Factotum


La diferencia entre una democracia y una dictadura consiste en que en la democracia puedes votar antes de obedecer las órdenes.

Charles Bukowski



Mal asunto…

Es la primera frase que me viene a la cabeza cuando reviso por segunda o tercera vez, con ojos de halcón, las bases del concurso: la cosa pinta fatal. Lo primero que me pone los pelos de punta es la página web dónde he visto la noticia: rechazó uno de mis mejores relatos, alegando que “no encaja en nuestros criterios de selección”. Lo segundo: las historias publicadas este mes tratan sobre la clase de ciencia ficción inspirada en Isaac Asimov o Ray Bradbury que tanto detesto: científicos, naves espaciales e imperios alienígenas; aburridas, poco originales y nada novedosas, el mismo rollo de siempre. Lo tercero: Ballard acaba de sacar un libro a la calle y aún no me lo he comprado (tengo toda su obra publicada en España) por la sencilla razón de que los tres últimos que he leído me parecen exactamente iguales; odio a los escritores que se repiten, es algo que nunca he soportado. Lo cuarto: me salto toda la parafernalia de la historia del certamen, de los presidentes que llevaron la mesa, del lugar donde se celebra la entrega de premios, las anteriores ediciones y el número de ventas de los antiguos ganadores; datos innecesarios que no me importan en absoluto. Lo quinto: los relatos deben ser originales (como siempre), no haber sido premiados en ningún concurso ni estar pendientes de resolución (lo típico), tener entre 10.000 y 20.000 palabras (demasiado largos para mi gusto), legibles (mandar cuentos escritos en tablillas de piedra como en el neolítico está descartado), nada de cuentos breves si no están unidos por una temática común (supongo que lo dirán para que nadie envíe todas las historias que jamás logró publicar), encuadernados o cosidos, doble espacio (para que el jurado no tenga que esforzar la vista) y por correo normal (mínimo cincuenta o sesenta euros en gastos).

Mal asunto…

Indiferente, muevo el ratón y continuo leyendo el resto de la página: seudónimo (para que nadie pueda decir que el certamen está amañado), datos personales en sobre aparte: nombre, apellidos, número de documento nacional de identidad, dirección, teléfono, correo electrónico, Currículum Vitae y estado civil (sólo falta una muestra de sangre y de orina). Primer Premio: 3.000 euros. Segundo Premio: 1.500 euros (aunque si el jurado lo considera oportuno puede declararse desierto). Fallo del jurado: inapelable. Entrega de premios: dentro de seis meses. En el caso de editar una antología, los autores no premiados ceden sus historias, no recibirán ningún tipo de remuneración económica (la pasta se la llevará la editorial que publique el libro). Enciendo un pitillo y esbozo una sonrisa sarcástica delante de la pantalla: a la gente le encanta tener las espaldas cubiertas. La última cláusula está a punto de arrancarme una carcajada burlona de los labios: “Los trabajos no premiados no podrán ser retirados por los autores, en un plazo de 30 días a partir de la entrega de premios, serán destruidos”.

