El alma que vino a mi encuentro



Cada sábado, a media tarde, solía acudir al cementerio cogido de la mano de mi abuela, y el que se refiere a esta pequeña historia, indudablemente, no podía ser menos. A pesar de todo, eran tiempos de mi añorada infancia, así que no me importaba rememorarlo en absoluto. Sin embargo, jamás logré comprender por qué ella se empeñaba en visitar, semana tras semana, aquél lugar que tanto recelo me inspiraba. Ritualmente, cruzábamos una a una las angostas calles que nos iban acercando a nuestro destino, plagadas de innumerables nichos de cuatro alturas, cada uno de ellos con sus correspondientes fotografías ajadas en blanco y negro de personas con mirada melancólica o almidonada sonrisa, que provocaban en mis adentros un profundo y desbocado terror, en extremo difícil de controlar.

Las piernas me temblaban a cada paso, creyendo ver fantasmas por todas partes mientras el corazón me palpitaba con frenesí, deseando que mi abuela cediera en su afán de sujetarme con fuerza y poder así aprovechar para salir corriendo de aquél lugar que yo creía maldito. Pero cuando lograba zafarme tan solo era capaz de frenar la marcha, porque ni siquiera podía tener la suficiente valentía como para mirar atrás.

-¡Pablito! ¡Haz el favor de no quedarte rezagado! –gritó mi abuela, como era su costumbre cuando pensaba que se le hacía tarde-. No podemos perder tanto tiempo…
Finalmente, mi abuela se detuvo en uno de los nichos, situado en la tercera de las alturas, donde se suponía que debía reposar el abuelo desde hacía más de veinte años, mucho antes de que yo naciera. En aquella ocasión no pude evitar preguntarle:
-¿Y por qué lleva ahí tantos años? ¿Por qué no regresa con nosotros?
-Porque llega un día en que esta es la única morada en que podemos descansar, hijo mío, y a tu abuelo le llegó ese día hace ya más de dos décadas.
-Pues yo no quiero que me llegue a mí ese día; ni a ti tampoco, abuela.

Entonces, ella acarició mi mejilla derecha, regalándome una de sus tristes sonrisas, las únicas que podía captar en ella desde que yo tenía uso de razón. Sólo tenía ocho años, pero la vida había sido conmigo tan cruel que parecía tener como mínimo ocho veces más aquella edad. Al menos, eso era lo que mi abuela le decía a todo el mundo.
Existía en el cementerio un panteón que siempre me impresionaba cada vez que transitábamos por una de las callejuelas plagadas de tumbas colocadas a ras del suelo. Se trataba de una escultura tallada en piedra, representando a una mujer desfallecida sobre un arcón de enormes proporciones. Aunque ajada la figura debido al transcurso del tiempo, el cuerpo y los rasgos faciales de la mujer aún conservaban una perfecta definición. Su rostro denotaba una gran tristeza, y de tener vida propia habría aparecido lleno de lágrimas, sin lugar a dudas. Una de sus manos reposaba extendida sobre el arcón, mientras que la otra sujetaba su abultado vientre, comprendiendo que debía llevar una nueva vida en sus entrañas.

Estaba convencido de que el panteón intentaba representar alguna historia, muy probablemente relacionada con la persona enterrada justo debajo de aquella impresionable estatua. Así que, ni corto ni perezoso me dispuse a intentar sonsacarle dicha historia a mi abuela, si acaso la supiera.

-Abuela –dije, señalando descaradamente aquella triste figura- ¿tú sabes que pudo ocurrirle a esa pobre mujer? ¿Es ella la que se encuentra enterrada en el panteón?
-No, Pablito… no solo ella.
-¿Qué quieres decir? –pregunté intrigado ante su respuesta.
-Todos los que tenemos ya cierta edad conocemos la historia de sus eternos moradores, aquel matrimonio tan bienaventurado hasta que la desdicha cayó sobre ellos el día en que el marido falleció en la guerra de Cuba, justo un día antes de que finalizase el conflicto. Iban a tener un niño, y a consecuencia de la noticia, la desdichada mujer no fue capaz de superarlo, quitándose la vida con un mortal veneno. A pesar de la tragedia, la iglesia la condenó después de muerta sólo por haber dejado que el niño que llevaba en su vientre muriese con ella.
-Pero… ¿por qué, abuela?
-Eran otros tiempos, Pablito…

