El alma que vino a mi encuentro

Cada sábado, a media tarde, solía acudir al cementerio cogido de la mano de mi abuela, y el que se refiere a esta pequeña historia, indudablemente, no podía ser menos. A pesar de todo, eran tiempos de mi añorada infancia, así que no me importaba rememorarlo en absoluto. Sin embargo, jamás logré comprender por qué ella se empeñaba en visitar, semana tras semana, aquél lugar que tanto recelo me inspiraba. Ritualmente, cruzábamos una a una las angostas calles que nos iban acercando a nuestro destino, plagadas de innumerables nichos de cuatro alturas, cada uno de ellos con sus correspondientes fotografías ajadas en blanco y negro de personas con mirada melancólica o almidonada sonrisa, que provocaban en mis adentros un profundo y desbocado terror, en extremo difícil de controlar.

Las piernas me temblaban a cada paso, creyendo ver fantasmas por todas partes mientras el corazón me palpitaba con frenesí, deseando que mi abuela cediera en su afán de sujetarme con fuerza y poder así aprovechar para salir corriendo de aquél lugar que yo creía maldito. Pero cuando lograba zafarme tan solo era capaz de frenar la marcha, porque ni siquiera podía tener la suficiente valentía como para mirar atrás.

-¡Pablito! ¡Haz el favor de no quedarte rezagado! –gritó mi abuela, como era su costumbre cuando pensaba que se le hacía tarde-. No podemos perder tanto tiempo…
Finalmente, mi abuela se detuvo en uno de los nichos, situado en la tercera de las alturas, donde se suponía que debía reposar el abuelo desde hacía más de veinte años, mucho antes de que yo naciera. En aquella ocasión no pude evitar preguntarle:
-¿Y por qué lleva ahí tantos años? ¿Por qué no regresa con nosotros?
-Porque llega un día en que esta es la única morada en que podemos descansar, hijo mío, y a tu abuelo le llegó ese día hace ya más de dos décadas.
-Pues yo no quiero que me llegue a mí ese día; ni a ti tampoco, abuela.

Entonces, ella acarició mi mejilla derecha, regalándome una de sus tristes sonrisas, las únicas que podía captar en ella desde que yo tenía uso de razón. Sólo tenía ocho años, pero la vida había sido conmigo tan cruel que parecía tener como mínimo ocho veces más aquella edad. Al menos, eso era lo que mi abuela le decía a todo el mundo.
Existía en el cementerio un panteón que siempre me impresionaba cada vez que transitábamos por una de las callejuelas plagadas de tumbas colocadas a ras del suelo. Se trataba de una escultura tallada en piedra, representando a una mujer desfallecida sobre un arcón de enormes proporciones. Aunque ajada la figura debido al transcurso del tiempo, el cuerpo y los rasgos faciales de la mujer aún conservaban una perfecta definición. Su rostro denotaba una gran tristeza, y de tener vida propia habría aparecido lleno de lágrimas, sin lugar a dudas. Una de sus manos reposaba extendida sobre el arcón, mientras que la otra sujetaba su abultado vientre, comprendiendo que debía llevar una nueva vida en sus entrañas.

Estaba convencido de que el panteón intentaba representar alguna historia, muy probablemente relacionada con la persona enterrada justo debajo de aquella impresionable estatua. Así que, ni corto ni perezoso me dispuse a intentar sonsacarle dicha historia a mi abuela, si acaso la supiera.

-Abuela –dije, señalando descaradamente aquella triste figura- ¿tú sabes que pudo ocurrirle a esa pobre mujer? ¿Es ella la que se encuentra enterrada en el panteón?
-No, Pablito… no solo ella.
-¿Qué quieres decir? –pregunté intrigado ante su respuesta.
-Todos los que tenemos ya cierta edad conocemos la historia de sus eternos moradores, aquel matrimonio tan bienaventurado hasta que la desdicha cayó sobre ellos el día en que el marido falleció en la guerra de Cuba, justo un día antes de que finalizase el conflicto. Iban a tener un niño, y a consecuencia de la noticia, la desdichada mujer no fue capaz de superarlo, quitándose la vida con un mortal veneno. A pesar de la tragedia, la iglesia la condenó después de muerta sólo por haber dejado que el niño que llevaba en su vientre muriese con ella.
-Pero… ¿por qué, abuela?
-Eran otros tiempos, Pablito…

Un sentimiento de repulsa surgió en mi cerebro ante aquella, a mi entender, injusta decisión. Al fin y al cabo, había sido un acto desesperado por parte de la mujer, así que… ¿por qué no debía ser perdonada?
No podía apartar la mirada de aquella desconsolada figura, y tan ensimismado estaba que de repente todo el entorno pareció transformarse, convirtiéndose en un paisaje totalmente distinto. No era la primera vez que me ocurría algo semejante, y aunque me aterraba, nunca era capaz de contarle a nadie, ni siquiera a mi abuela, aquello que me sucedía cuando menos lo esperaba. El panteón formaba parte ahora de la habitación de una casa desconocida por completo para mí, al mismo tiempo que la escultura cobraba vida inesperadamente. La mujer que hasta ese instante yacía sobre el arcón, se levantaba ahora dirigiendo su mirada hacia donde yo me hallaba, a muy pocos metros de distancia. Sus ojos estaban inundados en lágrimas, pero estas desaparecieron en apenas unos segundos como por arte de magia. Y una bondadosa sonrisa pasó a formar parte de su rostro, unida a una anhelante mirada que me invitaba a detenerme en mi aterradora huida del lugar.