Mal asunto…

Relajándome, me inclino hacia atrás en la silla, apuro el pitillo con dos caladas perezosas y reviso por cuarta o quinta vez las cláusulas. ¿Es una buena idea participar? De inmediato, abro una ventana anexa y busco información sobre los vencedores de certámenes anteriores en Google. Curiosamente, reconozco dos o tres nombres, todos habían publicado en papel antes de ganar el concurso, parece que el jurado tiene buen ojo para elegir a sus peones. Sopeso los pros y los contras: escribir la historia, revisarla, imprimirla, enviarla por correo, esperar la respuesta… Tengo un problema, el peor del mundillo literario, tan grave como una enfermedad infecciosa a la hora de practicar el sexo: soy escritor novel. Por amarga experiencia, luego de haber sido rechazado por más de cincuenta editoriales de todo el planeta, sé que ningún editor se arriesgará a publicar una obra, por buena que sea, si los índices de ventas no son favorables: los negocios son los negocios. Visto lo visto, participar en el concurso será una pérdida de tiempo y de dinero, ganará algún enchufado como de costumbre, perderé una pasta que podría utilizar de manera más positiva: irme de copas sería la opción ideal. Apago el Marlboro en el cenicero y fantaseo con escribir una historia convencional, algo mediocre y patético, sobre la humanidad dentro de cinco mil años en el espacio exterior, una Space Opera tipo Star Trek que tanto gusta a los editores. La idea recorre mi mente de un lado a otro: un hombre, utópico, inteligente y limpio hasta más no poder, como el capitán Kirk o Luke Skywalker, debe combatir por la salvación del universo conocido contra una raza malvada, poco atractiva y de apariencia insectizoide, que planea aniquilar a la raza humana, especie que ha invadido su territorio, aniquilado a sus habitantes, creado campos de concentración y cámaras de exterminio, impulsada por fuertes motivos económicos: la vida misma desde que el hombre puso los pies en la faz de la Tierra.

Mal asunto…

Evidentemente, aunque la historia no cese de tener cierto atractivo, sé que jamás me rebajaría a escribir algo tan vomitivo. Como persona y como novelista, tengo unos principios personales y estéticos, imposibles de romper, que se resumen en cuatro puntos:

1º-No ser comercial.
2º-Llevar la contraria a las modas.
3º-Intentar superarme cada vez que escribo algo.
4º-Ser lo más auténtico que pueda.

Por último, decido pasar del concurso y dejarlo para gente más cualificada: me temo que un relato mío encajaría en el certamen tanto como Patrick Bateman en un comedor de beneficencia. Reviso lo que he escrito y lanzo una carcajada. Sé que es una locura y que poca gente se atrevería a publicarlo: nadie puede decir que no intento ser original. He disfrutado mucho escribiendo esta historia. En eso consiste ser novelista… ¿Entiendes lo que quiero decir?

Alexis Brito (c) 2008

5 comentarios:

Héctor Walter dijo...

Real como la vida misma. A los escritores (aunque sean aficionados como yo) nos lo ponen bien difícil.
Héctor

Anónimo dijo...

He leído varios de tus relatos. ¿Podrías escribir alguna historia de ciencia ficción en esta web?

La Preguntona dijo...

Me ha gustado, lo cual no te hará ganar ningún concurso y por desgracia no soy editora. Tampoco sabes cuales son mis criterios literarios, ni siquiera si los tengo, pero.. Me gustó.
Saludos

Anónimo dijo...

que no te gusta Ray Bradbury???!!!!!....lo siento, solo he leido hasta ahi....lo siento pero cronicas marcianas es mi libro favorito...aburridas, poco originales y nada novedosas????...que raro lo que dices...has leido algo de él??? has leido el prologo de Borges???..cuando habla de la tercera expedicion???No te gusta el terror??? qué raro eres, no sé cómo, entonces, aguantas vivir en un mundo como éste....
saludos...y lee*
nikita garcia*

Álex dijo...

Antes que nada, gracias a todos por los comentarios, críticas y sugerencias. Me alegro que os haya gustado el cuento.

¿Quién ha dicho que no me gusta Bradbury? ¡Fahrenheith 451 es una obra maestra del género! Lo que no soporto son los relatos inspirados en la Space Opera que suelen ganar los concursos; pálidas copias de los grandes maestros. Intenta publicar un libro con influencias cyberpunk en España... y sabrás de lo que estoy hablando. Parece que, en pleno Siglo XXI, los editores desconocen que hay vida después de la "Edad Dorada" de los años 50.

PD: Y, efectivamente, soy muy raro: me gusta escribir y tengo inquietudes literarias. Si Montag pasara por mi casa me quemaría junto a mis libros. :-D

Un abrazo