Adiós


Tan solo fue una llamada de teléfono, lo que por primera vez en mis veinticinco años como ser humano me hizo sentir diminuto, asustado e indefenso.- ¡Dos semanas o quizás tres, pero no más! Es un cáncer bastante agresivo y nada puede hacerse para tratarlo.

La vida se me iba. Lo notaba según pasaban los días. Trataba de, aunque me costara, asimilarlo y disfrutar todo lo posible cada minuto, cada segundo. Era difícil porque la noticia me había causado bastante impacto y esa sonrisa que siempre veías en el entorno familiar ya no era la misma. Me recuerda a los bosques quemados, árboles a los que, después de muchos años, empiezan a salir las hojas. Pero las cenizas siempre quedan ahí, en su tronco o en la tierra donde crecen.

Hoy me siento triste al pensar lo mucho que pude hacer, lo que le pude decir y no dije. Una madre que siempre estuvo ahí. Pero nunca valoré todo lo que hizo por mí. Ahora me puedo dar cuenta lo cobarde y tonto que fui por no decirle esas cosas hermosas que se le dicen a una madre, esas caricias, esos mimos. Y ahora es demasiado tarde para poder hacerlo. Se me va la vida; esa vida que nunca supe agradecer, pues después de veinticinco años no supe disfrutar. Ahora como si de una vela se tratara, mi vida se consume. No puedo aguantar estas lágrimas y este dolor que siento según pasan los días.

Y si de algo puedo estar orgulloso es de que hasta el ultimo minuto he de estar a su lado y decirle: ¡madre, te quiero!.

lismen (c) 2009

Se venden recuerdos



A comienzos del siglo XXV el mundo no se movía con el petróleo, el calentamiento global había sido superado por medio de la energía nuclear de fusión y, por supuesto, los países seguían constantemente enfrentados en guerras. Y al hablar de países uno se refería a las tres Federaciones: Noratlántica, China e Índico-Japonesa. El resto no contaba.

En esa época, alguien que deseara ser feliz tenía dos alternativas: Serlo porque la vida así se lo obsequiaba desde la cuna... o comprar recuerdos. Y la primera no dependía de uno mismo, por lo que resultaba particularmente difícil ese camino.

Así pues, el comercio que más dinero movía era el de los recuerdos. Uno se sentaba en una vieja silla, en un mercado deprimente de una gran ciudad, y un tipo con un portátil le podía implantar, por un elevado precio, los recuerdos de otra persona en cuestión de minutos. Generalmente una persona con una vida envidiable, llena de alegres vivencias, viajes emocionantes, grandes amores... Generalmente una persona rica que vendía esos momentos a los menos afortunados.
Vivencias inalcanzables para un pobre desgraciado que luchaba cada día porque ese no fuese el último de su aburrida y monótona existencia en un mundo de tonalidades siempre grises.

Mario se decidió ese día a gastar la mitad de sus ahorros. Ahorros conseguidos durante años a base de un agotador y mal remunerado trabajo en unas viejas oficinas de la multinacional InveX Corporation. Ese lluvioso día de enero de 2404 se había dado cuenta de lo vacía que estaba su vida. Ese día, lanzando dardos a una pared desnuda, adornada solamente con una diana electrónica, decidió que compraría recuerdos. Y que a partir de entonces se acostaría pensando en lo que había sido años atrás, cuando era feliz con su vida.

El mercado estaba abarrotado de gentes impersonales, que caminaban con rapidez enfundadas en sus oscuros trajes. Por todas partes se respiraba desconfianza. Un mundo en guerra generaba siempre ciudadanos en alerta. Nadie se fiaba ya de nadie.

- Buenas tardes - saludó Mario al hombre del portátil.
Y después de explicarle lo que quería y pagarle por adelantado se sentó en el interior de la tienda, conectado a un cable mediante el chip que toda la población llevaba desde el momento de su nacimiento.
Veinticinco minutos más tarde la transferencia de datos había finalizado y salía de la tienda con los ojos llorosos. La mirada triste y perdida.

