Luces y sombras

Amador, Poncio y Félix escrutaban sus naipes. La bombilla del techo arrojaba una luz amarilla sobre los rostros sucios y llenos de decadencia. El goteo de algún grifo cercano parecía marcar el compás de sus respiraciones; sólo una voz se pronunciaba y esa era al del silencio. Con intermitencia alguno levantaba los ojos vidriosos de su jugada, observaba a los otros con recelo y desviaba la vista al centro de la mesa. Los ochenta y siete euros se reflejaban entonces en sus pupilas —visiblemente dilatadas por la heroína.
El olor a nicotina y a comida rancia confortaban la peculiar atmósfera de la cocina, que sólo a las ratas que iban y venían por el suelo parecía molestar. A las otras no les importaba.

Poncio empinó la botella de Whisky. El licor le cayó por la barbilla y siguió su curso hasta la camisa mojada. No se dio cuenta o no le importó.

 Félix —un tipo largirucho y de pómulos prominentes— deslizó dos dedos en su manga pero no atrapó lo que buscaba. Al poco la comisura del labio comenzó a temblarle y el abanico de cartas se volvió inestable. Con una sacudida, imperceptible, intentó ocultarla. Inútil. El extremo de la sota de bastos asomaba y le delataba. No era la primera vez que Félix hacía trampas; pero sería la última.

Amador se puso en pie y dejó caer las cartas. Algunas quedaron bocabajo, otras bocarriba, y todas arqueadas. La mesa también cayó y el estrépito sacó a Poncio de su letargo.

—¡Hijo de perra, súbete las mangas ahora mismo! —bramó Amador.
Félix se mostró confuso y trató de rebajar la tensión mirando tras de sí y alzando las cejas en un gesto de comicidad.
Sonrió y preguntó:
—¿Me lo dices a mí?
El otro repitió:
—Que te subas las mangas te he dicho.
La vejiga comenzó a pesarle. Félix mostró una hilera de dientes irregulares y prominentes, en la que podía apreciarse un incisivo de oro.
Habló con desenfado:
—Recuerdas aquella vez, eh, Amador, recuerdas cuando mi hermana y el tipo ese de las palomitas, ya sabes, el que…

La anécdota hizo mucha gracia a Poncio. Prorrumpió en sonoras y desagradables carcajadas, a las que Félix se sumó inmediatamente, sintiendo cómo el incipiente miedo le encogía los huevos.
Amador no se rió. Sacó la pistola que guardaba en los pantalones, la amartilló y le metió un balazo a Poncio en la sien izquierda. En ningún momento el borracho desasió la botella sino que se precipitó con ella al suelo. Félix se levantó de un salto, farfullando «Oh Dios mío» una y otra vez al tiempo que retrocedía y dejaba tras de sí un reguero de orina.
El asesino amartilló nuevamente el arma. Caminó sin prisa hasta su víctima, reiterando por última vez la petición.
La bombilla comenzó a parpadear, proyectando un espectáculo de luces y sombras.

En la habitación de al lado, un solitario y descentrado cuadro mostraba a tres amigos sonrientes, vestidos de camuflaje, junto a una rivera, en otro tiempo, en otro mundo.
Y luego Amador realizó tres disparos.

M. Gotcha P. (2013)

Reflejo

Cuando echas a la mentira de tu casa...

Mónica miró al delator espejo horrorizada. Día tras día ganaba peso sin cesar. Comenzó mil dietas que demostraron ser inútiles. Sentía como sus tobillos se inflamaban a causa de su obesidad.

Los amigos la intentaban engañar con piadosas mentiras. Pero ella captaba las furtivas miradas de los transmutes y las escondidas risas. Procuró salir lo mínimo e indispensable.

En un arrebato de impotencia exilió todos los espejos de la casa... ¡No fue un remedio! Su inmensa y amorfa silueta se reflejaba, cual cruel mofa, en las vitrinas, ventanas y cualquier superficie brillante. Aprendió a caminar mirando al suelo para evitar el espanto de su metamorfosis. Tampoco sirvió de nada, pues el cansancio de arrastrar semejante cuerpo era un perpetuo recuerdo de su estado.

La extenuación apenas le permitió caminar unos metros hasta el sofá. Debería festejar la perdida de peso. Aunque apenas se notarían los escasos gramos que asfixió su hambre.