-¿Qué… quieres de mí? –alcancé a decir, sin dejar de temblar.
-He escuchado la conversación con tu abuela –respondió, acercándose hacia mí- y al comprobar que podías ser capaz de verme, he querido manifestarme para contarte la verdad sobre lo que sucedió el día de mi muerte.
-¿C… cómo te llamas? –inquirí de nuevo con timidez ahora, tras asentir con la cabeza.
-Demelza, que significa diosa de la cosecha y la tierra.
-Tú… no te quitaste la vida, ¿verdad? ¿Es eso lo que pretendes decirme?
-En realidad sí deseé hacerlo, porque no podía concebir la vida sin mi amado esposo, pero comprendí que debía mirar por mi futuro hijo, producto de nuestra unión, de nuestro amor. Sin embargo, caí gravemente enferma debido al desconsuelo que me produjo tan triste noticia. Cuando el médico acudió ya era demasiado tarde, porque el corazón de mi niño había dejado de latir. Así pues, los dos motivos de mi existencia se habían marchado para siempre, y ya nada tenía sentido para mí. ¿Para qué seguir viviendo? El médico deseaba salvarme a toda costa, pero le supliqué que me dejara morir. Obviamente, mi decisión iba en contra de sus principios morales y religiosos, aunque vio tanta pena en mi corazón que finalmente logré que entrara en razón. Le hice abandonar la casa con la promesa de que no dijera a nadie que estaba al borde de la muerte. Nadie además de él lo sabía, a excepción de mi criada, la cual se había encargado de ponerle en antecedentes sobre mi enfermedad. Del resto ya conoces la historia, Pablito. Me dejé caer sobre el baúl, y llorando esperé a que se extinguiera para siempre mi vida. Pero no me importaba, pues sabía que al otro lado mi amado esposo y mi querido hijo estarían esperándome.

La mujer no dudó un instante en acariciar suavemente mi cabello, segura de que en esta ocasión ya no me apartaría de ella.

-¿Sabes? –prosiguió-. Eres un niño muy guapo, y estoy segura de que mi hijo habría sido tan bello como tú.

Sus palabras me sorprendían ahora. ¿Acaso no se suponía que había ido a reunirse con él y su esposo en el momento de su muerte?

-Pero… ¿es que no pudiste conocerle al fin?
-No puedo verle físicamente, pero sí soy capaz de leer su alma. Y es un alma noble, como sin duda lo es la tuya, Pablito. Esa es la razón de que puedas verme. Solo aquellos cuya alma está limpia son capaces de hacerlo. Y no sólo a mí, sino a todos aquellos espíritus que, en un momento determinado se dejan ver. Sin embargo, un día dejarás de vernos y será signo evidente de que habrás crecido, porque tu alma, aunque buena aún, habrá sido corrompida por el hombre. Pero no te asustes… puesto que serás fuerte, y conseguirás librarte finalmente de ese triste mal. Un día lo conseguirás, y entonces me recordarás, tal cual me has visto ahora.

Solo pude asentir, aun sin lograr entender ni una sola de sus palabras. Sin embargo, de repente una lucecilla se encendió en mi cabeza.

-¿Crees que podré ver a mi abuelo? Nunca llegué a conocerle.
-¿Te gustaría?
Agité de nuevo la cabeza en sentido afirmativo.
-Él llegará a ti un día, cuando crea que realmente lo necesitas. Entonces lo verás…
-Pero yo desearía que fuese ahora –dije, manifestándose en mi rostro una gran tristeza. Y además, has dicho que es ahora cuando puedo veros…
-A veces no es tan fácil, Pablito. Pero puedo asegurarte que él no deja de pensar en ti, allá donde se encuentre.
-¿Volveré a verte a ti, entonces?
-Sí, si tu quieres. No sé hasta cuando podré hacerlo, pero siempre que vengas al cementerio, si lo deseas me encontrarás.
Entonces un extraño deseo de abrazarla creció en mí de forma inesperada. Y al ver que me acogía en sus brazos, un reguero de lágrimas comenzó a caer por mis mejillas. No podía dejar de hacerlo, y era un sentimiento tan profundo que sin duda debía provenir del fondo de mi alma.
-Mi… mamá hace dos años que se marchó, y aún no ha regresado a casa. La echo de menos… tanto que cuanto la vea no dejaré de abrazarla, como hago ahora contigo. Ella es tan guapa como tú, ¿sabes?
-Lo sé, mi niño, lo sé…
Fueron las últimas palabras de aquella mujer que tanto se parecía en realidad a mi mamá, porque instantes después sus manos dejaban de acariciar mi cabello, hasta volatilizarse por completo. Desconozco cuánto tiempo había transcurrido, pero pude escuchar ahora a mi abuela que me llamaba sin cesar:
-¡Pablito, hijo! ¡Vuelve en ti! A veces pienso que estás en las nubes. ¡Se nos hace tarde, chiquillo!
-Abuela…
-¿Qué pasa, cielo?
-La mujer del panteón –dije, señalando la escultura, de nuevo en su estado original-. Se llama Demelza…
-¿Y tú como lo sabes?
-Porque he hablado con ella. Me lo ha dicho. Además, no murió envenenada, abuela, ni se quitó la vida. Murió de amor…
-Claro, hijo –afirmó, mirándome e impregnando sus ojos de pura tristeza-. Si te lo ha dicho, es porque será verdad…
-Lo es, sé que lo es. ¿Y sabes que? Me ha dicho que un día podré ver al abuelo. Y yo quiero al abuelo, pero… antes quisiera ver a mamá. Dime, abuela, ¿cuándo volverá de su viaje?
-Pronto, mi niño, muy pronto…

