Mala suerte



Se escurrió entre dos hojas para hacer un último intento de fuga abriendo un nuevo agujero en la tierra, un túnel directo a la salvación. Pero los dedos de Sultz fueron esta vez más rápidos, y con un ligero movimiento en pinza, cogió al escurridizo gusano y se lo llevó a la boca. Un bocado exquisito si lo comparaba con las hojas que había digerido unas horas antes. Tres días en el bosque le habían enseñado más sobre su propia persona que los treinta años que recientemente había cumplido.
Le seguían de cerca, eso era fácil deducirlo sobre todo por las noches. Entonces se hacía más intenso el terror a ser capturado, cuando veía a lo lejos las linternas de los guardias.
Sultz era un prisionero valioso y eso quería decir que solo sería libre cuando cruzase la frontera, que según sus cálculos debía encontrarse a menos de veinte kilómetros. Veinte infernales kilómetros...
La fuga siempre era la mejor opción, aún a riesgo de morir en el intento. ¿Y con qué contaba Sultz? Con una metralleta A-30 robada al enemigo y con una cantimplora medio vacía, que llenaba con cualquier agua que encontraba en su camino.

Masticó lentamente a su presa, que todavía se movía. Un asco indescriptible le recorría el cuerpo, magullado por incontables palizas. Cada sonido del bosque era una amenaza. Cada hoja de árbol golpeando levemente el suelo ponía sus sentidos en alerta máxima; cada animal, cada susurro del viento. Formaban parte del fantasma de una guerra que duraba ya demasiado tiempo.
Y no dejaba de caminar hasta que sus pies le forzaban a ello. Entonces se quitaba las botas y los masajeaba hasta que volvía a sentirlos. Estaba haciendo precisamente eso cuando, a unos quince metros detrás suyo, escuchó lo que le pareció la voz del mismísimo demonio.

- ¿A dónde vas...?

No había tiempo para pensar. Se giró instintivamente con el arma en la mano derecha y vació el cargador en unos segundos que se le antojaron eternos. ¡Bang, bang, bang...!
Ahora reinaba el silencio. Había quedado un bulto en el suelo. Se acercó para examinarlo.
- La madre que me...
Allí estaba, sobre un charco de sangre y acribillado a balazos, el cuerpo de una diminuta niña que vestía una curiosa caperuza roja. A su lado, una variedad de alimentos esparcidos por el suelo junto a una cesta de mimbre. Sultz alzó la mirada para ver a un lobo que se alejaba asustado con una pata levantada y visiblemente herida, girando la cabeza cada pocos segundos.
Sultz hizo un gesto de incredulidad con el rostro, recogió los alimentos y luego prosiguió su camino. La frontera ya no debía de estar muy lejos

giorgiopay (c) 2008

6 comentarios:

Ana dijo...

Curiosamente a mí me parece uno de los mejores relatos de esta web.

Jovellanos dijo...

Jaja. Muy bueno el relato. Tienes una imaginación prodigiosa.

Patricia Conde (VIGO) dijo...

Esta genial, aunque faltaba el leñador. Una vez mas caperucita muere en sus caminatas por el bosque.

Lorena@hotmail.es dijo...

El relato es machista. ¿Porque tiene que ser caperucita roja la que muera y no el preso que se escapa?. Tu mente es un poco perversa ya que haces que una niña con su cestita sea la que muera o sea el sexo femenino y no el sexo opuesto.

Jorge dijo...

También podía morir tu prima la peluda haciendo de lobo. Pero no quiso ceder los derechos de imagen. Así que tuvo que ser la pobre caperucita la mártir de la historia.

Lorena@hotmail.es dijo...

Tu comentario es un poco grosero no se que tiene que ver mi familia en esto. Hablare con el dueño de la pagina para que no te dejen postear aqui mas por maleducado.