Un sentimiento de repulsa surgió en mi cerebro ante aquella, a mi entender, injusta decisión. Al fin y al cabo, había sido un acto desesperado por parte de la mujer, así que… ¿por qué no debía ser perdonada?
No podía apartar la mirada de aquella desconsolada figura, y tan ensimismado estaba que de repente todo el entorno pareció transformarse, convirtiéndose en un paisaje totalmente distinto. No era la primera vez que me ocurría algo semejante, y aunque me aterraba, nunca era capaz de contarle a nadie, ni siquiera a mi abuela, aquello que me sucedía cuando menos lo esperaba. El panteón formaba parte ahora de la habitación de una casa desconocida por completo para mí, al mismo tiempo que la escultura cobraba vida inesperadamente. La mujer que hasta ese instante yacía sobre el arcón, se levantaba ahora dirigiendo su mirada hacia donde yo me hallaba, a muy pocos metros de distancia. Sus ojos estaban inundados en lágrimas, pero estas desaparecieron en apenas unos segundos como por arte de magia. Y una bondadosa sonrisa pasó a formar parte de su rostro, unida a una anhelante mirada que me invitaba a detenerme en mi aterradora huida del lugar.

-¿Qué… quieres de mí? –alcancé a decir, sin dejar de temblar.
-He escuchado la conversación con tu abuela –respondió, acercándose hacia mí- y al comprobar que podías ser capaz de verme, he querido manifestarme para contarte la verdad sobre lo que sucedió el día de mi muerte.
-¿C… cómo te llamas? –inquirí de nuevo con timidez ahora, tras asentir con la cabeza.
-Demelza, que significa diosa de la cosecha y la tierra.
-Tú… no te quitaste la vida, ¿verdad? ¿Es eso lo que pretendes decirme?
-En realidad sí deseé hacerlo, porque no podía concebir la vida sin mi amado esposo, pero comprendí que debía mirar por mi futuro hijo, producto de nuestra unión, de nuestro amor. Sin embargo, caí gravemente enferma debido al desconsuelo que me produjo tan triste noticia. Cuando el médico acudió ya era demasiado tarde, porque el corazón de mi niño había dejado de latir. Así pues, los dos motivos de mi existencia se habían marchado para siempre, y ya nada tenía sentido para mí. ¿Para qué seguir viviendo? El médico deseaba salvarme a toda costa, pero le supliqué que me dejara morir. Obviamente, mi decisión iba en contra de sus principios morales y religiosos, aunque vio tanta pena en mi corazón que finalmente logré que entrara en razón. Le hice abandonar la casa con la promesa de que no dijera a nadie que estaba al borde de la muerte. Nadie además de él lo sabía, a excepción de mi criada, la cual se había encargado de ponerle en antecedentes sobre mi enfermedad. Del resto ya conoces la historia, Pablito. Me dejé caer sobre el baúl, y llorando esperé a que se extinguiera para siempre mi vida. Pero no me importaba, pues sabía que al otro lado mi amado esposo y mi querido hijo estarían esperándome.

La mujer no dudó un instante en acariciar suavemente mi cabello, segura de que en esta ocasión ya no me apartaría de ella.

-¿Sabes? –prosiguió-. Eres un niño muy guapo, y estoy segura de que mi hijo habría sido tan bello como tú.

Sus palabras me sorprendían ahora. ¿Acaso no se suponía que había ido a reunirse con él y su esposo en el momento de su muerte?

-Pero… ¿es que no pudiste conocerle al fin?
-No puedo verle físicamente, pero sí soy capaz de leer su alma. Y es un alma noble, como sin duda lo es la tuya, Pablito. Esa es la razón de que puedas verme. Solo aquellos cuya alma está limpia son capaces de hacerlo. Y no sólo a mí, sino a todos aquellos espíritus que, en un momento determinado se dejan ver. Sin embargo, un día dejarás de vernos y será signo evidente de que habrás crecido, porque tu alma, aunque buena aún, habrá sido corrompida por el hombre. Pero no te asustes… puesto que serás fuerte, y conseguirás librarte finalmente de ese triste mal. Un día lo conseguirás, y entonces me recordarás, tal cual me has visto ahora.