Dos años después, perdida la inocencia, supe que mi madre estaba en el cielo, y que no regresaría nunca más. Hasta ese momento, ni un solo sábado dejé de ver a Demelza, a la que tenía como mi segunda madre. Sin embargo, también ella desapareció un día para siempre, aunque al menos me quedaba el consuelo de ver su escultura en el panteón. Y aún hoy, cuando acudo al cementerio en las ocasiones que regreso a mi antigua ciudad, no falta ocasión en que la visito, de la misma forma que lo hago con mi madre y mis queridos abuelos.
Y el corazón me dice que, tarde o temprano, cuando sientan que los necesito, volveré a verles…

Francisco Arsis (c) 2010

Súcubo



Nunca pude ver su rostro completo. Aquella noche de reyes, mientras todo el mundo dormía y esperaban la recompensa por haberse portado bien a lo largo del año, yo me encontraba realizando la ronda del museo de las dos de la madrugada. En mi mente rondaba la idea de que este año,
a menos que me tocase algo a la lotería, jamás saldría de este aburrido trabajo.
La verdad es que no me puedo quejar mucho, y menos como está la situación en el país, pero sinceramente no me veo con sesenta años y guardando polvo como la mayoría de los objetos que hay en este lugar. Cuando regresé al cuartucho para deleitarme con un chocolate calentito y un trozo de roscón que había conseguido birlar a mi madre, ella estaba allí. La verdad es que no creo en los reyes magos, pero ver a una mujer solamente vestida con un colgante y fumando un cigarrillo, con un toque que solo una femme fatale de esas de las pelis de cine negro puede darle, hace que uno se replantee sus creencias al respecto.

-Perdone señorita, no sé si se ha dado cuenta pero esto es un museo y, como indican las reglas internas y las aprobadas por el Gobierno respecto a los lugares públicos , usted está infringiendo una de ella al fumar en un lugar cerrado. Ruego que apague de forma inmediata el cigarrillo.

Ella no dijo nada. Los nervios me recorrían todo el cuerpo. No es que no haya visto mujeres desnudas de carne y hueso en mi vida, pero las formas de esa mujer llamaban a mi parte lasciva de una forma salvaje. El humo del cigarrillo le ocultaba parte del rostro y ahora, después de lo acontecido, diría que también lo expulsaba por la yema de los dedos.

-Tendré que tomar medidas al respecto.

Ya lo sé, parecía que estaba hablando un actor de una peli porno y no con un vigilante de museo rodeado de cultura y reglas, pero mi mente se estaba nublando. Y no solo era por el humo que me estaba rodeando. Debía asegurarme de que esa mujer era mi regalo de reyes. Debía asegurarme de que Melchor se había acordado de mí. De que me debía una de cuando tenía ocho años y aquel año me trajo una baraja de cartas en lugar de la PS3 que le había pedido, y para la cual me había esforzado en portarme bien durante casi todo el año. Debía asegurarme o me denunciaría por violación.

-¿Es usted mi regalo de reyes?- Pregunte de forma estúpida, pero eso si manteniendo ante todo la educación.

Ella no dijo nada. Sus labios carnosos solo se entreabrían para dejar escapar el humo del cigarrillo y para ponerme más nervioso. Mantuve la distancia aunque sus turgentes pechos, su cadera de curvas perfectas y su… Debía de contenerme aunque en mi mente ya me la estaba tirando sobre la mesa y chupaba su cuerpo recubierto del chocolate que me esperaba impaciente cerca del televisor.

