La cajita de metal

Me gustaba correr entre los árboles pero ahora que soy mayor me conformo con pasear cerca de ellos por los caminos asfaltados del parque. Mi cuerpo ya mayor no está en consonancia con mi mente. Busco asiento en unos de los bancos que están situados en los laterales del camino, pues mis piernas ya no son lo que eran. A esta altura de la vida mis recuerdos afloran para compensar la falta de experiencias nuevas. Uno de los que me invaden constantemente es el que marco mi vida de pequeño y ha estado presente a lo largo de toda mi vida.
En la terraza de un amigo mío llamado Antonio existía un bosque, era de su abuelo y lo tenía sembrado en una enorme maceta que originariamente era de un color marrón muy feo. Un día Antonio y los guardianes de la colina de la rata lo pintamos de múltiples colores, así era como nos llamábamos de pequeños un grupo de amigos que nos juntábamos por las mañanas en un descampado que había cerca de nuestras casas. Lo formábamos Lucía, Carlos, Antonio y yo.
Al abuelo de Antonio le gusto tanto la nueva maceta que a cambio de nuestro trabajo nos enseño el bosque. Desde aquel día nada en nuestras vidas volvió a ser igual.
Nos encantaban las voces misteriosas que escuchábamos cuando jugábamos en aquel bosque y cuando descubríamos sus secretos como si fuéramos unos aventureros contratados para investigar en sus profundidades.
Aun recuerdo el sonido de las campanillas del claro de la Malvaloca, nombre que le dimos a uno de los espíritus que allí habitaba, era demasiado bella, Carlos la definía como una estrella que había caído en la noche de San Juan en el interior de aquel bosque que estaba situado en la terraza de un barrio de la ciudad.
Los sueños se hacían realidad en aquel bosque que íbamos a visitar los sábados por la mañana, esperábamos que pasase la semana lo más rápido posible para jugar en aquel mágico lugar.
Cuando nos quedábamos a dormir en la casa de Antonio nos levantábamos temprano y veíamos como los árboles despertaban y como los duendes nos mostraban sus ojos de cristal cuando los sorprendíamos durmiendo, yo me llevaba muy bien con Puy, era tuerto y su pelo como hierba fresca que olía a tierra recién mojada.
Un día encontramos un tesoro mientras perseguíamos a un duende travieso que se dedicaba a dar besos a las ninfas. Un día le robó uno a Lucía y nos adentramos en el bosque para poder recuperarlo. Aunque no conseguimos recuperar aquel beso robado, encontramos el corazón del bosque que rebosaba magia cerca de un bello riachuelo, pasamos una estupenda tarde bañándonos en el. Hoy mirando aquel día desde la distancia creo que cada rincón de nuestro ser quedó impregnado de aquella magia y desde entonces aquel niño que allí se baño se quedó en mi interior acompañándome en estos días grises del invierno de mi vida. Volvimos varias veces a aquel riachuelo y nos lo pasábamos en grande.
Algunos días los tambores resonaban en el bosque y los árboles entonaban una melodía para que todas las criaturas del bosque bailaran La música aun la recuerdo pero me ha sido imposible reproducirla ya que no se parecía a nada de lo que he escuchado pero aun hoy sigue resonando en el interior de mi alma y no en mi mente. Bailábamos rebosando felicidad que según nos explicó el abuelo de Antonio es lo que se necesitaba para regar aquel bosque mágico durante la noche.
En el bosque encontrábamos todo lo que soñábamos. Cuando estábamos allí bebíamos miel y comíamos bayas que sabían como las gominolas que vendía Pedro en los frutos secos de la calle de arriba.
Ahora lo recuerdo como nuestro particular Edén.
Hace varios años que no he vuelto a ver aquel bosque ni a ninguno de los que formábamos aquel variopinto grupo, hicimos una especie de pacto días después de que el abuelo de Antonio falleciese y nos compramos en los chinos de la esquina unas cajitas de metal, los ancianos de nuestro barrio las utilizaban para guardar sus pastillas para la tensión y demás achaques como hacemos ahora los de mi edad. Si les preguntabas estaban dispuestos a contarte lo que nosotros llamábamos sus batallitas.
Mi abuelo tenía una de color verde en la que guardaba sus Juanolas que a mí y a mis amigos nos ofrecía cuando jugábamos en el parque al futbol. Aun hoy recuerdo su sabor amargo a regaliz y aunque las he comprado alguna vez no me saben igual que las que nos daba mi abuelo, quizás era por la cajita o por que como él decía eran otros tiempos.
El pacto consistía en llevarnos un poco de aquel bosque dentro de la cajita para recordarnos aquel fantástico lugar y que seguiríamos siendo amigos. Guardamos el sol y la luna en su interior, su aroma, el murmullo de sus cascadas, sus colinas, metimos en su interior un trozo del corazón de aquel bosque.
La casa de Antonio la vendieron poco tiempo después y la maceta donde se encontraba aquel bosque que su abuelo nos había enseñado un día desapareció.
Me case con Lucía y hasta el final de sus días recordábamos con nostalgia aquellos días en los que éramos unos niños. Ella había perdido su cajita de metal en una mudanza. A veces cuando la encontraba triste habríamos mi cajita y la felicidad se volvía dibujar en su rostro mientras con su mano derecha se tocaba la mejilla en la que un día un duende le había besado.
Carlos también había perdido su cajita poco tiempo después que Lucía ya que temiendo que su padre la describiese la enterró en el descampado. Un lunes después de regresar del colegio descubrimos que el descampado estaba vallado y varias excavadoras estaban levantando el terreno. Aunque en aquel momento el no le dio importancia pues siempre se mostraba como el duro del grupo se que interiormente lloró aquella perdida. Murió cuando tenía 40 años de un infarto.
De Antonio nunca volví a saber nada.
Dicen que solo sueñas cuando duermes pero nosotros también lo hacíamos en aquel bosque y para mí el recuerdo de ese bosque vivirá eternamente en mí.
Saco la cajita de mi bolsillo y la abro. Pongo los cinco sentidos en alerta para qué nada se me escape. Me faltan palabras para describirlo, pero las lágrimas de mis ojos hablan por mí.
Un fuerte dolor golpea mi interior y la vista se me nubla. Mi mano cae y la cajita se desprende de ella.
Cuando se me pasa abro los ojos y me dispongo a recoger la cajita de metal. No salgo de mi asombro cuando veo el ojo de cristal de Puy observándome y regalándome una bella sonrisa. Su pequeña mano me entrega la cajita y la otra me señala los árboles del parque. El asombro es mayor cuando veo medio escondidos entre los árboles a Antonio a Carlos y sobre todo a mi amada Lucía que me llama con la mano.
Cruzo corriendo el trozo de asfalto que separa el banco de los árboles y me fundo en un abrazo con mis amigos. Carlos y Antonio corren entre los árboles hacia el interior jugando con Puy al tú la llevas.
Miro a Lucía a los ojos y veo felicidad en ellos. Me acerco a ella le enseño la cajita, ella la abre y vierte su contenido en el suelo. Yo la beso en la mejilla, cojo su mano y tiro de ella corriendo hacia el interior.

Juan Manuel (c) 2009

3 comentarios:

Sonia V. dijo...

Muy emotivo.

Jaime dijo...

Me ha recordado a mi infancia. Muy bueno

elismen dijo...

estoy de acuerdo con sonia, muy emotivo.Exquisito el tema que has tratado.