Avión de papel


Aquel día amaneció nevado. Era Navidad y Carlitos se levanto temprano para ver los regalos que deberían estar debajo del árbol. Aquel año aunque se había portado bien y las notas eran muy buenas solo había pedido una cosa a Papa Noel.
Su “regalo” no estaba debajo del árbol como él esperaba. Rebuscó y rebuscó entre una multitud de cajas envueltas en papeles de colores y sujetas con deslumbrantes cintas. Un sentimiento de tristeza inundó su pequeño cuerpo dando paso a una total alegría al escuchar una voz que provenía de la cocina. ¡Era la voz de su padre!.

Mama sonreía al ver tan feliz a Carlitos y como éste se olvidaba de desayunar mientras le contaba a su padre con todo lujo de detalles todo lo acontecido en los dos últimos meses. Había mucho que contar y no quería dejarse nada en el tintero. Le contó como Luis se había fracturado la pierna jugando al fútbol, la colección de cromos que tenia Dani y que según su madre terminaría algún día en el cubo de basura sino recogía su habitación. Le contó también que Don Fernando, su profesor, había sido sustituido por la señorita Clara. Relatos y relatos fueron sucediéndose uno tras otro separados solo por los momentos en que Carlitos mordía una galleta o sorbía del vaso de leche.
Carlitos recordó a su padre una promesa realizada antes de que se marchase a trabajar lejos. Una promesa de que le enseñaría a fabricar aviones de papel y que juntos irían al parque, para que estos pudieran volar sin chocarse con las paredes de la habitación o del pasillo de casa.
Papa sonrió al recordar esta promesa y sacó unos folios de su cartera. Carlitos rebosaba felicidad mientras ayudaba a recoger la mesa a su madre. Se imaginaba a sí mismo como a un gran ingeniero capaz de crear un avión tan grande que fuese capaz de llevar una ciudad en su interior.
Después de varios intentos logró al final un avión de papel aceptable. Realizó las primeras pruebas en el pasillo y aunque el vuelo era cortado por las paredes, Papá le dijo que era un buen avión y que lo irían a probar al parque.
El parque estaba totalmente cubierto por la nieve, Carlitos y Papa se abrigaron, pues hacia frío en la calle. El avión se encontraba en el interior de la bolsa, protegido del viento hasta que llegase a la zona de pruebas, cercana a los columpios. El viento movía la bolsa, parecía que el avión estuviera impaciente por salir y volar.
En el parque no había mucha gente, la mayoría se había quedado en casa al abrigo del calor de la calefacción.
Carlitos sacó el avión de la bolsa de plástico y, siguiendo las recomendaciones de su padre, lo calentó con vaho y le susurró algo mientras lo hacía, lo sujetó fuertemente y lo lanzó. Parecía que se estrellaría contra el suelo nevado pero una ráfaga de viento le levanto hacia arriba, muy alto, muy alto.
La ráfaga lo transportó fuera del parque y finalmente descendió hasta posarse encima de un coche. Una niña de un hermoso color ébano lo recogió con sus pequeñas manos y en su rostro se dibujó una cara de asombro cuando el pequeño avión de papel le susurro un hola. La niña impregnó de vaho la punta del avión y lo lanzo al aire, que enseguida lo recogió llevándoselo en una ráfaga de viento helado hasta otro punto de la ciudad, transportando un nuevo mensaje.

Isabel Martínez (c) 2011

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Hermosa historia. Una pregunta, la eterna pregunta sin respuesta: ¿Por qué "impregnamos de vaho" la punta de los aviones antes de lanzarlos? ¿Vuelan mejor?

Ruben D. dijo...

Este relato saber transmitir la nostalgia de la infancia. Esa época de no tener nada y sin embargo tenerlo todo. La felicidad que te podía proporcionar una simple hoja de papel doblada.

Juan Valdés dijo...

Yo felicito a la autora del relato y al encargado de seleccionar las ilustraciones. MAGNIFICAS