El espejo



Todo sucedió esta mañana.
Me levanté de la cama diez minutos antes de que sonase el despertador, los días que ocurre eso tengo un día de perros. Es una ley casi universal, por lo menos para mí. Mientras se hacía el café en la cocina me preparaba la ropa como todos los días para ir a la oficina. Elegí uno de mis trajes azules, no fue muy difícil al ser todos iguales, yo soy de los que pienso de que si algo te va bien para que cambiar. Me dirigí a la cocina para tomar el café ya que sin tan preciado líquido no soy nadie por lo menos por la mañana. Me tome mi tiempo para disfrutarlo. Limpié el vaso y lo coloqué en su sitio. Ventajas de vivir solo.

Entré en el baño, me dí una ducha de unos diez minutos para despejar todo el cuerpo, me afeité, me lavé los dientes y me retoqué las uñas hasta que estaban perfectas. No soporto las que están desatendidas y mal cuidadas.
Terminé con mi personal ritual de limpieza, entré en mi habitación y me coloqué el traje azul. Me quedaba perfecto. Me ajusté la corbata y llevé la toalla y mi pijama al cesto de la ropa sucia. La cama no la hice. Ventajas de vivir solo.
Entré en el despacho que tenía improvisado en lo que debería de haber sido la sala de estar, cogí mi teléfono móvil que me avisaba de que la carga ya estaba completa, me coloqué el reloj que me había regalado a mi mismo por Navidad y cogí el maletín de ejecutivo que también me había regalado aunque fue para mi cumpleaños.
Me aseguré de que todo estaba desconectado y apagado antes de salir de la casa no fuera a ser que cuando volviese ya no hubiese casa.
Cogí las llaves que tenía colgada detrás de la puerta de salida para que no se me olvidasen y, antes de salir, me miré en el fabuloso espejo que me había regalado también a mi mismo por un buen negocio que había realizado la semana anterior y que reportaría millones a la empresa en la que trabajo. Lo compré en un rastrillo en el fin de semana y me lo trajeron ayer. Era perfecto, de cuerpo entero y por su aspecto era por lo menos del siglo dieciséis o incluso más viejo.

El trapero que me lo vendió me contó algo sobre una maldición y que había pertenecido a no sé quien. No le presté mucha atención e incluso me mostré algo desinteresado, ya que estaba utilizando una estrategia de vendedor como las que suelo usar yo en mi trabajo para añadirle valor a un producto que no lo tiene y, seguramente este no lo tenía. Regateamos y conseguí rebajar algo el precio, no mucho, ya que era perro viejo y conocía de sobra el arte de vender. Tuve la tentación de pedirle un curriculum para recomendárselo a mi jefe.

Lo coloqué en la entrada para verme antes de salir y cuando entrase. Lo sé, soy un narcisista y como no puedo evitarlo y me gusta pues lo llevo hasta el extremo.
Me mire desde arriba hasta abajo. Estaba... perfecto.
Me percaté de una imperfección que había en el espejo. Era un pequeño círculo que se introducía levemente en el interior, como si hubiesen aplastado una moneda contra él.
Lo toque con el dedo índice y mi reflejo hizo lo mismo.
Entonces ocurrió.
Sentí cómo un calambre recorría mi cuerpo y la cabeza empezó a darme vueltas. Aún tenía puesto el dedo en aquel círculo cuando mi imagen separó el dedo y me sonrió mientras se ajustaba la corbata. La expresión de su rostro era cruel e incluso yo me atrevería de calificar de obscena.
“Gracias por darme vida, perdón, quería decir por regalarme tu vida. Te prometo que no la desperdiciaré”. Me dirigió un saludo militar y salió de mi casa.

