A un buen amigo



Algunos dicen que la vida te la montas tú, pero eso no es posible sin alguien que te ayude.
Desde pequeño la vida no me sonrió, al igual que a muchos niños de mi edad. Por aquel entonces yo tendría unos doce años y era de una familia humilde, pero de buen saber. De una economía muy baja pero de una cultura bastante alta, así me lo hacía saber mi madre, que en paz descanse.

Yo me levantaba todos los días muy temprano e iba con mi mochila a cuestas para hacerle creer que iba al colegio. Pero salía muy temprano con mi amigo el “Chimpas”, así lo conocían en el barrio, ya que cuando hacíamos alguna gamberrada escapaba a chimpas; es decir, saltaba como una rana o, mejor dicho, como un canguro furioso.

Los dos íbamos a ganar nuestras pesetas en los grandes almacenes, pillando cacho en los carritos de la compra cuando la gente se descuidaba un poco, o alguna señora despistada dejaba su bolso a merced nuestra. Siempre conseguíamos suficiente para nuestros cigarritos y poder comprar esas gominolas que tanto nos gustaban. ¡Eso si que era vida!

Con el tiempo las cosas ya fueron a más. Lo de los carritos ya no llegaba para nada, al fin y al cabo solo era virutilla. Así que nos dedicamos a pegar tirones a señoras despistadas. ¡Parecía que nos pusieran el bolso a tiro para que se lo robásemos!. Un día, a mi amigo Chimpas lo trincaron en una de esas fechorías y la encerraron en un correccional para menores, para su auto- educación. Eso sí que me hace gracia porque cuando salió, al cabo de un par de años, sabía más que cuando entró, y me enseñó cosas que aún hoy en día me arrepiento de haberlas aprendido. Con catorce años ya me estaba fumando mis primeros canutos, y teniendo mis primeras borracheras, los palos a los quioscos y robos a coches. Todo iba de puta madre hasta que me trincaron en un tirón por culpa de una pobre viejita, que no soltaba el bolso ni a ostias.


Me cayeron dos años en un correccional de curas, maldita sea el día. La mayoría de esos curas solo sabían de la palabra de Dios y no de los niños de la calle que no tienen nada.
Durante los primeros meses pasé inadvertido entre todos los chicos de allí, aunque no para el padre Tobías, que ya me había echado el ojo. Padre, que es como lo llamaban todos, me hacía subir todas las mañanas a su despacho para servirle el desayuno, cosa que no me desagradaba, puesto que así podía conocer mejor las dependencias y, en consecuencia, planear un plan de fuga.
Un día el padre me hizo subir de noche a su cuarto a llevarle la cena y, como era de esperar, así lo hice. Maldita sea la hora porque, el muy canalla, me violó aquella noche. Y así sucedió durante mi estancia en aquella institución.

Cuando salí del correccional, solo tenia en mente joder a aquel cura que durante tanto tiempo me estuvo dando por el culo; mejor dicho durante toda mi estancia allí. Me volví a encontrar al Chimpas, esta vez ya no era el niño de siempre, si no que ya era un chico duro. Y me enseñó cosas que, durante mi ausencia, había perfeccionado para poder hacer mejor nuestras faenas. Yo le comenté lo que me había ocurrido y se cabreó bastante. Y como era de esperar, como buen amigo mío, me dijo estas palabras:-¡Los maricas y los judíos al infierno!, y me dio una pistola, algo que yo no sabia usar. Me enseñó a manejarla y me ofreció su ayuda para vengarme del padre Tobías.

Al cabo de unos meses después de mi salida del correccional, cuando íbamos a pegar el palo a una iglesia de las afueras de la ciudad... ¡sorpresa! Allí estaba solo ese cura malvado que me había jodido. Se lo comenté a mi amigo Chimpas. Aquel tipo era el que había abusado de mí y yo le iba a pegar un tiro por cabrón. El Chimpas dijo: -¡Déjamelo a mí! Y se dirigió a él mientras yo le apuntaba con el arma, lo postró en el suelo y con una voz potente le preguntó -¿te gustan los niños?. ¡Menuda ostia le sacudió en los morros!. Aquel desgraciado sangraba por todos lados. Le subió la toga y allí mismo se lo enculó hasta que el padre Tobías suplicó llorando: ¡Dios mío, Dios mío!

Me daba lástima y pena aquel hombre, al igual que asco, porque eso mismo me lo había hecho él a mi. Si mediar palabra me acerqué al padre Tobías y le pregunté -¿Te acuerdas de mi? Y sin decir nada más le dispare en los cojones. Pobre cabrón, se acordará de mí durante toda su vida. Después de ese día no volví a ver a mi amigo Chimpas y seguí mi vida en el barrio, con mi gente, y ganándome la vida en el centro comercial. Eso sí, con los conocimientos que Chimpas me había proporcionado.

lismen (c) 2007

2 comentarios:

wi1000 dijo...

Está bien. aunque al principio parecía la tipica historia de chavalito que se convierte en delincuente no me esperaba la temática con la que sigue. Es bastante ingeniosa.

Ruth dijo...

Pufff una historia bastante escabrosa, el tema de las violaciones o abusos a niños... son muy chungos pero lo has tratado con mucho tacto y muy realista, la verdad. Me ha gustado aunque he preferido leerla y no escucharla xD