Tocaron a la puerta. No pensaba abrir; serían sus amigos cargados de compasión. Tras unos fuertes golpes la puerta cedió... Sus compañeros de risas y fiestas ahora le gritaban con caras preocupadas. Pero el cansancio no la dejaba pensar. Sucedió algo inexplicable: Uno de ellos la aferró alzándola sin dificultad. ¿Estaría alucinando? En brazos la llevó hasta el coche para apearse en el hospital.

Fueron años de dura lucha. Aún era pronto para bajar la guardia. Aquel día, apartaron a la muerte de su puerta para poderla derribar. Ahora la felicitaban por como estaba superando la temida anorexia.

...Se refugia en los espejos.

Jesús Cano (c) 2012

Te cuento

Te cuento:

Aquí, en Costa Calma, todo me parece de otra manera, aunque sea una isla como en la que vivo: una porción de tierra rodeada de agua por todas partes, y aunque el viento sea el mismo, no tiene el aire cotidiano al que estoy acostumbrada, porque aquí, no sé por qué, sopla de otro modo, más despacio.
Te echo mucho de menos.

Por el camino enlosado que baja al puerto a veces me paro para hacer alguna foto, mejor dicho, me paran las cosas que veo: mi propia sombra cuando desciendo, o una flor de jazmín encima de una tapia. Me pregunto de donde habrá caído, porque no es un jazminero lo que asoma por la valla, sino una madreselva salvaje que trepa por el muro, sus flores naranjas forma un tapiz enredado, una araña gigante y luminosa de patas floreadas. ¿Qué hace una flor de jazmín tan pequeña en un sitio que no le corresponde?, ha tropezado mi mano con ella al apoyarla en el muro, o ella con mis dedos, porque el aire la mueve, la levanta, y la deja un poquito más allá ahora vuelta del revés.

Si, yo también te echo de menos, y también, como siempre, escribo un poco.
Desde donde estoy se ve la playa al fondo,todavía vacía porque es temprano, pronto se llenará de turistas. Debe ser horroroso tanta profusión de cuerpos apestando a bronceador de coco o de vainilla, porque en la única tienda del lugar “Casa paco” no hay más esencias. Paco se debe estar forrando, seguro. Se ha comprado una furgoneta nueva y a su casa le ha añadido un cuarto más porque su mujer ha parido de nuevo, ya van cinco criaturas, el mayor se llama como su padre.

Me gusta contarte estas cosas pequeñas, no hay nada grande por aquí salvo la naturaleza, tan hermosa, mi vida, que duele. Ojalá estuvieras ahora a mi lado, en silencio, mirando las hojas que arrastra el aire, o haciéndonos el amor. Si, el amor, una palabra impronunciable, ya sé que termina en able, y que también tiene una difícil rima… haciéndolo despacito, con pereza, porque hace calor.
Llego al pueblo, no huele a pan como todas las mañanas, y entonces recuerdo que es el día de la patrona. Todos duermen aún. La plaza amenaza por los fantasmas de la fiesta: colillas, vasos de papel, alguna botella rota, la vomitona que lame un perro, y las flores ya marchitas de la ofrenda a la virgen. Hasta la puerta de Casa Paco está cerrada, en ella un clavo atraviesa un trozo de papel rasgado, y escrito a lápiz un “Oy…”, seguro que en el otro pedazo ponía “…no avrimos”. Tu estás sonriendo ahora mientras te lo cuento.

En el chiringuito del puerto y en compañía de un marinero despierto y otro que aún no ha dormido, tomo un café. Cuando leas mi carta penalizarás el puerto despierto porque riman, pero estoy haciendo un poquito de poesía, solo un poco, te lo prometo. El borracho me da los buenos días con mucha educación y la voz engolada, y por un momento me siento tan bien, tan bien, tan parte del lugar, como las dos barcas abarloadas. Seguro que son del mismo dueño, como el noray y la soga, como las huellas de dos pies descalzos multiplicados, como los granos de arena, como una gaviota a orillas del muelle, o un muelle a orillas de una gaviota.

Isabel Caballero (c) 2012

Recuérdame

Si me recuerdas…

Héctor visitó a su madre como cada sábado. Ella preparó una deliciosa comida, y observó con cariño como su hijo la disfrutaba.

