Temporada en el abismo


El remordimiento es el único dolor del alma que el tiempo y la reflexión no logran calmar jamás.

Madame Stael


Pienso que, por mucho que me esfuerce en cambiar las cosas, todo continuará exactamente igual. Gracias a las cenizas de mi juventud, del pasado del que tanto me avergüenzo y del que llevo huyendo una década, he forjado mi obra. A veces me siento orgulloso de ello, no fue fácil sobrevivir a la autodestrucción que me infringí a mí mismo, a las noches de anfetaminas, a las depresiones constantes, a la soledad nacida de la incomunicación. Por otra parte, quisiera que mi destino hubiese sido distinto, no haber recorrido este sendero tortuoso que ha estado a punto de conducirme a la locura en más de una ocasión, aplastado por una corona de espinas y sombras hundida sobre mi frente. Sí, sé que caigo al vacío, sin nada a lo que aferrarme, volviendo a cometer los mismos errores de siempre. ¿Por qué, después de tantos años, siento la necesidad de hablar sobre ello? La respuesta es muy sencilla: tengo que desahogarme de alguna manera para mantener la cordura. No quiero parecer autocompasivo, ni regodearme en mi propia miseria, menos aún quejarme sin motivo alguno. Escribir es una especie de terapia individual, me auxilia a escapar de todo; gracias a ello encuentro sentido a una vida que dejó de tenerla hace mucho tiempo. En perspectiva, gracias a Dios y al Diablo, el vacío que me consumía no es tan intenso como antaño. Recuerdo vivir completamente angustiado, drenado por mis obsesiones, con el corazón roto en mil pedazos y el alma desecha. De hecho, apenas logro comprender cómo pude sobrevivir, porque con lo hundido que estaba, tenía que haber tenido motivos más que suficientes para quitarme de en medio. ¿Por qué no lo hice? ¿Qué es lo que me ha mantenido despierto hasta ahora? Debo comprobar si treinta años insatisfecho, vencido por unos sueños que soy incapaz de realizar, pueden ser cambiados. Por ello me niego a suicidarme: deseo comprobar si todo el dolor y la angustia por la que he pasado tienen sentido o no.

Atrás queda la infancia, una niñez amarga y solitaria, atrapado en un ambiente que aborrecía, acomplejado por mi físico y mi manera de ser. Nunca tuve suerte respecto a la amistad, no encajaba en ninguna parte, cosa que me llevaba por el camino de la amargura. No me quedó más remedio que asirme a la literatura como a un clavo ardiendo, fue lo que logró hacerme feliz a todos los niveles, cosa que, ni la sociedad ni mi familiares, consiguieron. Han pasado diez años en los que no he logrado conseguir la paz de espíritu, reprochándome constantemente cada día, sin excepción, los errores que cometí. ¿Por qué he actuado de esta manera? Me odio a mí a mismo con toda mi alma, no soporto cometer fallos, por ello me torturo hasta la saciedad; no merezco otra cosa por ser tan imbécil. La gente suele quejarse de que lo que escribo es demasiado oscuro, demasiado negativo y deprimente, que no es comercial, y por lo tanto, mediocre. Los editores, por ejemplo, los mismos que suelen jugar conmigo y mis novelas sin haber terminado el primer capítulo, suelen comportarse como los seres más repugnantes que he tenido la desgracia de conocer. En este negocio, donde sólo importan las ventas y el número de contactos que tengas, tener talento o pasión es algo irrelevante. Si eres escritor sabrás lo que te digo, nadie apoyará tu obra ni te tomará en consideración; eres un tuerto en un país de ciegos. España es un país de ignorantes, a nadie le interesa la literatura, el arte o la música de calidad. Todo está estereotipado, la gente actúa condicionada por lo que ve en la televisión, por los programas basura, los concursos mediocres, la vida de los famosos de pacotilla que han vendido cualquier muestra de dignidad por dinero. Por poner un ejemplo: el otro día, después de veinte años escribiendo, publiqué mi primer cuento en papel impreso en un libro. Nadie, incluidos los miembros de mi familia, se ha molestado en leerlo y mucho menos en felicitarme. Un poco triste, ¿no es cierto? La realidad no admite excusas: soy un fracasado, me siento incomprendido, y estoy rodeado de gente zafia e ignorante a los que no le importan mis aspiraciones en absoluto.