Eso era lo que había pagado, era su elección: Una novia de la juventud que había jurado amarle siempre. Unos años inolvidables con la única chica a la que había querido: Carol. Habían viajado por todo el Sistema Solar durante meses. Juntos habían ascendido a lo más alto del Monte Olympus, en Marte, contemplado espectaculares amaneceres desde Ío y recorrido las inmensas llanuras heladas de Titán. Hermosos recuerdos a su lado, cuando la vida era todavía un inmenso territorio por explorar.
Pero la muerte hizo su visita con antelación y sin avisar. Carol murió joven dejándole unas palabras para el recuerdo: "Siempre te querré, nunca me olvides. Algún día estaremos juntos otra vez".

Mario secó sus lágrimas con el puño de la camisa. A partir de entonces sería feliz con su tristeza. Porque su mente estaba llena de bellos momentos que nunca olvidaría.
Regresó a su apartamento, abrió una cerveza y sonrió por primera vez en mucho tiempo.

giorgiopay (c) 2009

Enamorados



La duda; la eterna enemiga en el amor. La intranquilidad de saber si ella te quiere o no lo hace; la angustia de asumir que tal vez su corazón pertenezca a otro. Sencillamente, te enamoraste; en el momento más inesperado y sin previo aviso descubriste que ella es la mujer de tu vida. Ahí estás; vulnerable como un niño ante el temor de no ser correspondido. La ausencia de ella es parte de ausencia de ti mismo; sin ella te falta algo... Quizá sólo exista un paso entre la amistad y el amor; o simplemente, quizá siempre estuvisteis enamorados en silencio. Perdidos en medio de este trabalenguas del corazón. Una ecuación matemática imperfecta latiendo dentro de ti. Dos vagabundos perdidos; hambrientos el uno del otro.

En-amor-a-dos; bailando en compañía al compás de una historia diferente. Cuando uno es joven engaña a la soledad bajo las sábanas de historias de media noche rozando la piel pero no el alma. Acariciando el amor de lejos; sorbos de placer que te dejan tristeza porque ninguna de ellas es la mujer de tu vida. Ninguna te llena. Ella; tu mejor amiga. Aquella que está ahí; aquella que te escucha y te conoce. Aquella que anhela un final feliz. Estás vivo y enamorado; disfrútalo. Nunca es tarde para comenzar a amar de verdad. Hoy es un gran día para decir te quiero por primera vez.

Experto en juegos de seducción, hoy, un aprendiz en el amor. Protagonista de muchas noches de placer; un ritual de fin de semana. Muchas sensaciones; pocos sentimientos. Breves historias que no superaron la memoria del tercer día de la semana. Mientras tanto ella te estuvo esperando pacientemente para que dejases de verla como una amiga. Sufrió por tenerte sin tenerte de verdad; igual que hoy sufres tú ante el miedo de no ser correspondido.

El amor verdadero; un privilegio destinado a aquellos valientes que toman las riendas de su vida y de su propio destino. Piensa en cómo te sentirás cuando tengas ochenta años y mires hacia atrás con el remordimiento de saber que el tren pasó por tu lado pero tú lo dejaste escapar. O dime cómo te sentirías si en este momento alguien llamase a tu casa para decirte que ella ya ha muerto. Dentro de ti hay amor. Quiérela; díselo. El orgullo no nos hace más humanos; simplemente, nos aleja de nuestro propio destino movidos por el gran dominio de la cobardía. Paradójicamente, nos sentimos indefensos y desnudos interiormente cuando compartimos nuestros sentimientos con la persona amada pero en realidad deberíamos sentirnos liberados y felices por haber confesado la verdad, y esa es, en última instancia, nuestra mayor victoria.

Maite Nicuesa (c) 2009


Mala Sangre



Los ojos no pueden ver a Dios, sino a través de las lágrimas. Víctor Hugo.