- ¿No comes? – Preguntó este.
- No, hijo. Pensaba en tu hermano. ¿Qué estará haciendo?
- ¡Lo de siempre! Pensar en él y solo en él. Desde que se marchó a América no ha venido ni una sola vez, y a pesar de tenerte olvidada sigue siendo tu niño mimado.
- No empieces otra vez... Como le puedes tener tantos celos. Te tendrías que alegrar por Juan. ¡Si quisieras leer sus cartas!
- Pues que me escriba a mí...
- El trabajo no le puede ir mejor – Prosiguió la madre perdida en la ilusión.- Y tiene una novia preciosa... ¡Incluso se están mirando una casa!
- ¡Dejemos el tema, mamá!
- Pues compadécete un poco, bastante tuvo con esa maldita enfermedad que lo dejó mudo... ¡Se merece toda la suerte del mundo!
- Eso no lo hace ser mejor persona. Son los actos los que nos definen, no nuestras taras.

Así transcurrieron los años; la madre siempre defendió y presumió de su hijo Juan. A pesar de que no la visitó jamás y solo se preocupó de su propia y prospera vida... O al menos, de eso lo acusaba Héctor.

Ya vencida por la edad, en la compañía de su celoso hijo, falleció pidiéndole que hiciera las paces con su hermano, y así se lo prometió a la madre. En el entierro, Juan, tampoco pudo venir. La mujer de Héctor se aproximó con deseos de consolarlo:

- Ya no será necesario que continúes con todo esto, cariño. – Aferró su hombro.
- Pienso seguir escribiendo esas cartas... Siento que así prolongo, en cierta manera, la vida de Juan. Y a ella... ¡La hacían tan feliz!
- El pobre. Murió a los tres meses de llegar a América. No pudieron solucionar allí su enfermedad. – Susurró la mujer como temiendo ser escuchada por la madre.

Y durante mucho tiempo, en cada cumpleaños de Juan, Héctor se acerca a la tumba de su madre para leerle la carta de su hijo pequeño. Se traga las lágrimas, no quiere que sospeche nada.

…estaré

Jesus Cano (C) 2012

Punto Nirvana


Mi marido siempre anda por su parte de la casa y yo por la mía. No es que mi casa sea muy grande, pero para no tropezarnos cuando no toca tropezarse hemos desarrollado un radar, lo llamamos delicadeza.

El es feliz con sus matitas, sus flores del jardín, ésas maravillas que no me deja tocar ni muerta y que luego cuando nos vienen a ver las amables visitas me miran a mí, la señora de la casa y dicen:
¡Ay que plantas más lindas tienes! Y claro, el pone ésa cara que pone con la rabia por dentro y la mandíbula apretada. Como lo conozco traduzco enseguida su mandíbula, que para eso una sabe francés, y entonces digo lo que digo siempre:

- ¡Ya quisiera yo!. Mi marido es un jardinero excelente.

Cuando suelto la retahíla de que mi marido es un buen jardinero sonríe, sonríe mucho y me pone su mano en la rodilla, cuando hay visitas más, que es como poner el sello de marido y ya me puedo poner, por fin, a pensar en otras cosas, que es lo que más me gusta, pensar en mis cosas mientras los demás hablan y hablan. Asiento y niego y hasta parece que estoy.
Sin embargo, para conseguir el punto de flotadora del éter necesito saber que el jardinero está feliz, cómodo y tranquilo

Las va encendiendo cuando pasa delante de ellas, las enciende como quien cumple un deber ineludible. Enciende una y se va a por otra. Yo las voy apagando a medida que me las encuentro encendidas, salvo la que está viendo en ése momento. Un día de estos mi marido y yo tendremos que ponernos de acuerdo con los encenderes y apagares de las cuatro teles que hay en mi casa o en los entrares y salires ¡Pero da tanta pereza discutir!

Es estupendo tener distracciones diferentes, eso hace que nos mantengamos unidos el por su lado de la casa y yo por el mío, aunque ni se me ocurre comentarle lo que pienso cuando estoy flotando, es que hay que ser considerada, no saben lo que agradezco que el a mi no me cuente lo que ve y escucha en sus teles. Esto es amor, el no atormentarnos sin necesidad ninguna.

