Humano demasiado humano


Pero lo que una y otra vez necesitaba más perentoriamente para mi curación y mi restablecimiento era la creencia de que no era el único en ser de este modo...


Nietzsche

Después de la Tercera Guerra Mundial, las Casas Madres tomaron el control de los planetas colonizados del Mundo Exterior, relegando el poder de los Gobiernos a un segundo plano. La robotización —que tanto auxilio prestó a los americanos durante el conflicto— cobró una importancia inconcebible: los fondos económicos de las grandes Corporaciones se destinaron a la investigación de nuevos prototipos de combate. Evidentemente, dado el éxito de la nueva oleada de cibernados, unido al deseo de los científicos por actuar como si fueran Dios, éstos no tardaron en ser producidos en masa en las mismas empresas que antaño se dedicaban a venderlos al ejército. Lo que nadie imaginó, fue que las máquinas adquirían conciencia propia y se rebelarían contra sus creadores. Una oleada de terroristas, crueles y sanguinarios, perfectamente organizados y provistos del mejor armamento creado hasta las fecha, sembraron una estela de muerte y destrucción en todos los países de la Tierra.


Aterrorizados, al comprender que habían abierto la Caja de Pandora, los presidentes de las Casas Madres crearon unidades de élite entrenadas para eliminar a los seres que habían arrojado al mundo: los Agentes Ejecutores. Hombres y mujeres de cualquier nacionalidad fueron enrolados y posteriormente entrenados bajo los auspicios de militares veteranos de todas las guerras conocidas. Los Agentes Ejecutores trabajarían al margen de la ley, tendrían jurisdicción absoluta en todas las naciones conocidas, y podrían utilizar los métodos que fueran necesarios para llevar a buen puerto las operaciones que les habían sido asignadas. En un universo carente de humanidad, destruido por la lluvia ácida y la contaminación industrial, las soluciones extremas eran la única posibilidad viable para restaurar la armonía. El ser humano aceptó erradicar el caos a cualquier precio, independientemente de las consecuencias; el fin siempre había justificado los medios.


En mi caso, sólo soy un simple soldado —un teniente de la Orden de los Centinelas que trabaja para la Corporación Schneider— instruido para obedecer a sus superiores. Aunque mi profesión me dé asco, no que queda más remedio que cumplir las órdenes a rajatabla. De no hacerlo, no dudarían en sancionarme y someterme a un Consejo de Guerra; una suerte que no pienso correr si puedo evitarlo. Para bien o para mal, no puedo cambiar el mundo que me rodea, menos aún influenciar a mis compañeros o superiores con mis puntos de vista. El presente es una cloaca, un lugar lleno de malos presagios que apenas puedo soportar, quizá por ello no logro alcanzar la paz de espíritu que tanto necesito.


Mi destino quedó sentenciado desde mi primera operación cibernética, no hubo marcha atrás el día que los neurocirujanos reemplazaron las partes dañadas de mi anatomía por implantes mecánicos. A raíz de aquello, me transformé en un asesino frío y despiadado capaz de realizar las peores atrocidades; nunca logré controlar la insensibilidad de los injertos. Por ello consumo anfetaminas, gracias a ellas consigo sentir alguna emoción, escapar de los bordes helados que representan los órganos artificiales que me aproximan a la hibridación definitiva. ¿Qué puedo hacer para evitar el inaceptable futuro que se dibuja en el horizonte? Las misiones de exterminio son cada vez peores, me enfrento a los enemigos más sofisticados que cualquier militar podría temer; cibernados con capacidades físicas e intelectuales que rayan lo sobrehumano.


A veces, al ser consciente del destino que me espera, deseo empuñar un arma y suicidarme; terminar con una vida que dejó de tener sentido hace tantas décadas. Morir siempre me ha traído sin cuidado, es un riesgo con el que convivo a diario, forma parte de mi personalidad desde que tengo memoria. El problema fundamental, desde mi punto de vista, es que mis superiores no tardarían en reconstruir lo que quedara de mi anatomía. Desgraciadamente, soy más máquina que humano; un pobre consuelo que me mantiene atado a las cenizas del pasado con una fuerza devoradora. Lloro, sumido en una amargura antinatural, enervado por el efecto de los estimulantes que acabo de consumir: sé que lo he perdido todo…

Dorian Stark


(C) 2009 Alexis Brito

6 comentarios:

R.E dijo...

Otro excelente relato de Alexis Brito, esta vez de ciencia ficción.

caxitos dijo...

Muy bueno!

Luis dijo...

Al más puro estilo Blade Runner.

pimentell dijo...

No esta mal pero, deberias usar mas los sinonimos de las palabras mas sencillas que usas en el texto escrito y quedaria mas futurista.Me ha gustado y sigue asi un saludo.

Max dijo...

Casi una reflexión hacia un futuro terroríficamente decadente, me ha gustado. ;)

hector dijo...

ROBÓTICAMENTE HUMANO. UN ESTILO DIRECTO Y CLARO. ME INVITÓ A MIRAR HACIA UN FUTURO QUE SE HACE MÁS CERCANO CADA DÍA