Dios os odia a todos


Esta mañana, después de levantarme, he abierto el buzón de mi correo y descubierto el enésimo rechazo editorial del año:

Estimado Sr. Dick:

No queremos hacerle perder el tiempo. Su novela no es de nuestro interés. Pruebe con otras editoriales.

Irritado, rompo la carta y enciendo un cigarrillo: el humo del Marlboro recorre mis pulmones como una zarpa angustiosa. Durante unos segundos, me maldigo a mí mismo por haberlo intentado, por depositar mis esperanzas en manos ajenas, hasta que me canso de este lamentable ejercicio de autocompasión; tampoco esperaba otra cosa.

La historia es la de siempre: escribí un libro de ciencia ficción, de marcados tintes autobiográficos, hace siete u ocho años. Evidentemente, puse toda la carne en el asador y me entregué al cien por cien. Me costó tres meses terminar trescientas páginas, apenas dormí durante aquella época, y cuando me levantaba, tenía las marcas del teclado sobre el rostro. Como de costumbre, pensé que aunque la obra no fuera comercial, ni estuviera basada en los clásicos del género como Isaac Asimov o Ray Bradbury, tarde o temprano, algún editor terminaría valorando la historia. Creo que no es necesario decir que me equivoqué.

Desde 1950 he enviado la novela a todas las editoriales habidas y por haber con resultados nulos. La he revisado unas treinta o cuarenta veces para pulir sus imperfecciones, pero mis esfuerzos no han servido de nada. Mi problema, el fundamental desde mi punto de vista, es que soy un escritor novel; nadie se arriesgará a sacar un libro, por bueno que sea, sin tener como referencia un nivel de ventas exitoso.

Las editoriales americanas se dividen en dos mundos: están las de toda la vida, poderosas e intocables, que sólo editan a autores que sean un valor seguro en el mercado. Intentar publicar con ellas es una pérdida de tiempo, rechazan tu libro con la vieja excusa de siempre: “Su novela no encaja en nuestros criterios de selección”. Después están las editoriales alternativas, que al tener un presupuesto limitado, sólo editan a colegas, o pretenden cobrarte 1.000 o 2.000 dólares por imprimir doscientos o trescientos ejemplares. Huelga decir que el autor costea todos los gastos —corrección, revisión, maquetación, diseño de cubierta y distribución— de su propio bolsillo. Nota: la semana pasada una me respondió alegando que tenían el planning de publicación cubierto hasta… ¡1960!
El oficio de escritor es uno de los más miserables e infames del mundo. Tienes que lidiar con toda clase de idiotas que creen que estás chiflado porque tienes sueños que se salen de lo común. Por norma, nadie valora ni se molesta en echar una ojeada a lo que escribes, familiares y amigos incluidos, con el pretexto de que les falta tiempo. He llegado a pegarme tres o cuatro semanas escribiendo un relato con la intención de publicarlo en una revista, para descubrir que, aparte de que ha sido rechazado, se pudrirá en algún cajón de mi casa. Un pobre incentivo para seguir adelante, ¿no crees?

Ahora mismo, en el año 1952, después de haber vendido mi primer cuento corto, estoy exactamente en el mismo punto que cuando empecé a escribir en la Universidad de Berkeley. Por mucho que intente mejorar, por mucho que intente dar lo mejor de mí mismo, por muchas energías y horas que dedique a mis historias, continúo siendo un cero a la izquierda. Siento que he desperdiciado mi vida y que tenía que haberlo dejado hace mucho tiempo. Puede que si hubiera aceptado una existencia gris y rutinaria, marcada por un trabajo sórdido y mal pagado, siguiendo los dictados de la masa, no me encontraría oscilando en la cuerda floja.

