La máquina que predecía el futuro


La máquina que predecía el futuro se inventó en 1907 en Inglaterra, y tan solo se usó en una ocasión. Su creador fue Robert Keller y tardó cerca de tres años en diseñarla y construirla.
Robert Keller nació y creció en un pequeño pueblo al sur de Londres en 1861. Desde pequeño mostró una actitud curiosa hacia las cosas que le rodeaban, resultando un jovencito que hacía demasiadas preguntas que muchas veces molestaban a los adultos cuando estos no sabían la respuesta.
La Universidad colmó buena parte de las inquietudes y aspiraciones del joven Robert. Creador de diversos aparatos en una época en la que se pensaba que el hombre podría gobernar la naturaleza, que podría tener un poder casi infinito gracias a las máquinas, sobrevivía con el dinero que obtenía por su venta y como profesor ocasional cuando así se lo requerían. Pero la intención de Robert Keller era la de dejar huella en este mundo, ser recordado como algunos de sus héroes contemporáneos: Edison, Graham Bell...
Recién descubierta la aplicación a gran escala de la electricidad y con algunos conocimientos que habían llegado a sus manos por medio de un amigo, se propuso la creación de una máquina que pudiese predecir el futuro. Tenía mucha fe en sí mismo y, tres años después de comenzar su diseño, la tenía lista.

El teatro se hizo pequeño para presenciar tamaña demostración de progreso e inteligencia. Las entradas costaban el sueldo de un obrero, pero allí acudieron personalidades llegadas de todos los puntos del país pues, por aquel entonces, Robert Keller se había ganado cierta reputación por sus inventos anteriores.
Y ahí estaba la máquina. No era de una belleza plástica digna de mencionar, estaba llena de cables y válvulas de vacío, una silla con un diseño bastante moderno para la época y una especie de panel lleno de clavijas e interruptores.

- Ahora, damas y caballeros, preciso de un voluntario para probar mi invento. Una persona valiente y decidida que no tenga miedo a saber qué le depara el futuro...
Unos cien brazos se elevaron al instante entre las butacas. Robert señaló a uno de ellos.
-Venga aquí caballero. Usted me servirá.
Lo acomodó en la silla, le colocó algunos electrodos en la cabeza, que se encontraba ahora dentro de una especie de escafandra de cristal para aislarla de los ruidos y le pidió que se relajara.
-Usted deberá decirnos lo primero que le venga a la mente cuando yo accione el interruptor principal. ¿De acuerdo?
-Si señor, lo haré. Estoy nervioso pero realmente ilusionado e impaciente.
La gente espectante, algunas sonrisas, algunos gestos de incredulidad, los menos. Y Robert encendió la máquina:
-Ahora contemplará usted su futuro amigo, enhorabuena.
Unas chispas, luz intensa, los brazos del valiente se agitaban como las alas de una gaviota.
- !Aaaah¡ ¡Me voy a quemar! ¡Maldito bastard...! ¡Me voy a morir!

Esas fueron sus últimas palabras. Plas!plas!plas!... La audiencia se levantó de sus asientos. Aplausos, apretones de manos, felicitaciones... El experimento había sido un éxito. La gente estaba asombrada.
"Realmente increíble", "Nunca había visto nada semejante", "Este Robert es un verdadero genio, a la altura de Newton".
Cierto es que la máquina no volvió a funcionar. Robert juzgó que no era ético conocer el propio futuro, además de considerarlo peligroso. Después de la fabulosa presentación desmontó la máquina y quemó todos los planos en los que se había basado para construirla.
Vivió en la opulencia el resto de sus días e incluso inventó una máquina para cortar el pelo... solo una.

giorgiopay (c) 2007

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