El roscón seria para después, ya que yo no fumo. Ella se acerco hacia mí. No tenía miedo en mi mente. Solo albergaba la idea de que era mi regalo de reyes y que mientras andaba separaba las piernas. Y eso sí que despertaba algo en mi. Me desnudó poco a poco, sus dedos estaban negros como si los hubiese introducido en pintura, pero estaban muy calientes y sabían donde tocar. Seguía fumando. Y la neblina producida por el cigarrillo nos envolvía para mantener una intimidad entre ambos ante los curiosos disecados que poblaban el exterior. Ya no pude más y, antes de que pudiera abalanzarme sobre ella y dejar escapar mis más salvajes instintos, me lanzó contra la mesa. Me estampó contra el roscón y sentí en mi espalda que tenía sorpresa y que esta se me había clavado en ella. Pero no podía ahora preocuparme de ello. Salvo por el humo y la negrura presente en dedos, pezones y en algún otro lugar de su hermosa piel, fue una noche muy especial. Nunca pensé que pudiese aguantar tanto.

Cuando creía que ya no podía más, ella se ocupaba de que no fuera así. Era incansable. Y cuando estuvo satisfecha me dejó y yo me dormí. Cuando me desperté ya no estaba allí y el humo había desaparecido. Nunca dijo nada y nunca dejó que besara sus carnosos labios y me hubiese gustado hacerlo para contrastar el gusto a humo y carbón que tenia. Un regalo de reyes con sabor a carbón. Curiosa ironía.

Juan Manuel Ortiz (c) 2010

Alguien como yo


Sucedió hará cosa de un año. Conocí a una tal Linda de la manera más catastrófica. Yo conducía mi recién estrenado automóvil y todo parecía ir a la perfección. El día era soleado, en la radio sonaba una de mis canciones favoritas y el tráfico, incluso en hora punta, era fluido, para variar. Aquello me sorprendió. Así que me encontraba de lo más relajado y feliz, algo insólito en mí. Abrí la ventanilla del coche y por unos momentos pensé suspirando - ¡qué buen día para echar un polvo! - . Mientras esperaba en los semáforos a que la luz cambiara de rojo a verde, observaba a las jovencitas pasear con sus hermosos escotes, sus interminables piernas y sus enormes y firmes culos. Todas ellas me parecían preciosas. A todas les hubiera dado un buen meneo. Estaba tan salido, que se me empezó a poner dura sólo de imaginar a una de esas nenas bajo mis sábanas. Corrían malos tiempos para mí. Así que sólo me quedaba la imaginación.
Por aquel entonces yo era un tipo ocioso, únicamente me dedicaba a jugar. El póker era lo mío. Había tenido una buena racha y la supe aprovechar. Gané bastante dinero como para vaguear durante un buen tiempo, sin tener que aceptar trabajos de mierda. Así que me dedicaba a ir de aquí para allá, sin rumbo fijo.

Ese día había decido pasarlo en la costa, lejos de la ciudad. Así que tomé la autopista, cerré la ventanilla y busqué en mi bolsillo mis Marlboro y el mechero. Me puse el cigarrillo en la boca y cuando iba a encenderlo, el mechero se me cayó. - ¡La puta que lo parió! - maldije.
Aminoré la marcha y me agaché un momento para ver si lo encontraba. Por fin lo localicé, lo tenía en mi mano pero en el momento de incorporarme, justo cuando entraba en zona de túneles, de repente lo noté - ¡Crash! Todos los coches estaban parados y choqué con el de delante. El que venía detrás de mi tuvo tiempo de frenar.
El golpe no fue muy fuerte, pero estaba aturdido, algo mareado y con el pulso acelerado. Sin embargo no parecía tener ninguna contusión. De repente pensé en el conductor del vehículo al que había golpeado. Iba a salir para ver si estaba bien, pero no me dio tiempo. Los coches que estaban detrás del mío empezaron a tocar el claxon al unísono.
Entonces apareció ella. Salió del coche con el que había chocado. Era realmente bonita. Preciosos pechos, larga cabellera negra, algo bajita, pero bien formada. Me sentí un enfermo. Acababa de tener un accidente y sólo se me ocurría pensar en echarle un polvo.
Ella parecía cabreada y muy nerviosa, pero yo también lo estaba, no era para menos.

