Mentiras



Abrió los ojos. La oscuridad era total. Había estado ahí desde siempre si es que esa palabra tenía un significado cuando ni tan siquiera el tiempo existía. Era del mismo tamaño que todo el espacio en el que se encontraba. Nadie le había dicho que hacía allí, ni que era toda aquella oscuridad. Pero pensó en la luz y esta surgió de repente en forma de una inmensa bola de fuego. Decidió hacer cien mil millones más en esa región del universo. Y en el resto de regiones del universo, más o menos regularmente dispersas, decidió crear más grupos de esas grandes bolas de fuego. Nadie le había dicho jamás qué era un protón o un electrón, pero no lo necesitó para crear el hidrógeno. Simplemente pensó en ello. Y pensó en que todo aquello debería de dar vueltas sobre si mismo y así sucedió.

Transcurrieron los eones entre galaxias de varios tipos, tamaños y formas y seguía observando todo en el más absoluto silencio, sin nadie con quien hablar, y sin nadie a quien escuchar, aunque el concepto "alguien" en ese momento tampoco tenía ningún sentido, pues únicamente él estaba allí, desde siempre. Imaginó seres como él que de alguna manera pudieran interaccionar, necesitaba pues un lugar en donde depositarlos. No había hecho más que pensar en ello cuando surgió una bola azulada de esa oscuridad, la Tierra. Y como necesitarian luz, puesto que ya había decidido que tendrían ojos para contemplar toda aquella grandeza, decidió su ubicación en un lugar no demasiado alejado de una de esas fastuosas bolas de hidrógeno al rojo vivo. A partir de entonces se dedicaría a contemplar a esos diminutos seres, con sus penas y alegrías, con sus felices o desgraciadas vidas, eso le resultaba indiferente. Pensó en cosas que hicieran de ese planeta un espectáculo digno de visionar. Se inventó terremotos, huracanes, enfermedades...Curiosamente centraba toda su atención en un minúsculo pedazo de roca, cuando a su alrededor se extendían hasta el infinito sus dominios, que eran suyos porque había sido el primero en estar allí. Pensó en darse a conocer a aquellos bichitos, ahora se sentía poderoso. Nunca hasta entonces había sentido nada igual. Con solo un pensamiento podría destruir todo aquello y empezar de nuevo. Habló a sus criaturas con una voz atronadora. Y estas comenzaron a adorarle, más por temor que por respeto, aunque ninguno se atreviese a reconocerlo.

Nunca se había sentido tan bien desde que había visto todo aquello por vez primera. Esos muñecos con sus vidas insignificantes, cuya máxima era simplemente seguir viviendo le construían templos, le adoraban, mataban por él. Organizaban ejércitos y luchaban entre ellos. Y él, como un niño que jugase con sus soldaditos de plomo encima de una alfombra, los observaba desde las alturas, como quien observa una canica. Aunque claro, él nunca se había dejado ver. Su vanidad había crecido hasta tal punto que le resultaba inconcebible que una minúscula y despreciable partícula a la que había dotado de consciencia fuese digna de contemplar a su creador. Y al mismo tiempo, estas mismas partículas habían adquirido una vanidad semejante ya que habían sido los únicos seres creados en toda la vastitud de aquel espacio. Transcurrió mucho, mucho , muchísimo tiempo y cuantas más desgracias se cernían sobre esos pequeños e insignificantes seres, más adoraban estos a su creador y más y más muertes se sucedían en su nombre. En una ocasión sucedió algo imprevisible con lo que él no había contado. Alguno de los restos que habían sobrado cuando comenzara a dar forma a toda aquella oscuridad y a formar materia para llenar aquel frio espacio, impactó contra la Tierra.

Sus pequeños soldaditos de plomo cayeron como fichas de dominó y ya no volvieron a levantarse. No hubo nadie que fuera a tenderles una mano. Se apagaron en la noche como una vela en el océano. Nadie escuchó sus llantos. Las estrellas siguieron brillando inmutables. Todo seguía exactamente igual que mil millones de años antes. Bueno, casi todo.

giorgiopay (c) 2004

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