- Vamos, apura. Estos cabrones deben de estar a punto de salir.
El vídeo
El salto

Nací en un pequeño barrio de Brooklyn, en una fantástica ciudad para el que tiene dinero. Con trece años acababa de recibir una fantástica noticia, era la mayor sorpresa de mi vida, una herencia de veinte millones dolares. Desde ese día y a lo largo de los años tuve todo lo que se me viniera a la cabeza: chicas, los mejores coches, unos buenos estudios; y siempre me codeaba con la gente de la clase más alta de la ciudad. El que tenía dinero siempre podía acceder a todo, eso es lo que siempre había pensado. Siempre hubo algo en mi cabeza que me ponía muy nervioso porque había practicado todos los deportes excepto uno.
Fue en una cena cuando surgió el tema. Reunidos en torno a la mesa, una hermosa chica me sonreía. Después de una corta relación de noviazgo surgió el siguiente paso, el matrimonio.
Fue en ese preciso momento cuando cuando empecé a pensar como podría pedirle a esa preciosa dama que se uniera conmigo en matrimonio. Deseaba sorprenderla con algo tan bonito y tan hermoso que deseaba que fuera distinto a las tradicionales pedidas de matrimonio que se hacen aquí, en Brooklyn, y además ser la envidia de todos los allí presentes.
Un salto al vacío y miles de rosas cayendo del cielo como si de copos de nieve se tratara, a sus pies. Me había preparado para el gran salto, llegaba el día en el que por fin le propondría matrimonio a la mujer que tanto deseaba.
El avión acababa de ascender a dos mil metros de altura. Tocaba el gran salto de mi vida y ...¡ listo! . Podía ver como caían todas esas rosas en los alrededores de su casa. ¡Qué fantástico era ver todo tan pequeño y minúsculo!, como si de una pintura de Diego Rivera se tratara. Según iban pasando los segundos cada vez la veía mas cerca. Ella en el jardín rodeada de sus padres y sus amigas dando saltos de la emoción. Fue entonces cuando por medio de un micrófono le dije la pregunta mas hermosa que se le podía hacer.
"¿Quieres casarte conmigo mi hermosa flor?". Ya podía verla casi perfecta, eso quería decir que ya era hora de abrir el paracaídas. ¡Dios mio! Algo había fallado en el preparativo del paracaídas, no se abre.
¡Splash!, este fue el impacto de mi cuerpo contra el suelo, convertido en una rosa marchitada rodeada de un gran charco de sangre a los pies de mi futura esposa. Solamente podía escuchar los gritos de los invitados y el llanto de ella.
Podía ver mi cuerpo allí tumbado sin vida mientras llegaban los servicios médicos para certificar mi muerte. No sabía realmente qué era lo que me estaba sucediendo, pero pese a todo era consciente de que mi multimillonaria fortuna no me devolvería la vida.
Lismen (c) 2010
Sangre
Al principio solo tenía relaciones con hombres, pero no lograba llegar a la culminación. Nunca recibí reproches de mi novio. Al contrario. Pensé que quizás el problema sería solo con él. Probé con otros hombres. Tampoco lo lograba. Hasta que descubrí mi verdadera fogosidad. Fue con una aventura del momento. ¡Pero es que él me reprochaba!... y todo por no conseguirlo.
Fue por eso que ligó una cachetada. Su labio se partió, comenzó a sangrar, me miraba mientras su cara sufría una metamorfosis eufórica. Sentí un hormigueo por todo mi cuerpo. No dudé en seguir mi impulso. Una atracción tenían sus labios sangrados que no podía controlarme. Me abalancé sobre él. Mi entusiasmo era grandioso. Él me separaba de su cuerpo pegándome y eso me gustaba aún más. El dolor es el único placer que conozco. Sangre, delicioso factor excitante... sexo. Adorable combinación.
Muchos creen que está mal moralmente. Solo quiero placer. Ellos no saben la adrenalina que recorre mi cuerpo activado cada vez que lo cometo... Ay! Dulce goce.
Tuve muchos encuentros más con gente con mis mismos gustos en el ámbito sexual. Pero los golpes y agresiones verbales ya eran para mi algo rutinario. Quería, necesitaba, experimentar nuevas sensaciones. Fue así que llegué a lo que hoy agrava mi causa. De lo cual no me arrepiento ni en lo mas mínimo.
Estaba en un bar, tomando un café junto a la ventana. Detrás de mis lentes ahumadas para el sol, lo vi. ¡Qué cuerpo, qué hombre!. Paso a mi lado por el lado de afuera de la ventana. Entró y al verme, me guiño el ojo, comprando mis deseos con un gesto de varón ganador. Fue a hablar con otros hombres que estaban un par de mesas mas al fondo. Me miró y esta vez para acercarse a coquetear. Se presentó para luego invitarme un trago. Hablamos un buen rato, de todo un poco, pavadas. Me dijo que estaba con el auto y si quería ir a dar una vuelta. Acepté, claro, como cualquier mujer a la que un hombre le hace una invitación. Me subí entonces a su auto y partimos rumbo incierto. Dimos un par de vueltas formando recovecos por las calles de la ciudad. Yo sabía perfectamente qué era lo que los dos queríamos, somos gente grande, me aburren los rodeos. Después de unos ... veinte minutos de estar recorriendo las calles sobre ruedas, decidí que ya era hora de poner los puntos. Lo mire provocativamente tocando su pierna, él me miró como aprobando mi insinuación. Llegamos a su departamento. Le dije que iba a ser una experiencia para mi realmente extravagante y que estaba algo ansiosa. Él se reía, seguramente no comprendía mis palabras. Sentía ese cosquilleo que sentí aquella primera vez que me conecté con el ameno tormento.