- ¡Serás hijo de puta! - me espetó. - ¿No has visto la señal en el panel luminoso 2 km más atrás que decía: PRECAUCIÓN. RETENCIÓN EN EL TÚNEL? - Tenía razón. Iba tan absorto pensando en mis obscenidades que ni si quiera me fijé en los jodidos paneles luminosos.
- Lo siento mucho - fue lo único que supe decir - ¿Estás bien? - Ella no me respondió. Se quedó mirándome unos segundos y luego se desmayó. Me acerqué tan rápido como pude a ella y empecé a darle palmaditas en la cara. Un grupo de personas de los coches contiguos intentaban ayudar.
- Eh, eh - le decía mientras intentaba reanimarla - ¡recobra el conocimiento, por favor!
En ese momento llegó la policía y una ambulancia. Menos mal que a alguien le daba por pensar cosas sensatas, no como a mí. Justo entonces ella volvió en sí.
- ¿Dónde estoy? - dijo
- Hemos tenido un accidente. ¿Recuerdas? – No me respondió. - ¿Te acuerdas de tu nombre?
- Creo…sí. Linda - dijo con voz tenue - ¿Qué ha pasado?
- Hemos tenido un accidente. Pero estás bien. En realidad ha sido mi… - no pude terminar la frase.
- Vamos, vamos. Hay que llevar a esta joven al hospital - dijeron los tipos de la ambulancia - ¿Usted está bien? - No me dejaron responder. - Tendrá que venir con nosotros también.
- Pero… ¿y el coche?
- No se preocupe por eso. La policía se encargará de eso. Una grúa se llevará los 2 coches a esta dirección. - Me dio una tarjeta que decía: DEPÓSITO LOS 2 HERMANOS. De todas formas, no parece que tengan muchos daños.
- Veamos, ¿puede caminar? Métase en la ambulancia - . A Linda ya la habían subido con una camilla. Estaba despierta. Parecía calmada. Más bonita incluso que antes.
Nos quedamos los dos en la parte trasera. Ella tumbada y yo sentado, a su lado. Nos llevaban al hospital más cercano.
- Siento mucho lo que ha pasado. Quería decirte que ha sido mi culpa. Hice una tontería. No prestaba atención.
- No te preocupes - dijo ella - Lamento haberte llamado hijo de puta.
- Realmente lo soy - . Ella esbozó una sonrisa.
- Por favor, quédate conmigo - . Me tendió la mano. Yo la acepté.
No hablamos más. Cerró los ojos, pero sabía que no dormía. Llegamos al hospital. Yo estaba perfectamente, ni si quiera dejé que me viera un doctor. Me quedé allí esperando a Linda. Era lo menos que podía hacer. Después de 5 horas de espera salió sonriente.
- ¿Qué ha pasado? - pregunté.
- Tranquilo, estoy perfectamente. Gracias por quedarte - . Le ofrecí un poco de agua que había comprado en una máquina expendedora. En aquel hospital de mierda seguro que ni le dieron de beber. Se la tomó entera. Veía subir y bajar su garganta mientras bebía y noté que ya volvía a ser yo mismo. Mi intermitente se activó. Sucio y degenerado cabrón - pensé.
Decidimos ir a buscar los coches juntos y arreglar el tema de los partes para el seguro. El depósito estaba a 1 hora de camino del hospital. Así que cogimos un taxi y nos dirigimos allí.
Por el camino se la veía relajada. Con la mirada perdida. Yo sólo podía mirar su escote y creo que ella se percató.
- No te preocupes - dijo - tú también me gustas - . Sonrió. Me dedicó una mirada lasciva y me tocó la entrepierna. Luego me besó. Y me besó. Casi me engulló. El taxista nos miraba por el espejo retrovisor. Debió pensar - que tipo con suerte - . Y tenía razón.
- Estoy cachonda - me dijo - Yo no me esperaba esa reacción. Creí que el sucio hijo de puta era yo.

- Oh, nena. Es la situación más surrealista en la que he estado nunca - ella se rió.
- Ni si quiera me has preguntado cómo me llamo - dije
- ¿Acaso importa? - respondió ella sin dejar de tocarme. - Pero si te hace ilusión…dimelo.
- Jacob, me llamo Jacob. - Vale, Jack - Odiaba que me llamaran Jack, pero dadas las circunstancias, no me importaba demasiado. Ella seguía besándome, tenía la respiración entrecortada. Parecía muy excitada.
- Jack - dijo susurrándome al oído - quiero que me la metas ahora mismo, aquí mismo - . Yo estaba tan erecto que tampoco podía esperar. Así que me bajé la bragueta y ella se quitó el pantalón. El taxista seguía mirando, pero por lo visto no le importaba que nos lo montáramos allí, más bien disfrutaba de la situación. Era increíble. El mundo estaba lleno de tipos y tipas como yo. Al fin y al cabo, no era el único degenerado. Toda la sociedad estaba tan podrida como yo.
Linda se sentó sobre mí y manejó la situación. Realmente sabía moverse. Ya lo creo que sí.
Lo siguiente que supe es que ambos habíamos llegado. Fue precisamente en el mismo momento en el que llegamos a nuestro destino. Nos vestimos a prisa. El taxista nos dijo cuanto era el trayecto sin ni siquiera inmutarse. El cabronazo nos tendría que haber regalado la carrera, después del espectáculo que le habíamos ofrecido.
De camino a la entrada del depósito Linda me dijo - No ha estado mal del todo, ¿eh? - ¿Mal del todo? - pensé. ¿A qué se refería con mal del todo? Yo había estado mejor que nunca. ¡Había sido un purasangre!
- ¿A qué te refieres nena? ¿No te ha gustado?
- Bueno…sí. Los he tenido peores. En algunos momentos parecías estar…un poco flojo. Pero no te preocupes. Eres un encanto, te has portado tan bien conmigo…
- Maldita zorra calienta braguetas - pensé. Pero no le dije nada. Al parecer ella era igual que yo, en mis buenos tiempos, claro. Una obsesa, coleccionista de fugaces experiencias sexuales. El mundo estaba podrido. Ya no había nada que hacer por él.
Recogimos nuestros vehículos. Comprobamos que arrancaban. Hicimos los partes pertinentes y se despidió sin más. Bueno, sí. Mientras se metía en su coche me dijo:
- Te doy un 6 Jack. Porque has sido amable conmigo y porque el asunto ha estado bastante bien. Un placer haberte conocido, aunque haya sido en estas circunstancias. - Soltó una risilla hipócrita - . - Adiós Jack, nos vemos en el infierno.
Mientras arrancaba el coche, pensé en lo irónico de la situación. Tiempo atrás había perdido una mano jugando. Póker de 6 contra escalera de color. Desde aquel día odiaba ese condenado número. Me hacía sentir como un perdedor.
–No me llamo Jack, es Jacob - dije en voz alta. Pero ella ya se estaba alejando. Ni siquiera me escuchó.

