Amador, Poncio y Félix
escrutaban sus naipes. La bombilla del techo arrojaba una luz amarilla sobre los
rostros sucios y llenos de decadencia. El goteo de algún grifo cercano parecía
marcar el compás de sus respiraciones; sólo una voz se pronunciaba y esa era al
del silencio. Con intermitencia alguno levantaba los ojos vidriosos de su jugada,
observaba a los otros con recelo y desviaba la vista al centro de la mesa. Los
ochenta y siete euros se reflejaban entonces en sus pupilas —visiblemente
dilatadas por la heroína.
El olor a nicotina y a
comida rancia confortaban la peculiar atmósfera de la cocina, que sólo a las
ratas que iban y venían por el suelo parecía molestar. A las otras no les
importaba.
Poncio empinó la botella de
Whisky. El licor le cayó por la barbilla y siguió su curso hasta la camisa
mojada. No se dio cuenta o no le importó.
Félix —un tipo largirucho y de pómulos
prominentes— deslizó dos dedos en su manga pero no atrapó lo que buscaba. Al
poco la comisura del labio comenzó a temblarle y el abanico de cartas se volvió
inestable. Con una sacudida, imperceptible, intentó ocultarla. Inútil. El extremo
de la sota de bastos asomaba y le delataba. No era la primera vez que Félix
hacía trampas; pero sería la última.
Amador se puso en pie y
dejó caer las cartas. Algunas quedaron bocabajo, otras bocarriba, y todas
arqueadas. La mesa también cayó y el estrépito sacó a Poncio de su letargo.
—¡Hijo de perra, súbete
las mangas ahora mismo! —bramó Amador.
Félix se mostró confuso y
trató de rebajar la tensión mirando tras de sí y alzando las cejas en un gesto
de comicidad.
Sonrió y preguntó:
—¿Me lo dices a mí?
El otro repitió:
—Que te subas las mangas
te he dicho.
La vejiga comenzó a
pesarle. Félix mostró una hilera de dientes irregulares y prominentes, en la
que podía apreciarse un incisivo de oro.
Habló con desenfado:
—Recuerdas aquella vez,
eh, Amador, recuerdas cuando mi hermana y el tipo ese de las palomitas, ya
sabes, el que…
La anécdota hizo mucha
gracia a Poncio. Prorrumpió en sonoras y desagradables carcajadas, a las que Félix
se sumó inmediatamente, sintiendo cómo el incipiente miedo le encogía los
huevos.
Amador no se rió. Sacó la
pistola que guardaba en los pantalones, la amartilló y le metió un balazo a Poncio
en la sien izquierda. En ningún momento el borracho desasió la botella sino que
se precipitó con ella al suelo. Félix se levantó de un salto, farfullando «Oh
Dios mío» una y otra vez al tiempo que retrocedía y dejaba tras de sí un reguero
de orina.
El asesino amartilló
nuevamente el arma. Caminó sin prisa hasta su víctima, reiterando por última
vez la petición.
La bombilla comenzó a
parpadear, proyectando un espectáculo de luces y sombras.
En la habitación de al
lado, un solitario y descentrado cuadro mostraba a tres amigos sonrientes,
vestidos de camuflaje, junto a una rivera, en otro tiempo, en otro mundo.
Y luego Amador realizó
tres disparos.
M. Gotcha P. (2013)