De vez en cuando nos reunimos en nuestra casa mediana, por ejemplo a la hora de comer y también para dormir y otros asuntos de lechos conyugales. Le gusta que me deje puestas las medias rotas que me suele romper por las mañanas, total, para una manía que tiene no se la voy a fastidiar. Hago las faenas de la casa con toda la naturalidad del mundo, con un delantal sobre la incidencia desgarrada del suceso mañanero y hacemos la lista de la compra juntos de esa guisa, o hablamos de la factura del dentista, o del perro de la vecina que ladra mucho y no nos deja desgarrar medias con tranquilidad.
Si, esto le encanta, la naturalidad en los modos. He probado a ponerme esas gasas llamadas tentaciones y enseguida se ha venido abajo el pobrecito. La puesta en escena mañanera, haciendo como si no hubiésemos sido tan felices hace un ratito, dura hasta que enciende las teles. Y ¡Flop! Se evapora todo el post encanto mañanil, entonces me quito los jodidos restos de las medias rotas, y me ducho, y me visto y floto, que en realidad es lo que me gusta.

Eso si, pone las cuatro teles bajitas para que me pueda concentrar en las flotaderas.

Isabel Caballero (c) 2012

Un lugar para el saber



Y un día creí saber, porque alguien me halagó.


El misionero se sentía satisfecho. Diez años con los nativos había requerido gran esfuerzo. Pero muchos ya sabían sumar, leer e incluso escribir.

Deseaba volver a su tierra y sentir la civilización. Cada día se levantaba de la cama dispuesto a que fuera el último. A mitad de clase tomaba fuerzas preparándose para dar la noticia. Entonces veía sus negras caritas y los grandes ojos esperando aquello que tenia que decir; sus intenciones mermaban y se rendía un día más.
Consciente de que nadie iría a aquel inhóspito lugar, si marchaba todo se detendría y la ignorancia invadiría las pequeñas mentes. Para que el rebaño existiera era imprescindible el pastor.

Aquel día, caminó absorto en sus asuntos. Demasiado se alejó del poblado. Durante horas intentó volver, mientras el hambre y la sed lo entorpecían haciéndolo caer y herirse.
Un nativo de seis años se cruzó en su camino. El niño partió el tallo de una planta con una piedra para ofrecérselo al misionero. Éste sació su sed con el dulce néctar de su interior. Luego aceptó unas raíces que masticó matando el hambre. Y sus heridas fueron cubiertas por un cieno que le alivió de inmediato. Entonces su salvador le cogió con su manita acompañándolo al poblado.

Nada más se sabe de este señor, pues al día siguiente marchó. Y su rostro mostraba preocupación. Unos dicen que por haber abandonado a los nativos... Otros creen que por haber perdido el tiempo.

Y yo... Hoy no lo sé.

Jesús Cano (c) 2012

La última sonrisa


Wilhem rebuscaba inquieto en los cajones de la mesa de su despacho. Los abría con brusquedad, examinaba su interior y, al no encontrar lo que estaba buscando, los dejaba caer al suelo.

De vez en cuando echaba un vistazo por la ventana, apartando la cortina, que dejaba filtrar una luz  tenue, de una tonalidad rojiza, dando un toque más surrealista, si cabe, a la escena. Se detuvo un momento para contemplar el retrato de su esposa y su hija, que se había caído por los frenéticos movimientos de Wilhem, y lo colocó con delicadeza en su posición original sobre la mesa.

Ese último año había sido especialmente duro y amargo para él y para todas las personas que conocía. Pero ya se había despedido de aquellas que le importaban. Después de eso solo le quedó luchar hasta su último aliento, mientras todavía quedase un resquicio de esperanza a la que aferrarse. Lamentablemente para él, ésta se desvaneció a la par que el ejército.

Los encolerizados soldados rusos golpeaban las puertas con sus fusiles, y las abrían golpeándolas con los pies. Ahora se aproximaban a su casa.
No recordó que había escondido la cápsula de cianuro dentro de la caja de puros. No lo recordó porque, cuando se la entregaron unos meses antes, pensó que nunca la necesitaría. Era optimista por naturaleza y creía firmemente que la guerra daría un vuelco de ciento ochenta grados y que Alemania terminaría venciendo a su odiado enemigo.