Prendo el segundo pitillo del día y lanzo una bocanada azulada hacia el techo. La sensación de derrota es avasalladora, inunda mi alma como un torrente cromo viscoso, haciéndome encajar las mandíbulas. ¿Por qué me molesto en pasar por todo esto? Vencido por un odio incandescente, agarro el libro rechazado y lo parto por la mitad. ¡Tenía que haberlo hecho hacía siglos! Temblando, con los hombros tensos, estrujo el Marlboro, convirtiéndolo en un arrugado montón de tabaco y cenizas. Evidentemente, no lamento mi acto: cuando termino una novela la detesto con toda mi alma.
De inmediato, me incorporo de la silla, abro un cajón de escritorio, saco un puñado de cuadernos donde he tomado la mayoría de mis notas y los destrozo, página por página, llenando el salón de pedazos de papel. La ofuscación se convierte en un puño metálico, abrasador, que amenaza con consumirme. El acto resulta una liberación y la vez una condena: me pegué tres meses, escribiendo hasta las tantas de la mañana, después de salir de mi trabajo de vendedor de discos, una obra que nadie leerá jamás. Cuando termino, rememoro la génesis de la novela que acabo de aniquilar, los dolorosos motivos que me impulsaron a escribirla, las horas desperdiciadas delante de la máquina de escribir… ¿Cómo diablos he podido ser tan estúpido? Durante años he estado persiguiendo una ilusión, rompiéndome la cabeza por una nadería, intentado escapar de una vida que aborrezco, en un lugar que me resulta insoportable. Angustiado, de rodillas en el suelo, circundado por mis propias palabras, el llanto amargo se niega a aparecer. Aunque lo intente, sollozar es un concepto abstracto, irreal, que sé que no hará acto de presencia. He sido incapaz de derramar una lágrima desde 1943.

Cuando me recupero, regreso a la mesa a trompicones, a punto de vomitar la escasa comida que llevo en el vientre. La máquina de escribir da vueltas ante mis ojos, insidiosamente, recordándome lo mucho que me desprecio. El deseo de cometer una locura, de drogarme o de cortarme con una hoja afilada, inunda mi mente con sus tenebrosos pliegues. Años atrás, durante mi patética adolescencia, solía ponerme ciego de anfetas o de cocaína cuando pasaba por aquellas crisis. Con un esfuerzo supremo de voluntad, reprimo mis impulsos y enciendo otro cigarrillo. El tacto del Marlboro es el más simple de todos los consuelos. Me prometí que nunca volvería a actuar de aquella manera. Sin desearlo, me cuestiono si Robert A. Heinlein o Alfred Bester hubieran reaccionado de forma parecida con sus historias. A pesar de mi penoso estado, la respuesta es automática: jamás.

La oscuridad cobra forma y cubre mi alma con su manto, proporcionándome una sombría fatalidad; la misma que he adjudicado a mis personajes en innumerables veces. Observo mis facciones reflejadas sobre el cristal del cuadro que cuelga sobre la mesa: pómulos marcados, boca apretada en una línea, mirada gélida e impersonal… Odio experimentar estas sensaciones, nunca he podido resistirlas, ni es fácil tener que enfrentarme a mi lado oscuro... a diario.

Entonces tomo una decisión: he terminado con la escritura. No pienso volver a narrar una historia en mi vida, ni a leer un maldito libro en mucho tiempo. Necesito plantearme las cosas desde el principio, dejar de ser un soñador y regresar a la Tierra. Se acabó la ciencia ficción. Aceptaré que soy un fracasado, viviré una existencia mediocre, sin ambiciones ni ideales con los que continuar despierto, y seré uno más del rebaño.
Dios os odia a todos… y yo también.

Alex Brito (c) 2008

4 comentarios:

Pedro dijo...

Excelente relato largo que se hace corto una vez leído. Enhorabuena

Pimentell dijo...

Me ha parecido un relato estupendo, lleno de ganas de triunfo y a la vez triste por los tiburones que estan al acecho para poner trabas a relatos tan perfectos que ni ellos son capaces de entenderlos.

Anónimo dijo...

Un relato de una calidad extraordinaria. Me pongo en la piel del pobre hombre ya que a mi también me gusta escribir, aunque solamente sea un hobby.

Luis - Sevilla

Belén Manrique dijo...

hola felicitaciones muy buen relato