Empezamos a perpetrar el clímax deseado. Yo sabía que él no iba a querer acompañarme en el acto a cometer. Lo até a la cama como simple juego erótico. Eso sí que le deleitaba. Lo amordacé con un trapo que había por ahí, creo que era la carpeta de la mesa de luz, no me acuerdo. Iba a tapar sus ojos, pero creí que me gustaría mas ver su rostro de dolor. Una vez los dos desnudos y él atado a su cama, en la tenue oscuridad de la habitación, yo subida encima de él saqué de mis botas el bisturí.
Lo tenía escondido en la bota porque... usted ya sabe, uno nunca sabe cuando puede pasar, hay que estar preparado.
Él miraba asustado, sus ojos parecían saltar de su cara. Sudaba, demasiado. Apoyé la punta del bisturí en su pecho, comencé la disección hacia abajo mientras acariciaba su cuerpo. Quería gritar, pero su boca estaba bloqueada por el trapo. Su sangre salía a hervores. Chorreaba. La sangre es tan dulce que me tentó el beberla. Se sacudía para todos lados, sus manos estabas bien aferradas a los barrotes de su cama. La expresión de sufrimiento en su cara era hermosa.
Ya poco respiraba él, tenía su abdomen cortado del pecho a su bajo vientre. Todo era sangre alrededor. Estaba en mi paraíso lóbrego. Se estaba desangrando de a poco. Pero yo quería infundir más dolor. El último detalle. Al girar la vista vi sobre una mesa un par de velas rojas. Sin dudar encendí una. La puse sobre su herida hasta esperar que la cera caliente chorreara, mezclándose con su sangre. Un grito eufórico se escapó de su débil garganta. Gemíamos. Él por cansancio resignado. Yo por puro placer.
Sus ojos se iban apagando de a poco. Todavía lo recuerdo. Me bañé, me vestí. Y me fui.
Y bien, si estoy acá no me arrepiento. Logré probar cosas magníficas en mi vida.
kachorrita (c) 2010
Nada más que decir
"Lo que más teme la gente es dar un nuevo paso, emitir una nueva palabra." Fiodor Dostoyevski
No puedo escribir. Llevo un año en dique seco, al borde del abismo, incapaz de terminar una buena historia. Si comparo mi nivel de producción del 2008 con el del 2009, me dan ganas de pegarme un tiro. La diferencia, sin duda, es abismal. Supongo que el no trabajar, vivir solo, y tener tiempo libre ayuda bastante. Me siento extraño sin pegarme siete u ocho horas delante del ordenador. Es como si me faltara algo; mi alma, quizá. Noto que he perdido la pasión por la escritura, cada vez me resulta más una pérdida de tiempo; puede que tantos rechazos editoriales me hayan quemado a conciencia. Cada día tengo más claro que nunca conseguiré publicar un puñetero libro en papel. Ahora está el tema de las descargas digitales, pero lo considero una farsa; si la gente no lee en papel menos lo hará delante del ordenador. De hecho, en cierta forma me encuentro más tranquilo cuando no escribo, pero sólo a medias. La literatura siempre ha sido el motor que ha guiado mi vida, que me ha mantenido cuerdo, que me ha impulsado a continuar adelante. Si dejara de escribir… ¿Qué me pasaría? ¿Acaso me volvería loco de atar? ¿Terminaría suicidándome tal como siempre he temido?.
Tengo resaca y estoy cansado, y sé que no voy a lograr dormir esta noche, como de costumbre. Mañana entro a trabajar a las seis de la tarde y me espera un viaje de setenta kilómetros hasta mi nuevo hogar. Parece que la autocompasión barata es lo único a lo que puedo aferrarme. Me odio, me detesto por ser como soy, no soporto a la persona en la que me he convertido. Una imagen no ha dejado de perseguirme durante todo el día: Hank Moody delante de su portátil, a oscuras, intentando escribir algo, mientras recuerda las imágenes del pasado que nunca podrá recuperar. De fondo suena “Rocket Man” de Elton John. Sin duda es una escena con la que me siento completamente identificado.
JODER
No me queda nada más que decir.
Alexis Brito Delgado (c) 2010
El túnel
Fernando se encontraba feliz y a la vez muy triste.
Feliz porque sus hijos, nietos, biznietos y tataranietos habían acudido a despedirse, a darle el ultimo adiós.
Triste, porque en la cama contigua se encontraba la persona que mas amaba, se llamaba Lucia y le habían dado tres meses más que a él en este mundo. Por lo menos yo me iré antes - pensaba para sí mismo Fernando, no soportaría esta aquí sin ella. Era un pensamiento egoísta pero el dolor de perderla antes sería insoportable.
Tal como le habían indicado, su cuerpo empezó a convulsionarse. Le habían dicho que cuando éstas fuesen más cercanas en el tiempo menos le quedaría y más cerca estaría su fin.
La separación cada vez se hizo más corta y la familia se apresuró en despedirse. Las últimas palabras fueron para su amada Lucía. Fueron palabras de amor eterno y de sus labios salió un juramento de que la estaría esperando en el otro mundo, que selló con un beso lejano.
La vista se le nubló y la habitación empezó a desaparecer a su alrededor. Un túnel comenzó a materializarse enfrente suyo; un túnel de paredes oscuras por el que un haz de luz entraba señalando el final de éste.
Mucha gente dice que los familiares ya desaparecidos aparecen en este momento crucial para ayudarte a dar este paso. Y así le sucedió también a Fernando ,que vio el rostro de su padre rebosando felicidad al final del túnel. Se dirigió hacia él, parecía que volaba. Le esperaba con los brazos extendidos. Allí también estaba la Parca con su traje verde y su rostro semioculto tras una máscara. Se dejo llevar pues, a su edad, ya no tenía miedo a nacer.
Juan Manuel (c) 2009







