Alice



Despertó una mañana, y no reconoció a quién reflejaba su espejo. No supo asegurar, quién era esa extraña de expresión triste. Las comisuras de sus labios, habían perdido la batalla; colgaban muertas hacia abajo, rendidas,sin vida. Al igual que sus ojos, surcados de arrugas, pesados, vacíos. Un reflejo extraño que era el suyo propio.
No supo porqué se había parado frente al espejo; pero lo había hecho. Y por primera vez en mucho tiempo, se estaba observando. No mirando como siempre sin ver, sino contemplando realmente su rostro. El rostro poco familiar de una anciana.

¿Cómo había ocurrido? ¿Cuándo había pasado? Una inusual ola aclaradora, había atravesado su mente al contemplar ese reflejo. Una venda había caído; como si su cerebro oxidado volviera a funcionar después de tantos años. ¿Cuántos? No sabía. Pero su mente, aunque lenta y confusa, volvía a estar despierta. Incluso todo a su alrededor parecía tener sonido; sonido que sin duda, ya estaba antes allí, aunque ella no lo oyera.
Era ella, comprendió poco a poco. Esa anciana era ella. Pero costaba asimilarlo. No siempre había sido así, se dijo. Su cara había sido muy distinta, su mirada brillante. ¿Cuándo se había producido el cambio? Empezó a recordar.


Ella fue joven, joven y entusiasta; llena de sueños, llena de ideas. Ansiaba respuestas... Escribir, le había gustado escribir, de eso se acordaba... Cientos de historias y pensamientos invadían su mente, y a ella le gustaba escribirlos. ¡Era ésa la clave? ¿Un lugar por donde empezar? Se alejó del espejo y comenzó a buscar por la casa. Una casa que, aunque estaba arreglada, le resultaba tan poco familiar como su rostro. Buscó y buscó, entreteniéndose en observar las cosas que había a su alrededor, como si no llevaran décadas en el mismo sitio; pero no encontró nada.
¿Cómo podía ser? Entonces se acordó. Claro, no, no era escritora. Solía escribir a menudo cuando aun era muy joven... Pero una vez, en un impulso de valentía compartió unas páginas... No causaron más que alguna risilla, no se tomaron en serio por ser demasiado dramáticas para su edad. Sí, ahora se acordaba. Se sintió muy mal, avergonzada, y nunca volvió a compartir sus pensamientos por temor a que causaran burla.

Entonces, ¿Por dónde seguir? ¡Ah! dibujo, pintura; siempre le había gustado mucho el arte. Comenzó a dar vueltas por segunda vez, y como la primera, sin éxito. ¿ Por qué? Si le encantaba dibujar, todos la felicitaban por la calidad de sus trabajos... Y entonces volvió a recordar. No había nada que encontrar; hacía muchísimos años que no pintaba nada. Había querido estudiar Bellas Artes, pero no se lo habían permitido porque no iba a encontrar trabajo con eso, le habían dicho. Debía estudiar algo que le permitiera ocupar un buen lugar. Algo similar le había ocurrido con la música; ser músico no tenía salida, ni siquiera era una profesión. Con esos argumentos se había dejado convencer, y dejando atrás sus sueños, había estudiado la carrera de derecho, consiguiendo trabajo después en una de las empresas más prestigiosas de país.

¿Por qué ese aturdimiento pues? Había tenido éxito; un buen trabajo, una buena posición. Su pensión era más que considerable... Cayó en la cuenta entonces, de que estaba sola en casa. ¿Dónde estaba su esposo? Miró a su alrededor; no había fotos, ni una sola. Qué triste, se dijo. ¿Cómo podía vivir sin ninguna foto que le recordara sus mejores momentos? Quizás era viuda, se le ocurrió, y había guardado sus recuerdos para evitar sentirse melancólica. Pero ¿Por qué no había fotos de hijos, o nietos? Su reflejo indicaba que ya era muy mayor... Además mientras buscaba, había entrado en una habitación donde había una cama sin hacer y sobre ella, un pijama de mujer. Pero no era suyo. Alguien más debía vivir allí.

No tenía hijos ni nietos. De repente tuvo eso claro. Nunca se había casado.Sin embargo, una punzada en su pecho le indicó que había habido alguien.
Un joven, hacía mucho tiempo, le había roto el corazón. Su primer gran amor, había roto su confianza sumergiéndola en un pozo de desesperación. Era muy ingenua, no tenia experiencia y su iniciación en el mundo real no fue instructiva para ella. Trataron de animarla, de hacerle ver que esas cosas pasan, y que no sería ni la primera ni la última en sentirse así. Pero no sirvió de nada; se negó a aprender de ello. Y cerrándose en sí misma, se refugió tras un caparazón artificial del que no volvería a salir.
Años después, un buen hombre se cruzó en su camino. Alguien que hubiera merecido la oportunidad de ser conocido, sin prejuicios ni recelos. En cambio ¿Qué hizo ella? Huir. Al darse cuenta de lo importante que esa persona empezaba a ser, huyó. Dejó que su mente ahogara a su corazón, y luchó a contra corriente, apartándose de él.

COBARDE sonó en su cabeza tantos años después. Cobarde. Sí, había sido una cobarde durante toda su vida. Jamás se había arriesgado a hacer lo que realmente quería.
Sonó la puerta de la entrada y se acercó curiosa. Una mujer joven entró cargada de bolsas y usando una llave.

"¡Oh, señora Álice!" -dijo la mujer, "¡Ya se ha levantado!" -dijo, y mientras hablaba miraba a su alrededor como esperando ver algo fuera de lo normal-.

