Carta de despido



Era una fría y oscura noche de invierno, en el exterior de la iglesia del padre Juan la nieve alcanzaba ya el medio metro. En el interior la paz y el calor invitaban al recogimiento espiritual de los allí presentes que no eran muchos ya que el puente de cuatro días era más atrayente que una tarde de oración, además Dios siempre está ahí durante todo el año y los puentes son pocos y hay que aprovecharlos.

Enriqueta, una de las más fervientes fieles y la única que se encontraba allí vio entrar al hombre de abultado abrigo y aunque la curiosidad le podía bajó la cabeza para continuar con sus rezos. Dios vigila –pensó.
El hombre avanzó hasta el primer banco donde se encontraba el padre Juan y se santiguo antes de sentarse a su lado.
El padre le miró de reojo y siguió con sus rezos. No había nada anormal en los rasgos del hombre.

Cuando el padre Juan terminó con los rezos, se santiguo, se levantó y se dirigió al altar.

Sacó el cáliz con las ostias sagradas y se colocó al inicio de las escaleras que conducían al lugar más sagrado de la iglesia.
Enriqueta que conocía de sobra todos los rituales litúrgicos se dirigió hacia el altar reflejando una profunda penitencia. Se persigno varias veces antes de abandonar la iglesia con paso acelerado ya que tenía que irse para hacer una tortilla a su hijo Ricardo que trabaja de vigilante nocturno.

- El cuerpo de Cristo- Dijo el Padre Juan, mientras introducía la ostia en la boca de Enriqueta que se arrodilló, se persignó y se dirigió hacia la puerta de salida mirando el reloj.
- ¿Tomaréis la comunión? Preguntó el padre Juan al hombre.
- No, aún no, pues todavía no soy digno de ella.
-¿Queréis alguna cosa? El padre guardó el cáliz en el interior.
- Sólo he venido a traeros un mensaje- dijo el hombre.
- Pues usted dirá- Terminó con el ritual y se acercó al hombre de la gabardina.
- Es un mensaje muy personal, tendría que decíroslo bajo secreto de confesión.

El padre Juan se extraño de que un mensaje se diera bajo el secreto de confesión, ni que fuese por correo certificado, pensó.

- Como usted quiera- dijo el padre mientas se colgaba la estola y rezaba una pequeña oración.

Ambos se dirigieron al confesionario, el padre entró en el interior y el hombre se arrodilló al lado.

- Ave maría purísima- dijo el Padre Juan.
- Sin pecado concedido- Respondió.
- A ver hijo mío, dime cuáles son tus pecados.
- Como ya le he dicho padre, yo solo traigo un mensaje- La voz del hombre sonó tranquila y pausada.
- Pues tú dirás hijo.

El hombre comenzó a transmitir el mensaje que portaba y el padre Juan dentro de aquel recinto quedó estupefacto, aquel hombre le estaba recordando pecados que había cometido y que hasta ese momento ha había vuelto a recordar.

El padre Juan escuchó hasta el final, teniendo miedo incluso a interrumpir a aquel hombre que sabía tanto sobre su vida.

- Y por lo tanto ya no sois merecedor del cargo que hasta ahora habéis tenido y por lo tanto estáis despedido y vuestra alma ira con la de los pecadores a pudrirse en los infiernos hasta el fin de los tiempos, dijo el hombre sin alterar su ritmo tranquilo y pausado.

El padre Juan salió del confesionario alterado y avergonzado por lo que había tenido que oír.

- Abandonad ahora mismo mi iglesia o llamaré a la policía. La rabia se hizo patente en el rostro del cura.
- Ya no es vuestra iglesia, nunca lo ha sido, dijo el hombre mientras el cura le agarraba por el brazo.
- ¿Quién eres tú para decir si esta es o no mi iglesia?

El hombre paró en seco y miró a los ojos del padre Juan buscando su alma pecadora y cuando la encontró dijo:

- Yo soy la PALABRA DE DIOS.

El padre Juan soltó el brazo de aquel hombre pues la Verdad le invadió, la verdad de que Dios existe y en aquel momento lo supo. Se quedó mirando fijamente como aquel hombre abandonaba la iglesia y cuando la puerta se cerró tras él, delante se abrieron las del infierno y hacia ellas se dirigió arrastrado por su alma pecadora.

Juan Manuel (c) 2009

4 comentarios:

Roberto dijo...

Me gusta aunque es un poco sui-generis.

Anónimo dijo...

Un loco supongo. No está mal-.

Aurum dijo...

No me ha gustado nada. Me parece una parida neocatolia que no tiene ningun sentido y que solo juega con el favor de otros que también tendran fe, porque desde luego como relato es bastante mediocre.

Jorge dijo...

La verdad es que no le encuentro mucho sentido. Parece el sermón de un fanático de una secta.