El extranjero



Llevaba cuatro meses viviendo en un país que no era el suyo, y lo poco que había aprendido del idioma le permitía ir al mercado y hacer las compras del día. Era relativamente frecuente que tuviese problemas con algunos jóvenes del barrio que no aceptaban que estuviese allí, por el simple hecho de ser extranjero y tener otra religión. Él lo asumía sin más, no protestaba, solo trataba de comportarse bien con sus semejantes y confiaba en que las cosas fuesen mejorando a medida que transcurriese el tiempo .

Las bolsas de la compra pesaban demasiado para llevarlas una sola persona, incluso para él, a pesar de ser un joven fuerte y buen deportista. Pero ese día su novia se encontraba enferma y había preferido quedarse en casa y descansar. Seguramente fue el instinto el que le hizo girarse en ese momento, de este modo vio a cinco muchachos que le seguían y que no le transmitían ninguna sensación agradable, bien por su aspecto, bien por su actitud.

-¡Extranjero hijo de puta!- escuchó a unos veinte metros detrás suyo.

Joder, la calle estaba totalmente vacía de gente, era una callejuela estrecha y empinada, de calzada empedrada y casas bajas con pequeños ventanucos que a duras penas dejaban entrar la luz del día.
Dudó si soltar las bolsas y echar a correr, pero al final decidió que lo mejor sería acelerar el paso sin mostrar un miedo excesivo. Pero de nada le sirvió. La banda de matones le rodeó rápidamente, y fueron ellos los que arrojaron el contenido de las bolsas al suelo mientras se burlaban de él y le daban empujones.

-Puto extranjero de mierda, tienes mucho valor para venir aquí. Vienes a enriquecerte a nuestra costa- dijo el que parecía el jefe del grupo- Pero nosotros limpiaremos el país de basura como tú.

No sabía que decir, como actuar. No tenía un manual que le dijese que hacer en estos casos, un manual de supervivencia contra gente intolerante y racista. Daba igual eso ahora, no le darían la oportunidad siquiera de pensar. Lo derribaron con un empujón y comenzaron a propinarle golpes y patadas por todo el cuerpo. Pudo ver como sus dientes bañados en sangre caían sobre el asfalto. Pudo sentir la rabia de aquellos que se empeñaban en pisar su cabeza contra el frio pavimento mientras se mofaban. Pudo ver las barras mientras golpeaban su espalda haciéndola crujir como la madera de un árbol centenario. Pudo sentir la impotencia de quien ve llegar a la muerte con su afilada guadaña.

Y pudo ver sus negras caras con dientes blanquísimos mientras le escupían e insultaban con rabia, sin un segundo de respiro.
Y más aún, Alberto tuvo tiempo para arrepentirse de ese viaje con la ONG, de haber ido a Nigeria, y de haber pensado que aquella gente lo acogería como un igual. Tuvo tiempo para todo eso, y para nada más.


giorgiopay (c) 2008

3 comentarios:

tijeritas dijo...

Este relato el muy, pero muy bueno se mereceria salir publicado en un periodico.

Anónimo dijo...

Me alegra que hayan publicado este relato.A mi me paso lo mismo y casi me matan, lo siento por ese chico,un saludo

PuEx dijo...

Gracias por el relato, la vida es así y con muchos pasa esto.
¿Puedo publicarlo en mi blog?