Marsella, 17 de julio de 1.891

Estoy muriendo y no puedo hacer nada por evitarlo. Yazgo en una cama de hospital, totalmente paralizado, con la pierna derecha amputada por encima de la rodilla. Llevo una semana intentando caminar con muletas, dando saltos como un imbécil, pero me resulta una tarea pesada y embarazosa. Los médicos me cortaron el miembro demasiado arriba y me es imposible mantener el equilibrio. Tengo miedo de caer al suelo y lesionarme; ser un lisiado es la experiencia más espantosa que he sufrido en mi vida.

Mi propia estupidez me ha llevado a esta desesperada situación. Al principio, el dolor de la rodilla no era más que una pequeña molestia. Como de costumbre, tal como suele ser mi estilo, lo ignoré y seguí con mis negocios. Tenía mil asuntos de los que ocuparme y cualquier distracción podía significar perder dinero: un lujo que jamás he podido permitirme. Antes de darme cuenta, la hinchazón de la rodilla se convirtió en una tortura insoportable que, en el espacio de pocas semanas, me impidió salir de mi casa. Los médicos, al examinar mi caso, me dijeron que se trataba de un tumor sinovial —hidartrosis para ser exactos— que afecta a las articulaciones y a los huesos. Me maldigo por haber sido tan estúpido: si me hubiera molestado en cuidarme un poco no estaría metido en este embrollo. Me he convertido en un desecho humano, una pálida sombra, frágil y consumida, de lo que fui hace meses.


Gracias a mi enfermedad he tenido tiempo de pensar y de replantearme las cosas. Mi obsesión por enriquecerme, trabajando como un esclavo una media de doce horas diarias, en los rincones más profundos de África, me tenía completamente cegado. Puede que hubiese tenido que disfrutar de la vida y no exigirme tanto a mí mismo. A veces que llegado a pensar que, debido a los errores que cometí durante mi juventud, no he cesado de castigarme con una penitencia tan ridícula como inútil. De todas maneras… ¿Qué otra cosa hubiera podido hacer? Tenía que mantenerme y auxiliar económicamente a mi familia, labrar un mañana digno con el sudor de mi frente, pero he vuelto a fracasar a pesar de mis mejores intenciones: la liquidación apresurada de mis bienes, junto al viaje de Harar a Marsella, me ha producido gastos irreparables.

Frustrado y deprimido, víctima de dolores insufribles, quisiera dar marcha atrás y cambiar lo sucedido. Desgraciadamente sé que es imposible, algo murió en mi interior el día que abandoné la literatura, nunca volví a ser el mismo; todos estos largos años no he dejado de arrepentirme de este error. Cada vez que las palabras fluían en mi interior hacía lo imposible por ahogarlas, apagaba el deseo de plasmarlas en el papel. Cuando miro atrás desde la perspectiva del presente, me pregunto cómo demonios fui capaz de mutilar al poeta que guió los mejores años de mi existencia. Tuve que huir de Francia para borrar el pasado del que tanto me avergonzaba, recorrí Europa de un extremo a otro, crucé inmensos océanos y desiertos como expiación, luchando por escapar de los demonios que me asediaban; los mismos que me impiden conciliar el sueño en la actualidad. La realidad me enseñó que si no tienes una seguridad económica eres poco más que una mierda. La influencia de de mi madre, con su férrea disciplina y carencia de amor, me influenció más de lo que jamás querré admitir.

Aunque los médicos digan que me repondré de aquí a unos meses, sé que mienten para aliviar la agonía que consume mi mente. Nunca podré abandonar esta maldita habitación y el mundo exterior, lleno de esperanzas y promesas, es un objetivo totalmente inalcanzable. Quizá debería encomendarme a Dios y arrojar la toalla de una vez por todas, espero que el Señor pueda perdonarme por haber repudiado su nombre con la misma pasión que he arruinado mi vida…

RBD

Alexis Brito Delgado (c) 2009