Álice la miró desconcertada pero serena.

"Señora Álice, soy Ana ¿Recuerda?" -dijo dejando las bolsas en el suelo lentamente. "Vivo con usted de lunes a viernes y la ayudo con la casa, la comida, a asearse..."

Álice seguía mirándola sin acabar de comprender.

"Soy Ana Señora Álice, trabajo aquí en su casa. Usted no puede quedarse sola".

"¿Laura?" -dijo Álice sin pensar. Ese nombre había venido a su cabeza de repente.

"No, yo soy Ana. Laura es la chica que la ayuda los fines de semana".

"Claro, claro Ana. Ya lo sé, no soy tonta, no me hables como si lo fuera. Buenos días, ¿Cómo estás chiquilla?".

Bueno, pensó Ana. hoy tiene un buen día, no le ha costado reconocerme y parece muy calmada.

"Buenos días Señora Álice. Bien, estoy bien gracias. ¿Cómo se encuentra esta mañana? Es raro verla levantada tan temprano, usted nunca se despierta antes de las diez. Estaba comprando algunas cosas. ¿Lleva mucho rato despierta?".

Otra vez miró a su alrededor buscando algo raro. Voy a tener que arreglármelas de otra manera - pensó- Tal vez los viernes, cuando venga Laura. Esta señora no puede estar sola. A saber lo que le puede dar por hacer.

"Un rato Ana , sólo un rato" -contestó Álice-.

"¿Tiene hambre?, le voy preparando el desayuno, ¿vale?".

Pero Álice no contestó, dio media vuelta y se dirigió pensativa a su habitación.

Cobarde, volvió a pensar. Sí, ya todo encajaba. Hacía tres años que le habían diagnosticado demencia senil. Por eso no podía estar sola, por eso la cama de la habitación de invitados estaba deshecha. Ana la ocupaba. Por eso le hablaba tan pausadamente, esperando una mala reacción. Por eso ella misma olvidaba quién era y se desorientaba. Pero hoy todo encajaba; toda su vida estaba hoy con ella. Cobarde, sonó en su mente y las lágrimas acudieron a sus ojos. Se las limpió y salió del cuarto.

"Ana" -la llamó. "hoy que estoy aquí, ¿Aceptarás un consejo?".

Ana salió de la cocina y se acercó a ella con una sonrisa tierna.

"Qué cosas tiene Señora Álice, usted siempre está aquí".

"Yo me entiendo. Bueno, y tú ya sabes a qué me refiero, no me chinches. ¿Aceptarás un consejo?".

"Claro que sí señora" -dijo y estrechó entre sus tersas manos la arrugada mano de la anciana. "Cuéntemelo".
"Nunca tengas miedo de ser quien quieras ser" -le dijo- "No dejes nunca de soñar y lánzate a por cada uno de esos sueños sin dudar. Por disparatados que parezcan. No hay nada más triste que una vida no vivida por propia voluntad".

"Muchas gracias Señora Álice, así lo haré. Y a hacía tiempo que no hablábamos de esta forma. Me alegro de que esté de vuelta" -dijo guiñándole el ojo con complicidad- "La echaba de menos. Venga, vamos a la cocina que su desayuno está casi listo. Podemos charlar un rato si quiere".

"Sí Ana, ve, ahora iré yo. Necesito ir primero al baño".

"Vale, ¿Necesita ayuda?".

"No, no , en seguida voy".


Álice entró en el baño y se miró de nuevo al espejo. Esta vez, plenamente consciente de quién era. Cobarde. Una mujer que no había luchado por sus metas y se había refugiado en un trabajo que odiaba para no ver lo que posponía. Había tenido miedo de vivir; y su tiempo se había agotado.

Ana empezó a extrañarse de que Álice no fuera a desayunar y se acercó al baño.

" Señora, ¿está bien?".

No contestaron.

"Señora, ¿necesita ayuda?, voy a entrar ¿de acuerdo?".

Al abrir, vio a la anciana de pie frente al espejo. Ésta al verla, se giró todo lo rápido que pudo, elevó la una mano hasta el pecho y gritó con expresión aterrorizada:

"¡Quién es usted y qué está haciendo en mi casa!".

Rebecca Ruíz (c) 2011

5 comentarios:

Pedrito dijo...

Magnífico. Le he puesto cinco estrellas.

mAR dijo...

Todos los días vuelve a nacer. Todos los días conoce a gente nueva y vive nuevas experiencias. Desde ese punto de vista tendría algo positivo.

Almudena dijo...

Soy enfermera y trabajo en un centro de dia.Cuando entro a trabajar nunca sabes como van a reaccionar esta clase de enfermos. Hay dias que te acercas a ellos y eres una extraña y a lo largo del dia ya eres una amiga, pero cuando entras al dia siguiente otra vez a empezar.Es un trabajo realmente duro pero tambien tiene su parte dulce y emotiva.

Alexis dijo...

Excelente relato. Yo hace poco comencé con mi blog de cuentos y relatos cortos creados por mí. Mi blog es: http://elblogdeale2011.blogspot.com

Saludos.

Anónimo dijo...

Magnífico relato de la triste realidad que se vive en algunos hogares. Los ancianos, nuestros ancianos, merecen todo el cuidado del mundo.Espero de la vida, que si no puedes estar en manos de un familiar tuyo cuando llega este momento, sí por lo menos, en manos de gente como Ana, o como muchas cuidadoras estupendas que lo dan todo. Me ha gustado mucho.