Aquí en la playa.


Aquí en la playa, mirando el mar, escuchando las olas romper bruscamente contra las rocas. El viento gélido enrojeciendo mis mejillas, la lluvia mojando mi cara, sentada en la arena, pensando… cierro los ojos…

Ya es diciembre, las calles engalanadas como cada año, la gente comprando, riendo, soñando; la ciudad se convierte en un festival de color y música, todo es risa y alegría.

Sigo en la playa, aquí todo es calma, paz, no hay adornos, ni villancicos, ni prisas; tan sólo el sonido incesante de la marea. Sólo aquí consigo alcanzar el limbo, sólo en esto puedo creer, en el mar, esa es mi religión, ese es mi Dios, EL MAR. El único que no me falla, que siempre está ahí, tendiéndome la mano, demostrándome que su interior está lleno de vida, y que puedo tener fe en él. Consigue por un instante hacerme volar; volar como las gaviotas vuelan sobre él.

Respiro hondo, el mar me ofrece su aroma, aroma contundente y rotundo; aroma que actúa como bálsamo para mi cuerpo acostumbrado al estrés, a las prisas. Aroma que consigue por un instante hacer que me olvide de todo.

Es hora de despedirse, hora de volver a la realidad. Cojo mi bicicleta, pedaleo, pedaleo sin parar, prefiero no decirle adiós, sólo hasta mañana.

Mientras me alejo observo a la gente, ensimismada con sus compras, sus bolsas, sus regalos, y sonrío, sonrío porque soy afortunada, sonrío porque sólo el y yo conocemos la paz, la fe, la fidelidad mutua. Sólo él y yo disfrutamos de verdad la navidad.

Nereita (c) 2008

2 comentarios:

Ignacio dijo...

Un sentimiento que comprendemos bien los que vivimos cerca del mar.

Jorgito dijo...

Un bello relato de una bella muchacha.