Perro aristocrático


A la puerta de casa llegó siendo muy joven. Nunca había imaginado que un perro pudiese ser aristocrático y también maricón. Pero maricón con clase. Nos ganó a toda la familia y se enemistó con el resto del barrio. Todo lo que no le oliera a la familia era objeto de sus mordidas y acudían los vecinos con premeditación y planificación a zurrarle cada noche, saliendo airoso de tales enbestidas. Era un perro de porte mediana, de cuerpo fibroso, de maneras elegantes. Era fino hasta el punto de que nunca se le vio cagar, tampoco nunca supimos donde iba a mear, ya estuviera días encerrado.

No tenía normas ni ataduras, Trosqui –que era como le pusimos- era un aristocrático de buenas formas pero bohemio, nunca pudimos controlarlo, burlaba cualquier cadena o correa que le poníamos, su cuello era más ancho que su pequeña y maquiavélica cabeza, por lo que ninguna atadura de perro convencional se le resistía. Era tan exquisito que jamás le vimos comer, comía –imaginamos- únicamente cuando se quedaba solo. Era tan celoso de su independencia que saltaba hasta dos pisos de altura en busca de su libertad. Nos trajo muchos problemas con la vecindad y con los perros de la vecindad. El nunca discutía con ninguno, todos venían a discutir con él, no era un perro de palabras, en silencio pasaba a la acción.

Nunca lo escuchamos ladrar. Tuvimos que colocarle un bozal, pues en varias ocasiones pasamos por el juzgado, aunque el perro vivía casi siempre en la puerta de casa, los vecinos daban por echo que era nuestro, no sabían que el no tenía dueños. No importó el bozal, se enfrentaba a todos, sin importarle el tamaño. Nunca retrocedía. Y no era porque no supiera quitarse el bozal, pero peleaba con el puesto creo que para hacernos el gusto y tenernos contentos, pues se lo quitaba cuando quería, no importaba todos los artilugios que ideamos (candados, sogas, alambres…) para mantenérselo puesto. Trosqui desaparecía de casa y de la calle cada cierto tiempo y volvía al cabo de las semanas flaco y lleno de heridas, se iba de aventuras, nosotros decíamos que se iba de putas, pero un día descubrimos que era maricón, al perro que no mordía se lo follaba. Un día desapareció y no ha vuelto.

Francisco Concepción (c) 2009

8 comentarios:

Mariano dijo...

Joder si hasta los perros salen del armario.

lismen dijo...

curioso relato. ¿Perro y maaricon? eso lo hay en todas las empresas, un saludito FRacisco excelente.

LA ESFERA CULTURAL dijo...

Un texto que pretende ensalzar la estirpe de los perros, su personalidad y hacernos reír un poco...

Marisol Roca Fuentes dijo...

Me ha gustado su relato señor Francisco y ademas de la forma en la que ha tratado el concepto de la homosexualidad con un perro.

Max dijo...

Me ha sacado un par de carcajadas; ¡dichoso perro!

LAURA dijo...

No soy partidaria de tener perros en las casas pero a Trosqui no me importaría adoptarlo.
Muy buen relato. ¡Enhorabuena!

hector dijo...

ME ENTRETUVO. PALABRA. UN RELATO INTERESANTE Y JOCOSO

DeGozel dijo...

Hola Francisco, somos una nueva revista literaria llamada "De Gozel" y leyendo este excelente relato creo que encajaría a la perfección en el nº1 de la revista en papel.
Si eres tan amable de colaborar con nosotros, se pondría tu nombre como autor del escrito y el enlace a tu blog acompañando al texto
He aquí la dirección de la revista online: http://degozel.blogspot.com/

Gracias por la atención prestada.
Un cordial saludo.

Atentamente, el equipo De Gozel.