XikaBuk (c) 2010

Temporada en el abismo


El remordimiento es el único dolor del alma que el tiempo y la reflexión no logran calmar jamás.

Madame Stael


Pienso que, por mucho que me esfuerce en cambiar las cosas, todo continuará exactamente igual. Gracias a las cenizas de mi juventud, del pasado del que tanto me avergüenzo y del que llevo huyendo una década, he forjado mi obra. A veces me siento orgulloso de ello, no fue fácil sobrevivir a la autodestrucción que me infringí a mí mismo, a las noches de anfetaminas, a las depresiones constantes, a la soledad nacida de la incomunicación. Por otra parte, quisiera que mi destino hubiese sido distinto, no haber recorrido este sendero tortuoso que ha estado a punto de conducirme a la locura en más de una ocasión, aplastado por una corona de espinas y sombras hundida sobre mi frente. Sí, sé que caigo al vacío, sin nada a lo que aferrarme, volviendo a cometer los mismos errores de siempre. ¿Por qué, después de tantos años, siento la necesidad de hablar sobre ello? La respuesta es muy sencilla: tengo que desahogarme de alguna manera para mantener la cordura. No quiero parecer autocompasivo, ni regodearme en mi propia miseria, menos aún quejarme sin motivo alguno. Escribir es una especie de terapia individual, me auxilia a escapar de todo; gracias a ello encuentro sentido a una vida que dejó de tenerla hace mucho tiempo. En perspectiva, gracias a Dios y al Diablo, el vacío que me consumía no es tan intenso como antaño. Recuerdo vivir completamente angustiado, drenado por mis obsesiones, con el corazón roto en mil pedazos y el alma desecha. De hecho, apenas logro comprender cómo pude sobrevivir, porque con lo hundido que estaba, tenía que haber tenido motivos más que suficientes para quitarme de en medio. ¿Por qué no lo hice? ¿Qué es lo que me ha mantenido despierto hasta ahora? Debo comprobar si treinta años insatisfecho, vencido por unos sueños que soy incapaz de realizar, pueden ser cambiados. Por ello me niego a suicidarme: deseo comprobar si todo el dolor y la angustia por la que he pasado tienen sentido o no.

Atrás queda la infancia, una niñez amarga y solitaria, atrapado en un ambiente que aborrecía, acomplejado por mi físico y mi manera de ser. Nunca tuve suerte respecto a la amistad, no encajaba en ninguna parte, cosa que me llevaba por el camino de la amargura. No me quedó más remedio que asirme a la literatura como a un clavo ardiendo, fue lo que logró hacerme feliz a todos los niveles, cosa que, ni la sociedad ni mi familiares, consiguieron. Han pasado diez años en los que no he logrado conseguir la paz de espíritu, reprochándome constantemente cada día, sin excepción, los errores que cometí. ¿Por qué he actuado de esta manera? Me odio a mí a mismo con toda mi alma, no soporto cometer fallos, por ello me torturo hasta la saciedad; no merezco otra cosa por ser tan imbécil. La gente suele quejarse de que lo que escribo es demasiado oscuro, demasiado negativo y deprimente, que no es comercial, y por lo tanto, mediocre. Los editores, por ejemplo, los mismos que suelen jugar conmigo y mis novelas sin haber terminado el primer capítulo, suelen comportarse como los seres más repugnantes que he tenido la desgracia de conocer. En este negocio, donde sólo importan las ventas y el número de contactos que tengas, tener talento o pasión es algo irrelevante. Si eres escritor sabrás lo que te digo, nadie apoyará tu obra ni te tomará en consideración; eres un tuerto en un país de ciegos. España es un país de ignorantes, a nadie le interesa la literatura, el arte o la música de calidad. Todo está estereotipado, la gente actúa condicionada por lo que ve en la televisión, por los programas basura, los concursos mediocres, la vida de los famosos de pacotilla que han vendido cualquier muestra de dignidad por dinero. Por poner un ejemplo: el otro día, después de veinte años escribiendo, publiqué mi primer cuento en papel impreso en un libro. Nadie, incluidos los miembros de mi familia, se ha molestado en leerlo y mucho menos en felicitarme. Un poco triste, ¿no es cierto? La realidad no admite excusas: soy un fracasado, me siento incomprendido, y estoy rodeado de gente zafia e ignorante a los que no le importan mis aspiraciones en absoluto.