Cuando los soldados rusos entraron en el número 86 de la Prager Strasse, se encontraron con el cadáver de un joven oficial alemán yaciendo sobre una alfombra teñida de sangre. En el suelo lucía majestuosamente, junto a la mano izquierda del muerto, una Walther PPK de 8 milímetros. Un muerto que exhibía una grotesca mueca, un simulacro de sonrisa, haciendo que un escalofrío recorriera la espina dorsal de aquellos muchachos vestidos de soldado.

giorgiopay (c) 2012

Los viajes de Alicia

Al principio, cuando empecé a crecer, nadie le dio importancia. Mi madre decía que era normal después de unas fiebres dar el estirón, así que me bajó el vuelto de las faldas pero en poco tiempo tuvo que comprarme ropa nueva; pronto volvió a quedarme todo pequeño. El doctor dijo que era una muchacha demasiado alta para mi edad, por supuesto no creyó que hubiera crecido tanto en tan pocas semanas, creía que mi madre exageraba. En posteriores visitas y después de innumerables pruebas dictaminó gigantismo.
Mamá seguía pensando que era una chica esbelta sin el muy. Pasaba las hojas de las revistas de moda mojando el dedo índice, un gesto que nunca he soportado, daba pequeños golpecitos sobre las modelos:
—¿Ves?¿Las ves?. ¡Son todas taaan elegantes!—suspiraba. 
—Imagínate recorriendo las pasarelas del mundo entero . 
—No me gusta nada viajar. 
—¡Bah! Tonterías, sólo tienes que ponerte derecha y aprender a dar un paso detrás de otro sin mover las caderas.
Se negó a que me hicieran más exámenes, como si inclinarme para no tropezar con los vanos de las puertas fuera normal. Cuando mi cabeza casi rozó el techo empezó a pensar en apuntarme en algún equipo de baloncesto.
—Yo no sé jugar. 
—Ya aprenderás cielo. 
Mis amigas me visitaban a menudo, después se espaciaron sus visitas hasta que dejaron de venir.
Me sentía sola. 
Mi madre colocó espejos en mi cuarto, seguro que con la misma generosa intención que para con su amado periquito solitario. El pobre se cortejaba a si mismo, regurgitaba la comida en un intento vano de agasajar a su reflejo, un día amaneció muerto en su jaula, el veterinario diagnosticó irritación del buche.
Yo seguía creciendo a velocidad vertiginosa, me dolían las articulaciones como si estuvieran tironeando de mí todo el rato. Pronto se vio que era imposible que la casa me contuviera, nos mudamos a la finca del campo donde se hicieron obras para que me sintiera más a mis anchas, ampliaron los techos con claraboyas descapotables por si me apetecía estirarme y echar un vistazo fuera, desde mi almena oteaba los pueblos vecinos, la ciudad donde vivíamos antes y un poquito del país de al lado cuando las nubes me dejaban verlo. Empezaba a disfrutar.
—Podrías hacerte meteoróloga y predecir el tiempo. 
Ya no le contesto nunca, ahora sueño y viajo, viajo y sueño. 
Se expande la bóveda del cielo, las galaxias, los infinitos caminos celestes. A mi lado los halcones vuelan con el gesto correcto y justo, rara vez aterrizo, ni siquiera cuando mi madre me grita desde abajo con las manos ahuecadas sobre su boca:
—¡Eh nena, baja a merendar!


Isabel (c) 2012

Donde habita el olvido

Érase una vez una alfombra que estaba cansada de ser alfombra. Vivía en un amplio salón bien ventilado, luminoso y rodeada de compañeros de los que muchas veces sentía envidia: la estantería, apoyada contra una blanquísima pared, guardaba los libros que la nutrían de sabiduría. El rojo sofá, contra un gran ventanal, era arropado por dos grandes y suaves cojines que le acariciaban, el uno la cabeza y el otro las puntas de los pies. En frente del sofá, el mueble donde dormía el equipo de música y que de vez en cuando despertaba para entonar las melodías que la alfombra tanto apreciaba y escuchaba en la lejanía.