Quizá, ahora que lo pienso, todo es producto de mi imaginación. Puede que no viva en un Estado arruinado por la Crisis y gobernado por políticos corruptos e inútiles, que tengo un trabajo magnífico en el que gano una fortuna —veinticinco euros diarios por ocho horas de martes a domingo—, que las editoriales son empresas abiertas de mente que jamás vacilarían en darme una oportunidad, que los míos me toman en serio y no piensan que deberían encerrarme en un manicomio. ¿Puede que esté siendo cínico? La única manera de llevarlo es con humor, porque, la verdad, con el corazón en la mano, hace mucho que tenía que haberme rendido. Como he comprobado en mis propias carnes, tener aspiraciones artísticas en una era dominada por la telefonía móvil y el Facebook, es perder el tiempo. Puede que lo mejor sea aceptar que llegaré a mi jubilación trabajando de camarero en un restaurante, endeudado hasta el cuello, divorciado de una mujer que me despreciará, solo, porque mis hijos serán egoístas y desagradecidos. Tal como están las cosas, si aceptara un futuro tan espantoso como el que acabo de imaginar, podría pertenecer a una sociedad dominada por los clichés que ha perdido el rumbo desde que entró la religión católica en escena. Pensar, como concepto, plantearme las cosas como siempre lo he hecho, más que felicidad me ha aportado todo lo contrario. Poseo aptitudes, dones otorgados por la naturaleza, que por hastío o indiferencia, he dejado pasar de largo. El problema, si es que puedo llamarlo de esta forma, es que únicamente me encuentro tranquilo cuando escribo, y que, a pesar de solo tener Internet para expresarme, soy mejor que muchos de los que ganan los certámenes y publican libros. ¿Acaso he sonado arrogante? Sin la altivez no continuaría adelante, siendo egocéntrico y despiadado, serio y profundo en una época de frivolidad absoluta. Y, me cuestiono, dónde estarán las personas como yo, porque supongo que habrán hombres y mujeres que opinen lo mismo, porque, hasta la fecha, no he tenido la suerte de encontrarme con ninguno cara a cara.

Cuatro de diciembre... Ha pasado una década desde mi caída en los abismos. Este relato, en cierta forma, es una manera de exorcizar el pasado; duele cambiar de tal manera que, de un día para otro, eres incapaz de reconocerte delante del espejo. Irónicamente, por las numerosas vueltas del destino, he vuelto a los orígenes, al mismo lugar donde todo empezó. En un principio, estaba aterrorizado, me negaba a regresar, tenía demasiado miedo de los fantasmas intangibles de mi conciencia. Para mi sorpresa, me ha ido mejor de lo que pensaba, apenas he tenido pesadillas y los recuerdos son un borrón indistinto delineado en mi memoria. ¿Por fin he madurado y he admitido los errores que cometí hace tanto tiempo? No lo sé, me extraña sentirme tan tranquilo, no es algo habitual en mí. Me pregunto cuánto tardarán los remordimientos en regresar y arruinarme el presente. ¿Unos días? ¿Unas horas? ¿Unas semanas? Tengo que convivir con una parte lóbrega que no puedo controlar. Es la lucha constante de mi lado positivo contra el negativo. Por desgracia, me guste o no me guste, el segundo siempre ha tenido más poder que el primero. Me es mucho más fácil hundirme en un pozo putrefacto de contriciones que disfrutar de las cosas buenas que puede aportarme la vida. ¿Por qué lo hago? Misterio, nunca he logrado entenderlo, porque, si soy sincero, no hay nada más triste y patético que vivir amargado. Me cuesta admitir mi lado oscuro, el mismo que me obliga a narrar esta historia, un cuento que me había prometido no escribir.

Mi memoria retrocede, obligándome a regresar atrás, haciéndome recordar el instante que me convirtió en lo que soy. Una discusión, una noche de juerga, a las tantas de la mañana, en una calle llena de gente, aniquiló mi inocencia en pedazos. Jamás hubiera imaginado que las palabras pudieran hacer tanto daño. Posteriormente, después de una madrugada alcohólica que no quiero ni recordar, a la mañana siguiente, cuando abrí los ojos, sentí que me habían arrancado el alma del cuerpo. Horas más tarde, cuando me dirigía a mi hogar, escuché el Disintegration de los Cure. Casi al final del disco, en la penúltima canción, no pude aguantar más y estallé en sollozos desgarradores en la parte trasera del autobús. Sin duda, aunque he pasado por otros momentos terribles, fue el día más triste de mi existencia. No he vuelto a llorar desde entonces: algo se perdió por el camino y no pude volver a recuperarlo. Me transformé en un adulto de un modo cruel y enfermizo que no desearía ni a mi peor enemigo. Ahora que lo pienso, me he mostrado demasiado sincero; hasta la fecha no me había atrevido a contar los hechos tal como sucedieron. ¿Acaso me encuentro mucho mejor por haberlo hecho? En realidad me importa un bledo: lo mejor que pudo pasarme fue sepultar mi inocencia, mil metros bajo tierra, en una tumba tan profunda, que jamás volverá a ver la luz.