Quizá, ahora que lo pienso, todo es producto de mi imaginación. Puede que no viva en un Estado arruinado por la Crisis y gobernado por políticos corruptos e inútiles, que tengo un trabajo magnífico en el que gano una fortuna —veinticinco euros diarios por ocho horas de martes a domingo—, que las editoriales son empresas abiertas de mente que jamás vacilarían en darme una oportunidad, que los míos me toman en serio y no piensan que deberían encerrarme en un manicomio. ¿Puede que esté siendo cínico? La única manera de llevarlo es con humor, porque, la verdad, con el corazón en la mano, hace mucho que tenía que haberme rendido. Como he comprobado en mis propias carnes, tener aspiraciones artísticas en una era dominada por la telefonía móvil y el Facebook, es perder el tiempo. Puede que lo mejor sea aceptar que llegaré a mi jubilación trabajando de camarero en un restaurante, endeudado hasta el cuello, divorciado de una mujer que me despreciará, solo, porque mis hijos serán egoístas y desagradecidos. Tal como están las cosas, si aceptara un futuro tan espantoso como el que acabo de imaginar, podría pertenecer a una sociedad dominada por los clichés que ha perdido el rumbo desde que entró la religión católica en escena. Pensar, como concepto, plantearme las cosas como siempre lo he hecho, más que felicidad me ha aportado todo lo contrario. Poseo aptitudes, dones otorgados por la naturaleza, que por hastío o indiferencia, he dejado pasar de largo. El problema, si es que puedo llamarlo de esta forma, es que únicamente me encuentro tranquilo cuando escribo, y que, a pesar de solo tener Internet para expresarme, soy mejor que muchos de los que ganan los certámenes y publican libros. ¿Acaso he sonado arrogante? Sin la altivez no continuaría adelante, siendo egocéntrico y despiadado, serio y profundo en una época de frivolidad absoluta. Y, me cuestiono, dónde estarán las personas como yo, porque supongo que habrán hombres y mujeres que opinen lo mismo, porque, hasta la fecha, no he tenido la suerte de encontrarme con ninguno cara a cara.

Cuatro de diciembre... Ha pasado una década desde mi caída en los abismos. Este relato, en cierta forma, es una manera de exorcizar el pasado; duele cambiar de tal manera que, de un día para otro, eres incapaz de reconocerte delante del espejo. Irónicamente, por las numerosas vueltas del destino, he vuelto a los orígenes, al mismo lugar donde todo empezó. En un principio, estaba aterrorizado, me negaba a regresar, tenía demasiado miedo de los fantasmas intangibles de mi conciencia. Para mi sorpresa, me ha ido mejor de lo que pensaba, apenas he tenido pesadillas y los recuerdos son un borrón indistinto delineado en mi memoria. ¿Por fin he madurado y he admitido los errores que cometí hace tanto tiempo? No lo sé, me extraña sentirme tan tranquilo, no es algo habitual en mí. Me pregunto cuánto tardarán los remordimientos en regresar y arruinarme el presente. ¿Unos días? ¿Unas horas? ¿Unas semanas? Tengo que convivir con una parte lóbrega que no puedo controlar. Es la lucha constante de mi lado positivo contra el negativo. Por desgracia, me guste o no me guste, el segundo siempre ha tenido más poder que el primero. Me es mucho más fácil hundirme en un pozo putrefacto de contriciones que disfrutar de las cosas buenas que puede aportarme la vida. ¿Por qué lo hago? Misterio, nunca he logrado entenderlo, porque, si soy sincero, no hay nada más triste y patético que vivir amargado. Me cuesta admitir mi lado oscuro, el mismo que me obliga a narrar esta historia, un cuento que me había prometido no escribir.

Mi memoria retrocede, obligándome a regresar atrás, haciéndome recordar el instante que me convirtió en lo que soy. Una discusión, una noche de juerga, a las tantas de la mañana, en una calle llena de gente, aniquiló mi inocencia en pedazos. Jamás hubiera imaginado que las palabras pudieran hacer tanto daño. Posteriormente, después de una madrugada alcohólica que no quiero ni recordar, a la mañana siguiente, cuando abrí los ojos, sentí que me habían arrancado el alma del cuerpo. Horas más tarde, cuando me dirigía a mi hogar, escuché el Disintegration de los Cure. Casi al final del disco, en la penúltima canción, no pude aguantar más y estallé en sollozos desgarradores en la parte trasera del autobús. Sin duda, aunque he pasado por otros momentos terribles, fue el día más triste de mi existencia. No he vuelto a llorar desde entonces: algo se perdió por el camino y no pude volver a recuperarlo. Me transformé en un adulto de un modo cruel y enfermizo que no desearía ni a mi peor enemigo. Ahora que lo pienso, me he mostrado demasiado sincero; hasta la fecha no me había atrevido a contar los hechos tal como sucedieron. ¿Acaso me encuentro mucho mejor por haberlo hecho? En realidad me importa un bledo: lo mejor que pudo pasarme fue sepultar mi inocencia, mil metros bajo tierra, en una tumba tan profunda, que jamás volverá a ver la luz.