Solo pude asentir, aun sin lograr entender ni una sola de sus palabras. Sin embargo, de repente una lucecilla se encendió en mi cabeza.

-¿Crees que podré ver a mi abuelo? Nunca llegué a conocerle.
-¿Te gustaría?
Agité de nuevo la cabeza en sentido afirmativo.
-Él llegará a ti un día, cuando crea que realmente lo necesitas. Entonces lo verás…
-Pero yo desearía que fuese ahora –dije, manifestándose en mi rostro una gran tristeza. Y además, has dicho que es ahora cuando puedo veros…
-A veces no es tan fácil, Pablito. Pero puedo asegurarte que él no deja de pensar en ti, allá donde se encuentre.
-¿Volveré a verte a ti, entonces?
-Sí, si tu quieres. No sé hasta cuando podré hacerlo, pero siempre que vengas al cementerio, si lo deseas me encontrarás.
Entonces un extraño deseo de abrazarla creció en mí de forma inesperada. Y al ver que me acogía en sus brazos, un reguero de lágrimas comenzó a caer por mis mejillas. No podía dejar de hacerlo, y era un sentimiento tan profundo que sin duda debía provenir del fondo de mi alma.
-Mi… mamá hace dos años que se marchó, y aún no ha regresado a casa. La echo de menos… tanto que cuanto la vea no dejaré de abrazarla, como hago ahora contigo. Ella es tan guapa como tú, ¿sabes?
-Lo sé, mi niño, lo sé…
Fueron las últimas palabras de aquella mujer que tanto se parecía en realidad a mi mamá, porque instantes después sus manos dejaban de acariciar mi cabello, hasta volatilizarse por completo. Desconozco cuánto tiempo había transcurrido, pero pude escuchar ahora a mi abuela que me llamaba sin cesar:
-¡Pablito, hijo! ¡Vuelve en ti! A veces pienso que estás en las nubes. ¡Se nos hace tarde, chiquillo!
-Abuela…
-¿Qué pasa, cielo?
-La mujer del panteón –dije, señalando la escultura, de nuevo en su estado original-. Se llama Demelza…
-¿Y tú como lo sabes?
-Porque he hablado con ella. Me lo ha dicho. Además, no murió envenenada, abuela, ni se quitó la vida. Murió de amor…
-Claro, hijo –afirmó, mirándome e impregnando sus ojos de pura tristeza-. Si te lo ha dicho, es porque será verdad…
-Lo es, sé que lo es. ¿Y sabes que? Me ha dicho que un día podré ver al abuelo. Y yo quiero al abuelo, pero… antes quisiera ver a mamá. Dime, abuela, ¿cuándo volverá de su viaje?
-Pronto, mi niño, muy pronto…

Dos años después, perdida la inocencia, supe que mi madre estaba en el cielo, y que no regresaría nunca más. Hasta ese momento, ni un solo sábado dejé de ver a Demelza, a la que tenía como mi segunda madre. Sin embargo, también ella desapareció un día para siempre, aunque al menos me quedaba el consuelo de ver su escultura en el panteón. Y aún hoy, cuando acudo al cementerio en las ocasiones que regreso a mi antigua ciudad, no falta ocasión en que la visito, de la misma forma que lo hago con mi madre y mis queridos abuelos.
Y el corazón me dice que, tarde o temprano, cuando sientan que los necesito, volveré a verles…

Francisco Arsis (c) 2010

6 comentarios:

Andrea dijo...

Una historia entrañable, estaría bien que fuese así en realidad... algún día lo sabremos.

Ana dijo...

Muy bueno. Felicidades.

michael pireerel dijo...

jolines, una buena historia de los templarios.

Rosa m dijo...

Me recuerda a la historia que me contaba mi abuelo. VIva los mojitos y los tulipas.

jose dijo...

Me a encantado el relato

Emma dijo...

Bonito relato, además de bien redactado. Siempre me ha gustado leer cosas sobre muertos, espiritus, cementerios, etc. Sigue así. :-)