Pero la alfombra se sentía cansada. Cansada de soportar el peso de la robusta mesa de madera de roble que los habitantes de aquella casa habían colocado sobre ella. Se sentía también triste, cuando a veces la pisoteaban con pies enfurecidos que al final acababan por reposar relajados en el mullido sofá…
Pese a todo esto, a la alfombra le gustaba aquel lugar y de vez en cuando charlaba con sus compañeros y estaba de acuerdo con ellos cuando comentaban lo mucho que apreciaban los rayos de sol que recibían durante el día y los prolongados momentos de soledad que afortunadamente tenían. Pero por las noches y en la oscuridad del silencio, la alfombra notaba con más fuerza el peso de la mesa. Le dolían los huesos, el alma, el corazón. Sentía en esos momentos una inmensa soledad y un inmenso frío pese a que yacía sobre un cálido suelo de madera…

Y sucedió un día que la casa donde la alfombra había vivido tantos años, cambió de habitantes y decidieron sustituir a sus viejos compañeros por otros más nuevos y modernos. El equipo de música que tantas veces había alegrado las tardes de aquel salón, se despedía de la estantería, de la mesa, del sofá, de la alfombra, con lágrimas en los ojos y sollozaba un réquiem que sólo la alfombra y sus queridos compañeros podían percibir. Todos fueron sustituidos y abandonados en un vetusto y mugriento almacén donde tarde o temprano acabarían hechos jirones…

Sólo la alfombra se salvó y fue trasladada a otra estancia. Doblada como si fuera una neula de chocolate cubierta de polvo, fue introducida en un largo y estrecho armario blanco. Sola, en la oscuridad, pasó días y días intentando hablar con su nuevo compañero, pero por lo visto no se entendían…pues nunca recibía respuesta.
Tras varias semanas de desesperación, pasó que al final la alfombra se dio cuenta de que echaba de menos su antigua vida: el peso de la mesa que había soportado durante años, ya no le parecía tan insoportable, el tacto furioso de los pies ennegrecidos que tanto le había entristecido antes, ahora le parecía reconfortante e incluso lo recordaba con ternura y las charlas con sus viejos compañeros de salón le hacían saltar lágrimas de nostalgia. Aquella había sido su vida y en ese preciso momento se percató de que, también ella, había sido útil para la vida de otros y dejándose caer doblada y derrotada en un rincón del fondo del armario recordó con melancolía el cálido suelo de madera donde siempre había dormido, y comprendió.


XikaBuk (c) 2012

El callejón

Una vez me dijeron cual es la sensación que deja la muerte. No es exactamente dolor... Es la ausencia de esperanza.

Andrés penetró en el inhóspito callejón, quería recuperar su balón perdido. Miró al fondo para divisar un frio muro, pues aquel camino no llevaba a ninguna parte, tan solo era la enemistad entre dos edificios.

Algo le llamó la atención, se aproximó al solitario muro para admirar con asombro el esbozo de una silueta femenina. A pesar de ser incompleta se intuía perfección y belleza.

Pasaron algunos días. Andrés recordó la silueta del muro y corrió hacia ella preso de la curiosidad.
Ahora la obra comenzaba a tener rostro. Trazos rápidos que daban pistas de dulzura, sus manos también estaban definidas.

Poco a poco la pintura avanzaba. El muchacho se apresuraba cada tarde hasta el callejón. La incompleta mujer transmitía sentimientos desde su viveza de colores. Andrés se sentía abrazado por ellos. ¡Era tan dulce! ¡Tan bonita!

Aquella tarde pasó horas disfrutando de la anónima señora. Creyó que la pintura alcanzó su término. Su expresión era viva y sus ojos sonreían a pesar de que la rodeaba un aura melancólica.

Marchó triste, contagiado por la dama que dulcemente se tapaba los labios con los dedos de la mano.

Aquella noche despertó sobresaltado. Dándose cuenta de lo entrada que estaba la noche, escapó de la casa a hurtadillas para correr al callejón. ¡Al píe de la pintura, en el suelo, yacía un anciano! No respiraba, en su puño aferraba un pincel y estaba rodeado de retorcidos recipientes de pintura. Andrés alzó la mirada para asombrarse ante el rostro de la dama. Las últimas pinceladas del anciano dibujaron lágrimas en aquella enigmática faz. Al niño lo invadieron las ganas de llorar. Pero se repuso, limpiando las lágrimas de fresca pintura con la manga de su pijama. “No llores, ya no tienes por que. Ahora él está con tigo” Consoló mirando al anciano.

Jamás volvió al callejón. Más por mucho que intentó ser coherente, juraría que tras los dedos que cubrían aquellos cálidos labios, vió a la dama sonreír. 

Pero si alguien es capaz de encontrar esperanza donde no la hay... Seguro que es un niño. 


Jesús Cano (c) 2012