El Olympus



“Tiene que ser así. No hay otra salida”, estos eran los únicos pensamientos que aturdían una y otra vez la cabeza de Miguel.
Rondaba los cincuenta aunque podía presumir de un físico envidiable, tenía un aspecto algo desaliñado: pelo ligeramente largo, barba de tres días, tez curtida por el sol y, a pesar de la edad, podía presumir de una apolínea musculatura. Sin embargo, la preocupación que en esos momentos invadía su rostro restaba luz a su habitual atractivo. Para mitigar su nerviosismo, fumaba sin parar y el sudor de su frente asomaba cada vez con mayor insistencia. Conducía un Mercedes del 80 un tanto destartalado herencia de su padre. En el asiento trasero llamaba la atención una mochila de cuero negro de considerables dimensiones, a la que Miguel no le quitaba el ojo.

Cuando se disponía a coger el desvío que le llevaría al puerto, decidió encender la radio para calmar su ansiedad, sin embargo, lo que oyó en la emisora acrecentó su desasosiego y la apagó al tiempo que encendía otro cigarro. Había mucho tráfico y Miguel tenía poco tiempo; debía llegar al puerto y embarcar en el Olympus que partiría a las 15.00 camino a Libia. El reloj del viejo coche marcaba las 14.50; si apuraba tendría tiempo de hacer todo según lo previsto. Dejaría el coche aparcado fuera de la zona portuaria, en un callejón que conocía, y él y su mochila partirían rumbo a África.

Miguel, de profesión marinero, había elegido el medio en el que mejor se manejaba; conocía a la perfección los entresijos y recovecos de esas inmensas máquinas. Al llegar al barco se hizo pasar por personal de mantenimiento, no le costó falsificar una acreditación y a las 14.59 ya estaba instalado en el camarote de trabajadores.
En el barco viajaban varios magnates del mundo de los negocios y de las finanzas; el motivo de su viaje era crear una comisión en la que aunarían esfuerzos y beneficios para agrandar sus ya, inmensas riquezas. Entre ellos había propietarios de importantes firmas de ropa, grandes joyeros especialistas en piedras preciosas, especuladores urbanísticos, etc. Una vez hubieran llegado a su destino indagarían sobre los productos y recursos aprovechables del país.
Miguel ya estaba listo para llevar a cabo su plan, abrió su misteriosa mochila y, con paso firme, comenzó a caminar.

Cuando llegó a la fría sala, los ojos de aquellos orondos y contundentes hombres se clavaron en el cuerpo de un tembloroso Miguel. Éste se desprendió de la única prenda que cubría su cuerpo, una delicada bata de seda negra. Al tiempo que observaban el cuerpo desnudo del extraño visitante, Miguel gritó: “¡Basta ya!, ¡No más especulación!, ¡No más muertes de animales! ¡Basta ya!”.
Una vez hubieron salido de su asombro, las carcajadas de los reunidos retumbaban en los oídos de Miguel; podía ver con claridad los colmillos de aquellos monstruosos hombres riéndose y riéndose sin parar.

(c) Nereita 2008

3 comentarios:

Anónimo dijo...

No esta mal el relato. yo me esperaba que se inmolara o algo similar e incluso al abrir la maleta sacara una automatica y empezara a tiros con todos, pero no fue asi quedo como un bufon de castillo.

tijeritas dijo...

Es maravilloso que todavia hoy en dia se vean estos relatos tan bien redactados que ilustre nuestras mentes.Muchas gracias por este aporte Nereita.

R.E dijo...

Un relato fabuloso que ciertamente nos ha dejado a todos asombrados con ese final tan inesperado (y cómico) de un hombre desnudo ante las risas de los "depredadores". Una crítica acertada del extendido modo de protestar y darse a conocer en la actualidad: desnudándose sin más...