Me quedé dentro del reflejo y, aunque suene raro, durante los primeros instantes estaba bastante perplejo intentando racionalizarlo. Después llego el momento de la negación, que esto solo era un sueño y que no tardaría en despertarme, pero el tiempo pasó y nada.
Intenté acercarme a mi habitación pero no podía salir de la zona que reflejaba el espejo. No había nada más. Ni siquiera pude abrir la puerta de salida de mi casa, que el espejo reflejaba.
La desesperación se apoderó de mi y con ella la rabia. Golpeé el cristal pero cualquier intento fue en vano. Cuando me tranquilicé, las lágrimas invadieron mi rostro.
La puerta se abrió. Era mi vecina que tenía una copia de las llaves que yo le había dejado para cuando viniesen a ver el contador del agua, gas, luz y para cualquier imprevisto que pudiera surgir.
Se llamaba Antonia. La llamé por su nombre. Ni siquiera se inmutó y su reflejo atravesó mi cuerpo como si yo no existiera. Algunos minutos después vi como salía de mi casa y llevaba entre los brazos un kilo de azúcar, dos rollos de papel higiénico, un bolígrafo y dos latas de atún en aceite. Me estaba robando, la hija de su madre. Me estaba robando y yo pensando que era una excelente vecina. Yo que le sacaba siempre que podía la basura e incluso le hacía regalos por su cumpleaños, su santo e incluso por navidad, además de los 30 euros mensuales que le daba por las molestias. En fin, dicen que todo el mundo es confiable hasta que se demuestra lo contrario.
El día fue pasando y antes del anochecer la puerta se abrió. Era yo, bueno, quiero decir mi reflejo. Se había cambiado mi traje azul por uno de color burdeos, sonreía y me miraba.
La ira volvió a invadirme y golpeé el espejo mientras los insultos hacia él salían de mi boca. Sé que me estaba escuchando, pero me ignoraba. Se recreaba en la situación, sabía de sobra que él era quien mandaba y se notaba.
Volvió a saludarme, dejo el maletín en el suelo y lo abrió. Me miro, sonrió y me dijo:
- Tengo un regalo para ti. Ya que me has regalado tu vida es lo menos que puedo hacer para que veas que te estoy agradecido.
Aumenté la intensidad de los golpes y de los insultos. No sirvieron para nada.
Sacó del maletín un martillo.
- El espejo solo se puede romper desde este lado, no te esfuerces, es tontería. Pero tú mismo.
Saboreó el momento, levantó el martillo y golpeó el cristal del espejo haciéndolo añicos.
- Adiós – me dijo mientras me volvía a saludar de esa manera militar que para mí ya era un signo de su carácter.
El espejo estaba roto y ya no había forma de salir. Era mi fin.
El último pensamiento que invadió mi mente antes de desaparecer es que el color burdeos me sentaba de lujo. Qué pena no poder haberlo disfrutado.

Juan Manuel Ortiz (c) 2009

5 comentarios:

Juan Castillo Prado dijo...

Un relato poco trabajado, demasiadas palabras para una historieta que si tiene gancho pero un final muy muy pobre.Esto me recueda a un relato leido de algun blog que el personaje se encontro un manzano y despues de unas quinientas palabras escritas termina el relato con que al final se comio una manzana je je je. Un saludo compañero y echale mas imaginacion la proxima vez que redactes un relato

Laura Pedrosa dijo...

Si bien es cierto que se extiende demasiado, sobre todo al principio del relato con las descripciones, acciones que lleva a cabo el personaje, el relato en sí me parece bastante bueno. El final me ha gustado.

Eloraket dijo...

Juan, creo que tienes razon. Lo retocare.
Laura, seguire tu consejo de acortarlo algo en las descripciones.
Gracias

Pedro dijo...

Buena trama, buen desenlace, estupenda imaginación la de Juan.

Anónimo dijo...

¡Hola Juan Manuel!
A mi me ha encantado tu trabajo.
Cuando lo estab aleyendo al principio, me parecía demasiado explicativo, un poco lento e hiperrealist, pero desde que empezó a desbordarse la imaginación, y las frases fluían con naturalidad ( se nota que disfrutaste al escribirlo), me lo pasé genial.
Gran imaginación, cierto, y bun estupendo ritmo.
En fin, que me ha gustado un montonazo.
Isabel Caballero