Perdí la pasión, la capacidad de sentir ilusiones, el anhelo por experimentar cosas nuevas, todo por una losa de plomo que poco le faltó para acabar conmigo. He llegado a sentirme infinitamente viejo y acabado, en la orilla del cosmos, sin sueños ni expectativas, barrido por la tormenta que destruyó lo bueno que había en mí. ¿Qué me quedó después de aquello? Poca cosa, me temo, por ello no consigo descansar tranquilo. Espantoso, ¿no es cierto?
Tuve que aferrarme al odio y a resentimiento para sobrevivir. Extraño la sensación de amanecer sin sobresaltos, tal como sucedía una década antes, pero sé que es una quimera imposible de realizar. Soy un hombre marcado por una condena que llevaré hasta que muera. Por suerte, aunque me ha costado bastante, he aprendido a convivir con ella. Depende del día, toma el control de mi mente, torturándome, convirtiendo el presente en un infierno. Por ello escribo, repito, de lo contrario perdería la cabeza, cosa que no permitiré bajo ninguna circunstancia. La felicidad, en cambio, como concepto, sólo es un instante breve y fugaz, que se desvanece sin dejar rastro.
Espero que, tarde o temprano, termine esta Temporada en el Abismo.

Alexis Brito Delgado (c) 2010

El crimen de la batea


Fue una tarde de verano. No fue un verano cualquiera. No era una tarde de otoño , invierno o primavera.
Eran las doce de la noche cuando escribían, en el periódico local, la esquela de una muerte no anunciada descubierta en una batea.
No me culpo en esta vida de lo que a alguien le suceda, y menos, ¡por Dios bendito! , de la sangre de mi libreta. Él llamó, y maldigo el día, pues mi mente ya preparaba el crimen a mediodía. Nos subimos a la barca como tantas veces hicimos. Salimos desde la playa de Aguia.

- ¿Hacia dónde quieres que reme? - me preguntó un confiado Rowis.
- Ve a la batea que se ve allá , respondí señalando al frente.

A unos minutos, continué diciendo. Y hacia allí nos dirigimos. Normalmente nos repartíamos el viaje a remo, pero ese día él estaba con ánimo de hacerse sólo el trayecto , y a mi no es que me importara, la verdad, pues estaba demasiado cansado. Fue al rebasar la primera ola cuando empezó el principio del fin. Me recosté sobre la barca y empecé a darle rienda suelta a mi imaginación. ¿Qué se siente al quitarle la vida a alguien, a un amigo, un ser querido?. ¿Sería yo capaz de darle vida a un cuadro que solo era pintura en mis alocadas fantasías?

Ya a mitad del trayecto decidí que era hora de echarse un sueño. Pero yo seguiría despierto. Podía haber sido cualquiera , pero era Rowis quien iba a cerrar los ojos. Ya en nuestro destino subimos a una batea podrida por el tiempo y el salpicar de las mareas. Montamos las cañas y antes del primer lance dimos cuenta de un buen trago de cerveza fría. Después de eso, y tras haber lanzado nuestras respectivas cañas, Rowis tuvo la idea de darse un baño.
Yo le acompañé, pero aun no había cogido temperatura en el agua y ya me encontraba de nuevo sobre la batea. Rowis decidió dar unas brazadas y a continuación reunirse de nuevo conmigo. Fue en ese preciso momento cuando yo desde arriba, utilizando el remo, decidí darle un pequeño golpe en las manos, que se apoyaban sobre el borde para poder subir. Él me miró fijamente y dijo :

- Déjate de bromas, que me voy a mosquear.

Fue entonces cuando le dije que la cosa iba en serio y que iba a quedarse en el agua, a lo que él repitió que la broma se había terminado.

- No Rowis , créeme que hoy no vuelves a tierra.

Y le confesé todo lo que mi mente había estado maquinando desde que habíamos salido de la playa de Aguia. Él me miró, y con voz temblorosa casi suplicó: - Alom déjame subir y no hagas algo de lo que te puedas arrepentir. Le di otro golpe en la cabeza, pero esta vez con más fuerza. Una pequeña brecha asomaba por su frente. Él pasó su mano, viendo la gran cantidad de sangre que manaba, desmayándose a continuación.

Seguidamente me recreé en la batea y observé como se iba hundiendo poco a poco. Por unos segundos pensé en lanzarme e incorporarlo pero esa idea desapareció tan pronto como vino. Con sangre fría observé un pequeño banco de peces y lancé la caña hacia ellos. Al retroceder la mirada hacia donde debería estar Rowis me di cuenta que únicamente quedaba una pequeña sombra de él. Se había sumergido en la pequeña ría donde tantas veces acudíamos a pescar. Mi único pensamiento entonces era qué iba decir cuando me preguntaran por él. Pero eso ya era otra historia.

Hace tiempo que no veo a Rowis. ¿Habrá sido un sueño todo aquello o quizás un hecho real? No hay día en el que salga a pescar y no me lo pregunte.
Tal vez uno de esos días el mar devuelva un cuerpo cuyo nombre sea Rowis. Solo entonces mi cabeza dejará de estar confundida.

Alom (C) 2010