oscuro, los dos eternos e igualmente condenados a vivir en un infierno irreal del mundo humano. Bebían sangre por igual, se curaban las heridas del paso del tiempo, pero ella nunca pudo conservar belleza alguna, mientras él mantenía una fortaleza y estética sobrenaturales, con lo cual ella estaba invadida de celos. La historia que contaban aclaraba muchos pasajes que para ellos habían quedado mutilados... ahora sus historias se complementaban.

Mi abuelo se justificaba acerca de haberla abandonado y haber entrado en el mundo humano, pues no habría sospechas acerca de su descendencia, podía engañar a todos con una poca de agilidad.
Terminaron la historia en este mismo tiempo, en esta época y en este segundo, en que yo había caído en las garras de su ex compañera maldita.
-Te daré algo que nunca te podrá dar él y entonces los dos marcharemos.
-¿Y que es eso?
-Belleza eterna, con mi sangre y mis poderes mágicos, por la vida de este muchacho, un trato justo. Poderes inhumanos ancestrales por una sola vida joven.
-No es suficiente- mi abuelo quedo paralizado ante esto, no sabía que más podía ofrecerle –no necesito belleza y poder, también necesito un compañero a mi lado. Bebe de mi sangre, tan solo un poco, y cuando mueras, resurgirás como el ser que ahora soy yo, entonces dejaré vivir al chico.

Mi abuelo no dijo nada, se limitó a cortar con la daga su muñeca y dejar caer en el cáliz gran parte de su sangre, al igual que Mirta, solo que ésta dejó caer solo un pequeño chorro. Intercambiaron los cáliz y bebieron. Sus heridas fueron curadas rápidamente con la saliva de la bruja, que al parecer tenía poderes misteriosos al contacto con la sangre.
Solo entonces sentí que la sangre volvía a correr por mi cuerpo, dejándome recuperar el calor perdido, más en este momento me desmayé y no supe más de mí.
Cuando desperté estaba en casa de mi madre, cobijado con las sabanas más gruesas y con una chamarra de mi padre. Al lado tenía un té caliente de hierba buena, en la silla, mas allá de aquel buró, estaba mi abuelo terriblemente pálido, aunque al parecer estaba bebiendo ese té. Sus arrugas se habían profundizado, su cabello había emblanquecido bastante, como si la nieve aun estuviera en su cabeza. Por primera vez en todos los años que lo había tratado, parecía afectarle el tiempo. Su tez clara ahora se habia vuelto rocosa y sus ojos aparentaban cargar con años de dolor. Su espalda fuerte ahora notaba una prolongada joroba y su pecho languidecía. Esto siguió marcándose más y más, conforme yo me desarrollaba, él envejecía.
Fue la primera vez que vi a mi abuelo como un ser vulnerable a todo, hasta el más mínimo cambio de clima. Nunca acudimos al bosque de nuevo, debido a que él ya no podía cruzarlo, pues necesitaba demasiado su bastón, y aunque pudiera, no creo que lo hubiéramos hecho.
Cambiamos de casa debido a que él necesitaba climas más estables y no tan extremos como el de la nieve, por más leve que esta fuera. Nuestra familia prosperó, pero él parecía aquejarse de todo, a veces desvariaba con sucesos que nunca habíamos escuchado antes en su vida.
Ahora, después de sus constantes enfermedades, había desaparecido, más nadie se preocupaba por la salud que de repente decayó. Ahora solo quedaba una cosa por hacer.
Ya era un adulto, tenía muchas experiencias, me disponía a tomar la última que realmente importaba en mi existencia... concluir la historia de él.
Viajé hasta nuestra antigua casa, al costado de aquel bosque encantado. El viaje fue corto y pareció como si hubiera pasado en segundos. Dejé a mi familia, esposa, casa sin decir una sola palabra, todo para verlo una vez más, en aquel bosque.
Caminé como hace años lo había hecho, gritando su nombre. Tratando de orientarme para localizar aquel lugar de la cueva, más sin éxito alguno. Comenzó a nevar y miré al cielo engangrenarse rápidamente. Caí cansado, hambriento, sediento y con las lágrimas que se congelaban en mis mejillas.
-Abuelo- lo nombré como hace años, cuando era un infante, parecía más un susurro que un llamado –¿por que? Si vas a vivir una eternidad en sufrimiento, ¿por que no dejarme acompañarte en esta aventura?
Entonces vislumbré de nuevo la cueva, caí exactamente en el lugar de tierra ceniza en que escuché la verdadera historia de aquel shaman... Celenius.
Cuando mis últimas fuerzas se agotaron y comenzaba a sentir un peso onírico, una sombra se materializó y esta era seguida de otra más alta. Cuando se acercaron, pude contemplar a mi abuelo rejuvenecido, a su lado estaba Mirta, pero con un aspecto de reina, preciosa y refinada, con buenas ropas y cabellos de oro. Parecían dos lunas en un cielo nocturno, misterioso y embriagante.
Celenius me tendió la mano y me levantó.

-Si en realidad lo quieres, entonces te lo daré, hijo mío.

Felipe Israel (c) 2011

2 comentarios:

Ruth dijo...

Excesivamente largo aunque me ha gustado.

Marcos dijo...

Muy entretenido. Una historia bien contada.