Perdí la pasión, la capacidad de sentir ilusiones, el anhelo por experimentar cosas nuevas, todo por una losa de plomo que poco le faltó para acabar conmigo. He llegado a sentirme infinitamente viejo y acabado, en la orilla del cosmos, sin sueños ni expectativas, barrido por la tormenta que destruyó lo bueno que había en mí. ¿Qué me quedó después de aquello? Poca cosa, me temo, por ello no consigo descansar tranquilo. Espantoso, ¿no es cierto?
Tuve que aferrarme al odio y a resentimiento para sobrevivir. Extraño la sensación de amanecer sin sobresaltos, tal como sucedía una década antes, pero sé que es una quimera imposible de realizar. Soy un hombre marcado por una condena que llevaré hasta que muera. Por suerte, aunque me ha costado bastante, he aprendido a convivir con ella. Depende del día, toma el control de mi mente, torturándome, convirtiendo el presente en un infierno. Por ello escribo, repito, de lo contrario perdería la cabeza, cosa que no permitiré bajo ninguna circunstancia. La felicidad, en cambio, como concepto, sólo es un instante breve y fugaz, que se desvanece sin dejar rastro.
Espero que, tarde o temprano, termine esta Temporada en el Abismo.

Alexis Brito Delgado (c) 2010

7 comentarios:

Daniel F. dijo...

Pues yo creo que ya tienes un nombre. Escribelo en Google y apareces en multitud de webs. Tal vez no tengas éxito económico (ya llegará) pero no empiezas del todo mal. Hay antecedentes de artistas que no conocieron el éxito hasta más bien tarde.
Ánimo amigo, que hay gente que te lee y le gustan tus historias.

Ramiro& Juana dijo...

hola Alex Brito, he visto en otras paginas que has dejados relatos fabulosos y me han gustado. me jode que como todos mis colegas de mejico y de españa solo cuelgues relatos de compasibilidad con tu persona. me gusta como escribes y por eso te pido que seas complaciente con mis deseos al pedirte que cuelgues tus relatos como tu sabes hacerlos porque es una de nuestras mejores paginas aqui en mejico y uruguay. Me ha gustado mucho pero debes escribir relatos que no sean todos de lo mismo y me refiero en que tu mismo te despreatigias con estos relatos. Eres grande y seguro que tus relatos en mi pais y otros de aqui nos motivais para seguir leyendo. Gracias Brito. Somos muchos por no decir miles aqui los que nos gusta esta pagina por su contenido en sus relatos de toda clase.

nina_tyson dijo...

Relato sombrío, desesperanzado, sin luz al final del túnel ¿O sí?
Has elegido las palabras y el tempo preciso para transmitir esa tristeza que, de seguro, llega al lector. Por tanto, un más que aceptable texto que se merece un notable alto.
Un saludo.

Isis dijo...

Felicito a los responsables de la web por el gran contenido y por supuesto, por mantenerla sin publicidad a pesar del gran esfuerzo que supone eso.
Enhorabuena.

Anónimo dijo...

una historia muy bien relatada, con la pena de qe no sea producto de tu imaginacion sino mas bien algo qe qe realmente te a pasado a ti.preferiria qe fuera invencion o ficcion .no por ello te lo tomes como una critica..mas biem como una critica construtiba..e leido qe tienes relatos en otra paginas y te agredeceria qe me enbiases la direcion pues veo qe vas muy bien encaminado a la ora de relatar..un saludo ...alom.
alomvaz

XikaBuk dijo...

Excelente relato. Muy sincero y personal. ¿Quién no se ha sentido así alguna vez?. ¿Tienes algún blog dónde pueda leer algo más?
Un saludo.

RE dijo...

XikaBuk, mira en la sección de enlaces.